Apuntes del cuerpo que escribe

[Entrevista a Natalia Perez]

Natalia Perez. Foto Merkina Vajra

Con motivo de la pronta aparición de su primer libro, Apuntes de clases (se publica en octubre, por Río Belbo Ediciones), una mujer rosarina con una vasta experiencia como estudiante y docente de los lenguajes del cuerpo entre la danza, el contact, el movimiento auténtico y la más salvaje experimentación, dice cosas importantes, reveladoras e inspiradoras en el marco de la amorosa propuesta de entablar una conversación

Por Andrés Maguna

A Natalia Perez la fue escribiendo su cuerpo desde antes de su nacimiento. Durante unos 43 años un texto de movimiento auténtico fue entramándose hasta ser la “ella” que es hoy. Y hace un par de años, el último día de diciembre del 2017, ese registro de movimientos y danzas hecho cuerpo comenzó a escribir y publicar en Feisbuck una serie de textos breves, numerados, titulados Apuntes de clases, que iba construyendo con retazos de escritos de un diario personal (y sí, el diario personal de un cuerpo) comenzado cuando tenía ocho años.

¿Cuál era la intención de publicar en Feisbuck? Manifestar de modo amoroso una propuesta de conversación, de diálogo, con los lectores de esos apuntes hechos de apuntes de un cuerpo que dialogaba con sí mismo escribiéndose.

La desinteresada invitación del cuerpo escritor llamado Natalia Perez fue bien recibida y durante casi dos años la conversación con los apuntes de los apuntes del Cuerpo se fue multiplicando con diversos lectores, uno de los cuales, el escritor rosarino Alberto Giordano, le dijo que ahí, en esos textos, había algo, un corpus de obra, y la alentó a reunirlos y publicarlos. Y de ahí a la inclusión de la editorial Río Belbo en la conversación con todos iniciada por el Cuerpo Perez hubo un solo paso, o varios más, pero ya fueron pasos de danza, la danza de las palabras en la tinta y el papel.

¿El resultado de esa danza? Un libro infinito en sus posibilidades de lectura, por su escritura de automática autenticidad de pensamientos movimiento. Un libro inusual e ideal para ser leído acostado en el suelo, o en otra horizontalidad. Y también ¿por qué no? en voz alta para que lo “atestigüe” otra persona.

Un libro que en verdad conversa con quien desee hacerlo. Como bien define Alberto Giordano en la contratapa del volumen (ver acá): “El trazo leve de estos apuntes muestra, con irresistible encanto, que la vida pasa por la escritura cada vez por única vez”.

Pero… ¿esto no era una entrevista? ¿Y la voz de Perez dónde está?

Sí, hubo una charla con Natalia, de la que quedó una grabación de poco más de una hora. Hubo preguntas formales y respuestas (que a su vez contenían preguntas y repreguntas) que, una vez leída la desgravación, me hicieron dar cuenta de algo que no podía definir, y me llevaron a releer partes del libro. Y me cayó la ficha: el lenguaje, la verbalización, la estructuración semántica y hasta una particular oralidad cultural del Cuerpo Natalia eran indiscernibles entre lo hablado y lo escrito. Sin filtros, el Cuerpo habla como escribe y viceversa, y lo hace volcando en torbellino, de forma indiscriminada, ensortijada, una cantidad incontable de recuerdos, de citas de libros, revistas, diarios, anuarios, folletos, relatos oídos, clases y lecciones escuchadas o dichas, dadas o tomadas, películas de ficción, documentales, educativas… de todos los lenguajes audiovisuales que existen, al igual que lo hace con las grafías y los idiomas. El Cuerpo Perez es como un aleph comunicativo común y corriente, al alcance de todas las mentes, los cuerpos. Si es que un aleph puede ser tal cosa.

A continuación, para no abusar del raciocinio del amable lector, transcribo parte de esa charla que dimos en llamar entrevista, seguida de algunos párrafos sueltos tomados al azar de Apuntes de clases, como demostración y fundamentación de lo que más arriba se afirma.

“Mi primer contacto así, que yo flashié con cosas del cuerpo, fue haciendo gimnasia rítmica en Estudiantil, y eso fue a los nueve años. Previo, tenía un año en la Escuela Municipal de Danzas, de danza clásica. Ahí supe qué fue eso, esa lección, me parece. Un lección bastante propia en una familia donde los deportes o el cuerpo no eran considerados para nada; entonces eso fue una lección re propia mía”.

“Mi vieja (Patricia) es profesora de inglés y mi viejo (Nelson) ingeniero químico, pero los dos son muy particulares, son medio bichos raros en el sentido de mucho estudio, por pertenecer los dos a un camino espiritual que se llama Cafh (se autodefine como una reunión de almas que buscan su liberación interior a través de un método individual exterior). Muchas lecturas esotéricas, místicas. En la biblioteca de casa había libros de filosofía en general, mucha psicología, porque mi vieja en realidad, yo creo, hubiese querido ser psicóloga. Todo era muy humanista al estilo de la revista Uno mismo. Muchos discursos, y esto te lo estoy diciendo ahora mirando para atrás. Mucho discurso de lo psicológico vinculado a lo cotidiano; suponete que te duele la panza, bueno, y algo te debe estar pasando, qué es lo que estás queriendo decir, mucho esta cosa ¿no? en casa. Y el cuerpo para ellos en realidad…, yo introduje a la familia, al núcleo familiar, el discurso del cuerpo o la cosa de la consideración del cuerpo. Para ellos es cuidarlo, cuidarlo pero desde un lado bastante higienista, por decirlo de alguna manera, lo mínimo indispensable para que transporte el alma a la cabeza”.

“No había televisión en mi casa, entonces la cosa iba de lecturas. Mi diario lo empecé a los ocho o  nueve años”.

“Damos muy por sentado que estar en la verticalidad es normal, pero viste que muchas corrientes dicen que todavía no estamos totalmente adaptados a estar en la vertical, que todavía nos queda mucho por adaptar, por eso tantos dolores de espalda y otras cuestiones, porque es complejo estar en la vertical. Entonces eso explica el por qué de ir al piso. Primero, no tenés la cosa del sostén, te podés dejar sostener, que no es pavada de cosa, y porque al sacarte ese temor, que es muy primitivo (el temor a la caída), descansás y aflora la conciencia de que podés llevar la atención hacia otros lados, podés ver qué emerge ahí. Y es otra cosa, nada que ver. El temor a la caída es una cuestión de supervivencia, muy primitivo, como los reflejos de protección (manos protegiendo la cabeza) en la huida, las repuestas de respuestas de autopreservación, que después están ligados a cosas emocionales, obvio”.

“Yo hacía bastante que bailaba contact. Ponele desde los 15. Porque después de terminar la secundaria hice dos años de Psicología, y después hice un año de Letras… Me costaba por el mandato familiar de ser universitaria también, ¿viste? Esto subyacía, y por cuestiones mías me costaba tomar la elección de dedicarme a lo que más me atraía, porque yo ya me había ido a Estados Unidos a un encuentro de contact, a los 19 años. Bueno, yo circulaba…, la verdad que ya tenía muchos años de contact,  y al haber sido eso el lugar de entrada… porque generalmente el contact para todos mis compañeros o los que estaban en el tema era como una segunda danza, venían del contemporáneo, clásico, y estaban descubriendo estas nuevas técnicas y se metían. Para mí fue raro porque fue la primera danza en la que entré. Entonces era muy alfabetizada en ese lenguaje y era muy chica y todos mis compañeros eran muy grandes, tenían 30, 40”.

“Después empiezo a viajar, viajo varias veces a Estados Unidos. Primero fui a un aniversario de contact en Overlin (Ohio), en una universidad que fue donde nació el contact, y después me fui a un lugar con el que yo soñaba que se llama Earthdance, que era para mí. Yo era en ese momento muy hippie y ahí me fui. Eso estaba en la zona de bosques de Amherst, Massachusetts. Un estudio todo vidriado que da al bosque. Esa experiencia me partió el coco, me costó mucho después integrar esa experiencia. Volver acá e integrar algo de eso… En eso la verdad que tengo que agradecer el sostén de mi vieja, porque un dia (imaginate que era previo a internet) estoy viendo una revista de contact a la que me había subscripto, y digo: a mí me gustaría ir ahí, y mi mamá me mira y me pregunta: ¿por qué no vas? Me sostuvo ahí. Yo laburaba de moza, qué sé yo, y sostuvo esa posibilidad de habilitarme a eso. Viéndolo para atrás, fue una cosa muy fuerte. Cuando yo vuelvo y tengo todas estas búsquedas de qué hacer con mi vida, en realidad ya lo estaba haciendo, y era que bailaba todo el tiempo contact. Entonces viene un compañero de Buenos Aires, un bailarín que yo admiro mucho, Gustavo, al que traigo como maestro, le organizo el seminario, qué sé yo, y me dice: ¿Nati, vos estas dando clases? Le digo no, como voy a dar clases. Vos estás loca, me dice, hace diez años que bailás contact, ¿cómo no te largaste a dar clases a principiantes? (…) Yo creo que él ahí veía un compromiso muy intenso que yo tenía con eso que hacía, algo de la pasión que tenía con eso, y algo seguramente con respecto a la trasmisión, el compartir el conocimiento… Mirá lo que hizo él, pero nadie acá en Rosario me lo había dicho, y él… mirá la generosidad. Yo se lo agradezco, se lo digo siempre que puedo… Él me dice: sabés lo que vamos a hacer, vos venís a Buenos Aires y yo te presto mis clases para que vos des un ejercicio. Me habilitó, fue una cosa simbólica. Fui un par de veces y me encantó, y al volver de ahí armé el primer grupo, y desde entonces (tenía 21) hasta  hace cinco años (tenía 38) di talleres de contact. En un momento llegué a dar hasta cinco  veces por semana, a grupos distintos, grupos pequeños, suponete de 15, 20 personas, y el más multitudinario era el que era gratuito, que era los miércoles a la mañana en el CEC, por el Presupuesto Participativo, que a mí me pagaba la Muni y la gente iba gratis ahí. Pasó ponchada de gente”.

—Si multiplicamos los años y la cantidad de clases por un promedio de los aprendices y los grupos que pasaron por tus manos podemos hablar de entre 25.000 y 40.000 personas.

–¡Eh, y qué sé yo! (Se sorprende por las cifras) ¿Decís de personas que pasaron? Yo creo que son muchas, no sé. Pasaron muchas personas por los talleres, nunca lo pensé en términos de cantidades. Igual sé que influencié a un montón de gente. Además hace siete años entré en dos escuelas públicas, una de las cuales es la Municipal de Danzas, donde tengo grupos de 100 alumnos de seis años. Eso es precioso, es un flash, y en el Profesorado, que ahora es mi pasión, estoy muy apasionada con eso, con la anatomía vivencial y la expresión corporal. A mí me gusta mucho trabajar en lo público. Me gusta lo privado pero en lo público siento que tengo más, que sé yo.

 —¿Cuántos de tus talleristas son varones?

—Un porcentaje… Debe ser un 20 por ciento. Está empezado a aumentar ahora, porque en el profesorado cada vez hay más varones que estudian la expresión corporal, danza. Yo aparte de esas cosas, desde siempre, tengo muchos años de práctica de movimiento auténtico, que es una mirada terapéutica, y cada vez se acercan más varones a la búsqueda personal de sanarse, y eso históricamente, por lo menos cuando yo empece, era muy de mujeres. El movimiento auténtico es una corriente junguiana, nace en la década del 60 en Estados Unidos, tomando las ideas de imaginación activa de Jung. Y trabaja sobre una estructura muy simple: estamos nosotras dos (habla de ella y de mi hija Sol, que participa de la entrevista ocupándose de la grabación y tomando apuntes) en dupla y ella cierra los ojos y yo la atestiguo, y ella baila, se mueve, aunque en realidad la invitación es a dejarte mover…, puede ser cualquier movimiento. Entonces después cambiamos, yo te miro 15 minutos, te atestiguo, te cuido que no te choqués con nada, que sé yo, cambiamos, y después continuamos. Es una práctica que a mí me habilitó mucho a dibujar: continuamos algo de esa experiencia dibujando o escribiendo, y ahí también la palabra… Y bueno, después de ahí se comparte. Esa estructura, que es terapéutica, muchos bailarines de contact improvisación la tomaron no para terapia sino para sacar de ahí materiales para creación. Yo tuve las dos experiencias. Me formé durante seis años con una terapeuta junguiana que se llama Karin Fleischer, pero también con todos los bailarines con los que yo tomé clases, que usan esto de materia prima para bailar. Es una técnica que es hermosa, muy simple, muy buena y muy profunda, muy profunda. Es como conectarte con los sueños ¿viste?, es muy onírico, arquetípico. Van surgiendo cosas y podés decirte: Bueno, ¿esto de dónde salió?.

—En el libro hablás de “aprender a tener una fisicalidad cuando uno escucha”. ¿Podés explicarme un poco más esto de la fisicalidad?

—Es… Por ejemplo: yo te estoy escuchando y estoy teniendo esta experiencia con ustedes dos, entonces yo escucho lo que vos me decís y se establecen distintos planos; lo que voy pensando de lo que vos me preguntás, o lo que hace ella, lo que veo por la ventana, o qué sé yo; pero también puedo ir registrando cosas que me van llegando, sensaciones que voy teniendo de esta experiencia. Entonces sí yo me puedo conectar aparte de pensar lo que vos me decís, o lo que ella me dice, con la sensaciones, con cómo estoy sentada, cómo estoy respirando, qué aparece, qué va cambiando… Yo empiezo a razonar y a contactar con la experiencia no solamente desde la cabeza, no como si se pudiera dividir, sino entrar en una cosa donde los cuerpos están razonando, donde nos vamos conociendo y hay un diálogo hasta tónico. Yo me mimetizo con vos, con vos: que si sonreímos, nos entendemos, conocemos un autor, toda esa cosa es muy corporal para mí. Esa es la fisicalidad. Es algo que también viene mucho del movimiento auténtico: yo te observo pero no te juzgo. Qué veo, lo que de vos me llega a mí, y qué me mueve en mí. Y ahí hay materiales mezclados, soy yo y sos vos, lo que vos me despertás. Es eso, es bien fisico. Podés ir a distintos planos pero son sensaciones. Por las sensaciones entra mucho la informacion. Y culturalmente eso ha estado más vedado. Pero cuando vos empezás con las sensaciones es como que no podés, después, dejar de escucharlas.

—Cuando te despertás no podés estar dormido…

—Y la tensión… Las tensiones de cómo vivimos. Vivimos mal. Las tensiones enmascaran esas sensaciones ¿no? Entonces un poco lo de soltarse, relajarse, poder escuchar esas cosas, bueno… Ahí te abre otra manera de estar.

—¿Y también habilita uno de los modos de luchar por tu época?

—Sí… Y sí. Luchar del modo que yo creo que es, que es con el encuentro con los otros, moverme con otros, pensarme con otros, eso es lo que yo vivo como amoroso. Para mí la ternura o lo amoroso es muy revolucionario, como muy contra sistema, porque todo va en la otra dirección ¿no? Todo lo que sea lento, amoroso y tierno me parece que va a cambiar el mundo. El que se demora y se detiene en el cuidado… el que cuida una flor, una persona. El que es sensible al otro. El que se detiene a escuchar la historia del otro. Porque hemos perdido mucho la capacidad de conversar ¿viste?, entonces cuando alguien te pregunta cómo estás, das media vuelta y le ves la nuca y se está yendo. O alguien te pregunta cómo estás y te mira a los ojos y a lo mejor te escucha la historia y a lo mejor no… Eso ya es fuerte como experiencia.

—Entonces el libro lo escribiste para entablar un diálogo.

—Sí, para conversar.

Hasta aquí, parte de la charla, y tras cartón el “copio y pego”, que hice de algunos fragmentos significativos de Apuntes de clases:  

“Recién ahora puedo ver que con su habilitación pude empezar a encontrar una danza propia, a entender que la parálisis que sentía, el miedo y el malestar, eran insumos para mi danza y no algo a descartar”.

“Como un susurro, la anotación de lo que una alumna dijo ese mismo día: «Pierdo el camino de regreso»”.

“27 de abril. Me conmovió una entrada de Alberto en su libro El tiempo de la convalecencia: «Llegar a Retiro será para siempre avistar a papá en el andén, que vino a esperarme». Otro andén, en donde corro para que mi papá vea mi vestido nuevo. ¿Cuánto hace que corro?”

“11 de mayo. Fui a buscar a Felisberto Hernández, a leerlo: Hoy fui a la casa de una joven que se llama Irene. Cuando la visita terminó me encontré con una nueva calidad de misterio. Siempre pensé que el misterio era negro. Hoy me encontré con un misterio blanco.”

“Volví sobre mis pasos; no sobre mis pasos sino sobre mi escritura. Entre otras confusiones, a veces siento la escritura y la lectura con mucha materialidad, con cuerpo. En ese retorno, encontré preguntas, temas que insisten: ¿Cómo cultivar el «ojo del huracán» cuando aumento mi velocidad? ¿Cómo dilatar el tiempo poniendo atención en el detalle? ¿De qué están hechos la quietud y el movimiento, el callar y el decir, lo profundo y lo superficial?”

“Si sigo a este ritmo de aprendizaje, lo de bailar quedará para otra vida y en esta con aprender, reaprender a respirar, caminar y hablar, ya estará.”

“¿Por qué no elegí ser escultora, constructora o algo por el estilo? Cada vez que bailo es como si fuese por primera vez; cada vez se repite la intensidad de la danza y lo pasajera que es. Pasajera. ¿Por qué no elegí ser arqueóloga, ceramista o carpintera? Algo que quede ahí, como una montaña, un edificio, un pozo inmenso, una vasija. Un pozo inmenso.”

“Las excusas son eso, explicaciones de por qué no hago algo. Quizá el paso del tiempo sólo agudice mis distracciones y las profundice, quizá saldré a caminar con un libro, sin recordar por qué lo llevé o bailaré un solo camino a la cocina, sin recordar que iba a hacerme unos mates para terminar de corregir parciales.”

“Para mí separarme muchas veces ha sido un plan chino. Me cuesta concluir, cerrar, terminar una relación amorosa. Quizá es porque me gustan los puntos suspensivos y tengo dificultades con el punto y aparte. Ahora que pienso quizá la dificultad sea con el punto final.”

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