
En el Teatro del Rayo se puede ver una versión de Lúcido, de Rafael Spregelburd, con dirección de Santiago Dejesús, que conduce hacia el asombro a través de una dramaturgia muy inspirada, o soñada

Por Andrés Maguna

Calificación: 4/5 Tatitos
Hace más de 20 años un joven escritor soñó una obra de teatro y la escribió, y le puso de título Lúcido, en referencia al sueño estando despierto, al sueño lúcido. Esa obra de Rafael Spregelburd (quien en abril cumplió 56 años) se estrenó en Buenos Aires en el 2006, y desde entonces, en andas de diversos elencos y versiones, cosechó premios y distinciones, elogios y aplausos, en los escenarios más variopintos, hasta llegar a Rosario, al Teatro del Rayo, con la dirección de Santiago Dejesús y un reparto actoral integrado por Malena Contreras, Claudia Giordana, Chelo Longhi y Manuel González.
Tuve la fortuna de asistir a la segunda función de esta Lúcido rosarina el sábado 13 de junio (el estreno fue el día 6), en una noche muy fría y con el Mundial de Fútbol alienándonos una parte de la mente a muchos, pues había comenzado el día anterior. Anunciada para las 21.30, la puesta en escena comenzó a las 21.45 y concluyó a las 22.58, con un público tan shockeado por el sorprendente desenlace que tardó unos segundos en dar potencia y calor a sus aplausos. Porque la mayor parte de esos 73 minutos de actuaciones se habían empleado para sembrar una intriga distractiva a través de la historia del drama de una familia compuesta por una madre, llamada Teté (Giordana), y sus dos hijos, Lucrecia (Contreras) y Lucas (González).
En este punto me veo obligado a una advertencia de espóiler (viene del inglés to spoil, “arruinar”, aunque la RAE recomienda reemplazarla por “destripamiento”), puesto que no se me ocurre otra manera de arribar a una crítica decente que abarcando la totalidad del guion, es decir destripando su principal subterfugio para que se explique hasta qué punto la ideación del autor conduce a un maravillamiento ulterior. Por eso, a partir de ahora recomiendo que sigan leyendo este texto quienes hayan visto o leído la obra, o quienes no tengan pensado verla ni leerla.
Con la autolicencia del espóiler se simplifica una síntesis del argumento: una madre, Teté, crió a sus hijos sola hasta los 10 de él (Lucas) y los 13 de ella (Lucrecia), cuando ambos mueren en circunstancias relacionadas con un trasplante de riñón. Quince años después, el día que Lucas cumpliría 25 años, sueña, y en cierta medida corporiza los fantasmas de sus hijos, con una situación en la que los tres celebran la ocasión en un restaurante. El joven de 25 años corporizado en el sueño tiene la personalidad del niño de 10, y la joven de 28, la de una adolescente de 13. E interviene en las diversas variantes de la situación del restaurante, que se plantea Teté, un mozo de nombre Darío (Chelo Longhi), que funge también como un amigovio de esa madre que se reencuentra una y otra vez con sus hijos muertos, o con la proyección de ellos en la espectralidad.
Las maniobras distractivas del relato incluyen un conflicto de Teté con la adolescente adulterada adulta (Teté piensa que Lucrecia vuelve de otra ciudad, Miami o Ramallo, para reclamarle a su hermano el riñón que le “prestó”) y un debate con su hijo joven aniñado sobre un tratamiento que está siguiendo, con la supervisión de un terapeuta, basado en la práctica del “sueño lúcido”, lo que lo llevaría a poder encaminar sus sueños, primero, y la vida “real” posteriormente, para lo cual, incluso, se viste con ropas de su madre y se maquilla con sus pinturas cosméticas. En tanto que el mozo Darío también aparece en la situaciones de intercambios familiares como el amigo que cuestiona los sinsentidos de onirismo, amagando con desembozarlos.

Claro que los espectadores no espoileados nos dábamos cuenta de que los loops, los conflictos y los debates planteados eran fruto de sueños, o imaginaciones proyectivas, pero se los atribuíamos a Lucas, a la vez que resultaba atractivo el seguimiento y desmadejamiento de las problemáticas particulares de los tres miembros de esa familia, a la vez que nos generaban intriga las flagrantes contradicciones fácticas (hechos inexplicables), psicológicas (trastornos de difícil encuadramiento) y afectivas (amores desinteresados y desamores forzados). Y ahí estábamos, enganchados en las turbulencias de lo aparente, hasta que Lucas y Lucrecia se van del mundo real siguiendo una luz, Teté se queda sola con su soledad y su dolor inextinguible, y aparece Néstor (Longhi), un vecino solidario y compasivo de Teté que la ayuda con quehaceres domésticos y la refuta: “Néstor, me llamo Néstor, ¿¡qué Darío!?”, echando así las últimas gotas del baldazo de agua fría que significa la revelación, cual caída del velo de Maya.
Tras unas cuantas cavilaciones, durante un par de días, llegué a la conclusión de que la obra soñada por Spregelburd no tiene puntos flojos en su andamiaje, minimizando fallas, errores y desacoples en su puesta en escena, y así es difícil que Lúcido no alcance las máximas calificaciones de la crítica, sin embargo lo cual debo decir que la dirección de Dejesús, en especial por sus elecciones adaptativas, está muy bien orientada, y que su elenco actoral se desempeña con todo el profesionalismo requerido para la ocasión, y hasta con cierto lucimiento, apoyado por un imaginativo juego de luces, lo mismo que tienen su onda la escenografía y el vestuario.
¿Por qué no le puse cinco Tatitos a esta crítica? Porque me parece que no está explotado al máximo el sentido de la maniobra lúdica que plantea la obra (y se oculta hábilmente): el sueño de una mujer anclada en un trauma que incluye, en su fantasía delirante, los posibles sueños de su hijo muerto, lo que a la sazón resulta ser el distractivo primordial por el que se desvían, de aquello que en realidad es, quienes se empecinan en dilucidamientos tempraneros (cual es mi caso). Como sea, o fuere, el descubrimiento de Lúcido, de su abanico de posibilidades interpretativas, puede ser una invitación a soñar con lucidez en las impensados resortes que mueven la imaginación a través de los vericuetos más sorpresivos del mejor teatro de autor.
FICHA:
Título: Lúcido. Texto original: Rafael Spregelburd. Dirección: Santiago Dejesús. Actuaciones: Claudia Giordana, Malena Contreras, Manuel González y Chelo Longhi. Asistencia de dirección: Ivana López. Escenografía: Rodrigo Frías y Lucía Palma. Vestuario: Ramiro Sorrequieta. Gráfica: Catalina Druetta. Sala: Teatro del Rayo. Funciones programadas: los sábados de julio 2026.

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