

Por Sergio Albino
El 16 de junio de 1954, en Ginebra, Suiza, Yugoslavia y Francia jugaron el primer partido televisado de la historia en un Mundial de fútbol. El hecho fue histórico en varios aspectos. Europa renacía después de una guerra que la dividió, la enfrentó y la dejó al borde del abismo con 40 millones de muertos que fertilizaron su suelo. Esas vidas segadas fueron la simiente del Mercado Común Europeo, una concordia que desembocó en la mayor economía de bienestar de la historia de la humanidad, y que para ello se valió de dos protagonistas fundamentales: el fútbol y la música.
Europa intentaba avanzar hacia la reconstrucción, pero seguía lidiando con las secuelas sociales y políticas del conflicto. A principios de la década de 1950, la Unión Europea de Radiodifusión (UER) buscaba una manera de fortalecer los lazos entre los países del continente. El fin era promover la paz y la unidad, utilizando la tecnología emergente de la televisión para acercar a los pueblos y crear un espacio común de intercambio cultural. El Mundial de Fútbol de Suiza 1954 fue transmitido a Bélgica, Dinamarca, Francia, Italia, Países Bajos, Suiza, Reino Unido y Alemania Occidental. Esos fueron los primeros ocho países en ver un partido de futbol correspondiente a un Mundial. Después, el Festival de Música de Eurovisión, desde mayo de 1956, conquistó multitudes, pero no tanto como el fútbol.
La televisión se incorporaba al juego del pueblo y comenzaba a introducirse en él como un virus invasor que lo contaminaba. De aquellos 8 países que vieron el milagro alemán en Berna, fueron 63 los que pudieron ver las hazañas de un adolescente Pelé en Suecia 1958. El Mundial de Chile 1962 marcó las diferencias económicas que existían y los partidos solo fueron filmados y transmitidos luego en Europa. Las delicias de Mané Garrincha que llevaron a la verdeamarelha al bicampeonato no se pudieron apreciar en estas tierras sudamericanas.
México 1970, gracias al avance satelital, fue la primera Copa en ser transmitida en directo a casi todo el mundo, al tiempo que la televisión en colores comenzaba a imponerse. A partir de España 82, los derechos de transmisión convierten al fútbol en la fuente de ingresos más grande de la TV. Allí el fenómeno popular se transformó en fenómeno comercial.
La televisión armó el espectáculo y prostituyó el juego. México 1986 obligó a los futbolistas a jugar en un mediodía infernal solo para satisfacer el horario del bienestar europeo. Algunos reclamaron y al final todos obedecieron. La televisión ponía el dinero, y poderoso caballero es Don Dinero. El comentarista le quitó protagonismo al futbolista. El mundo al revés. Desde entonces la presencia del fenómeno televisivo en el fútbol fue creciente hasta invadir, recientemente, el juego mismo con ese engendro de la manipulación del poder llamado VAR. Este prodigio, posiblemente increíble para nuestros abuelos, fue anticipado por la literatura argentina de manera brillante.
“Esse est percipi”, escrito por Borges y Bioy, es un relato fantástico que narra el estupor de un turista de la zona de Núñez al comprobar “que venía faltando en su lugar de siempre el monumental estadio de River”. Ante semejante revelación decide acudir a la ayuda de un amigo, Gervasio Montenegro, miembro de número de la Academia Argentina de Letras, para desentrañar el misterio. Montenegro lo deriva con Tulio Savastano, a la sazón, presidente del club Abasto Juniors, quien entre mate y mate le confiesa el engaño del fútbol argentino: “No hay score ni cuadros ni partidos. Los estadios son demoliciones que se caen a pedazos. Hoy todo pasa en la televisión y en la radio. La falsa excitación de los locutores ¿nunca lo llevó a maliciar que todo es una patraña? El último partido de fútbol se jugó en esta capital el día 24 de junio del 37. Desde aquel preciso momento, el fútbol, al igual que la vasta gama de los deportes, es un género dramático, a cargo de un solo hombre en una cabina o de actores con camiseta ante el cameraman”.
Borges y Bioy, bajo el seudónimo de Bustos Domecq, perciben la creciente influencia que tienen la radio y la televisión en el negocio espectacular del fútbol y la describen despiadadamente irónicos. El progresivo incremento de audiciones relacionadas al fútbol, conforme los medios de comunicación se propagaban, hizo necesario la multiplicación de información. A falta de noticias fue indispensable crearlas. Allí es donde la genialidad de Honorio Bustos Domeq se torna un Nostradamus de nuestros días.
—¿Cómo? ¿Usted cree todavía en la afición y en los ídolos? ¿Dónde ha vivido, don Domecq?
El fútbol se volvió un negocio para publicitar productos, y qué mejor que espectadores globales para ello. Volviendo a la charla del cuento:
—Señor, ¿quién inventó las cosas? –atiné a preguntar.
—Nadie lo sabe. Tanto valdría pesquisar a quién se le ocurrieron primero las inauguraciones de escuelas y las visitas fastuosas de testas coronadas. Son cosas que no existen fuera de los estudios de grabación y de las redacciones. Convénzase, Domecq, la publicidad masiva es la contramarca de los tiempos modernos.
—¿Y la conquista del espacio? –gemí.
—Es un programa foráneo, una coproducción yanqui-soviética. Un laudable adelanto, no lo neguemos, del espectáculo cientificista.
Tan original como el hallazgo del cuento de Borges y Bioy es el relato de Roberto Fontanarrosa “Fútbol y ciencia”. Publicado en 1990, es famoso por haber anticipado varios años la llegada del VAR y la tecnología al arbitraje deportivo. El cuento transcurre en un estadio de Alemania durante un partido donde el referí brilla por su ausencia en la cancha. En su lugar, el partido es arbitrado por una central computarizada y un Consejo Arbitral frente a cámaras de televisión ubicadas en una torre de 75 metros de altura fuera de la cancha.
Los 73.000 espectadores que concurrieron el 15 de enero de 1988 al Duisburg Stadium de Oberhausen no pudieron dejar de apreciar que entre los protagonistas del espectáculo había significativas ausencias… lo que brillaba por su ausencia aquella tarde en el Duisburg Stadium era el arbitro, dado que, la “Effektivaterien Ballönem Helveticen” había anunciado el match como una prueba piloto de un nuevo sistema de “referato a distancia”.
Relacionando la eficiencia moderna con la majestuosidad hija del nazismo nos describe el nuevo sistema de referato:
Los curiosos asistentes al match tampoco podían adivinar que, bajo sus pies, una intrincada maraña de cables, sensores electrónicos, filamentos inalámbricos y terminales computadorizadas, unían el estadio propiamente dicho con la torre de referato.
Fontanarrosa, con lujo de detalles, nos va describiendo el sistema para reducir sensiblemente los disturbios en las canchas a causa de los malos arbitrajes. Sin embargo, el novedoso sistema no excluye la falla humana:
De cualquier manera, el revolucionario sistema, llamado provisoriamente A.U.P. (Arbipeissal Und Perspecktiven) admite también el encanto de la controversia. Nadie puede negar el importante condimento que significa para el partidario del fútbol la discusión en la oficina, durante toda la semana, sobre si tal o cual fallo estuvo acertadamente tomado. Y no puede tampoco, quitársele al aficionado común la posibilidad de exorcizar sus frustraciones y represiones domésticas, denostando la figura del colegiado. Así ha sido siempre y lo seguirá siendo, aunque en menor medida con el nuevo sistema, que también deja, sabiamente, resquicios para la discusión.
En algunos casos, muy puntuales, el poder de decisión quedará en manos del clásico y consabido criterio personal del árbitro. Allí, como siempre la falibilidad humana seguirá alimentando el intercambio de opiniones. Se dará, por ejemplo, con la inefable “Ley de la ventaja”. No habrá computadora, entonces, que ayude a dictaminar a su referí si tal o cual jugador cometió una infracción adrede o sin quererlo, como tampoco contará el árbitro con ayuda tecnológica para decidir si el delantero que se proyectaba solo hacia el gol ha de caer definitivamente o podrá continuar con su carrera, luego del golpe que intentara derribarlo. La misma incógnita deberá enfrentar el colegiado cuando deba determinar, sin respaldo científico alguno, cuándo una “mano” dentro del área, es intencional o casual, ya que no hay todavía, por fortuna, computadora alguna que esté conectada con el cerebro mismo de los futbolistas.
El desenlace del relato es sorpresivo y revelador de la rebeldía humana:
…el 17 de junio último, un adelanto significativo se puso de manifiesto en el campo de la protesta partidaria, en ocasión de llevarse a cabo el clásico encuentro entre el Benelux-Gotha de Mons y el Astipalaia de Grecia. Tras un discutido fallo del colegiado sueco Gustav Skelleftea, un proyectil misilístico del tipo M-L7, versión soviética de segunda generación, impactó y redujo a polvo la torre de control de referato. Se piensa que el proyectil fue accionado por un fanático del Astipalaia, mediante un propulsor personal, desde atrás del arco norte del estadio, distante casi unos 250 metros de la sólida construcción tubular, aún hoy hecha escombros. “Ellos también han progresado mucho”, sólo atinó a decir Gerd Walde, titular del Consejo Arbitral Germano y propulsor del sistema A.U.P., a título de conformista comentario.
La televisión invadió nuestra vida cotidiana de manera creciente hasta abarcarlo casi todo. Previo al mundial de fútbol celebrado en EE.UU. 1994, el negocio televisivo intentó cambiar el reglamento del deporte llevando los 90 minutos de juego a 100 divididos en 4 tiempos de 25 minutos. Eso daba 3 descansos que permitían la publicidad televisiva. Hoy, en la era del Gran Hermano que todo lo filma, los comunicadores estrella de la televisión nos anticipan que la final del mundial en EE.UU. 2026 tendrá 25 minutos de entretiempo en lugar de los 15 reglamentarios para que los espectadores puedan consumir hot dogs, cervezas, papas fritas y otras delicatessen de la comida chatarra, mientras Madonna, Shakira y la banda surcoreana BTS entretienen a los apáticos norteamericanos como si fuera la final de Superbowl. No alcanza con vender fútbol, también hay que vender música. Del hecho predominantemente cultural al hecho predominantemente comercial con la televisión como facilitador.
Hoy, aquella frase adjudicada a Lord Byron “la realidad supera la ficción” está más vigente que nunca. El realismo mágico llegó al fútbol.

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