Haroldo andaba en la luz

Un relato de Daniel Moyano

Daniel Moyano

En el año 2017, el sello cordobés Caballo Negro Editora publicó Mi música es para esta gente, los cuentos completos de Daniel Moyano (1930-1992), en una cuidada y muy necesaria edición de 640 páginas. Rápidamente este libro se transformó en un tomo imprescindible para los lectores, en un valioso punto de partida para la persona que quiera conocer los destinos de la literatura argentina del siglo XX. A continuación compartimos Haroldo andaba en la luz, el relato que cierra esta edición, un texto sobre Haroldo Conti que Moyano escribió durante su exilio en España.

Portada de Mi música es para esta gente, editado por caballo negro. Ver más sobre este libro.

Haroldo andaba en la luz

Por Daniel Moyano

En su bellísimo cuento «Mi madre andaba en la luz», Haroldo Conti intenta una reconstrucción a partir de una ausencia prolongada que no se resuelve a ser pérdida definitiva. El narrador, desde una especie de exilio opresivo en Buenos Aires, al servicio de una máquina en una fábrica de papel, trata de reconstruir una infancia feliz que le devuelva, aunque sea en atisbos de recuerdos, una vida mejor. El núcleo de la evocación es la madre, una madre que siempre se encuentra lejos de los sucesos aprehendidos, una figura que simplemente «andaba en la luz». Luz pueblerina, provincial, vida a rescatar. El personaje, más que tal, es una ausencia en el relato. A ratos parece que ha muerto, a ratos que simplemente se ha ido, que aparecerá en cualquier momento. Aunque para Conti ambas situaciones no se diferencian: «entonces el Pedro preguntó por alguien que se había ido o, lo que es lo mismo, se había muerto». Lo que Conti cuestiona en ese cuento es la ausencia misma.

Que es lo que ahora nos pasa a nosotros con él. No sabemos si se ha ido o está muerto. Intentaré aquí reconstruir algunos momentos de Conti, a partir de una ausencia prolongada que ya se va pareciendo a los desdibujos y entreluces de la muerte. Y lo voy a hacer cambiando inmediatamente de tono porque el asunto parece que se emperra en ser solemne.

Creo que la cosa empieza en Buenos Aires, en 1965. No sé qué premios literarios nos habían dado. El salón municipal estaba lleno de señoras gordas y discursos. Los discursos decían que a pesar de ser escritores del interior del país habíamos logrado decir algo. Las señoras gordas nos miraban como a indios recién alfabetizados. No había una mina como la gente. Ya nos habían entregado los diplomas y los cheques y no veíamos la hora de largarnos. Yo tenía que volver a La Rioja al día siguiente. Vos estabas preparando una salida al mar, te había dado fuerte el asunto de la navegación. Las señoras parecían dispuestas a escuchar discursos toda la noche. Los discursos que decían que a pesar de todo estas nuevas voces se oían. Lo que no decían era que renunciábamos a la tradición impuesta, a Borges, a la literatura ad usum, y que nos negábamos a ser folclor en tecnicolor; que para nosotros el interior no era paisaje con bichitos y leyendas, sino el nombre concreto de todos los días. Al mismo tiempo, sin conocernos, andaban en lo mismo otros escritores del interior, Antonio Di Benedetto, Juan José Hernández, el turco Saer, Juan Carlos Martini, Héctor Tizón y tantos otros, hartos de panfleto o metafísica, de Boedo y Florida, del mito Buenos Aires y las alucinaciones europeas. Pero míralos vos -decía una señora gorda y fea- al flaco y al riojanito. ¿Qué van a hacer con tanta plata? La respuesta era fácil: pagar los préstamos que nos hizo el Fondo de las Artes para editar nuestro primer libro, ya que nuestro editor, un tal Camarda, se alzó con los préstamos y nos dejó en banda. Finalmente, en mitad de un discurso y sin previo acuerdo, salimos a la calle. La memoria me devuelve solamente una frase tuya mientras esperábamos afuera que pasara un ómnibus: «rajemos, esto está lleno de señoras menopáusicas».

Otro día bajo a Buenos Aires con uno de nuestros hombres concretos de todos los días, en este caso un riojanito que todavía no conocía la capital, ni los pescados, ni los mariscos, ni mucho menos el mar. Estaba asustado, me preguntaba a cada rato si conocía a alguien en Buenos Aires por cualquier cosa que pudiera ocurrir.

Estábamos en tu casa, llena de faroles y objetos relacionados con la navegación. Convalecías de un accidente, te había atropellado un coche. Accidente o atentado. Tenías razones para creer en lo segundo, pero ignorabas el porqué. De todos modos, dijiste, salgamos a comer, conozco aquí cerquita un lugar donde preparan unos calamares de locura. Entonces te cuento que no vine solo, que he dejado al riojano en el hotel. Que venga también, decís vos.

El riojano se toma un taxi y llega como puede al restaurante. Te mira con desconfianza, pregunta si verdaderamente sos la persona que conozco en Buenos Aires. Después te pregunta cuántos obeliscos hay en la ciudad. No puede creer que haya uno solo. Él ha visto como cuatro, por lo menos. Son las calles en diagonal las que confunden, pero es siempre el mismo obelisco. El riojano acepta y mira entre asqueado y asombrado el plato de calamares en su tinta. Empieza a comerlos con asco. Pese a tu propaganda, deja la mitad. Cuando llega el pescado, el riojano clava unos ojos incrédulos en los ojos del besugo. Tené cuidado con las espinas, le dijiste. El riojano echa una rápida mirada al suelo, único lugar donde para él puede haber espinas. Hiciste tanta propaganda al pescado, que el riojano se lo comió todo, con asco precolombino, más por tus palabras que por el sabor, nuevo para él. Después hablaste de navegación, cosa que a mi amigo le parece algo de otro mundo. Después viene la palidez de mi amigo, el ataque al hígado, el médico. Dieta absoluta, dice. En su delirio, el riojanito ve besugos y sextantes, una cosa es hablar en nuestros cuentos del hombre marginado del interior, otra invitarlo a comer pescado.

Sigue un encuentro en La Rioja, a mil docientos kilómetros de Buenos Aires, donde el idioma se musicaliza con acentos quechuas y araucanos, donde Facundo Quiroga de algún modo anda todavía por las calles con el secreto del drama nacional adentro («tú tienes el secreto, revélanoslo», según gritaba Sarmiento): mi hombrecito del besugo es otro Facundo que no alcanza a comprender los milagros de lo que llamaban y todavía llaman civilización. Estamos, pues, en plena «barbarie» riojana, con muy altos índices de mortalidad infantil, con enfermedades endémicas, con una densidad de medio habitante por kilómetro cuadrado, con el cariño de la gente suelto por las calles y más de cuarenta grados de calor, a la sombra, por supuesto. En La Rioja, que antes de perder la guerra contra Buenos Aires tenía un índice de productividad similar al de provincias tan ricas como Mendoza, por ejemplo, con tremendos bosques donde se criaba el ganado que se llevaba en pie a Chile cruzando la cordillera, hasta que llegaron los ingleses con sus trenes, talaron los bosques para alimentar las máquinas, con lo que dejó de llover y las vacas se murieron de sed, las salidas a Chile fueron clausuradas porque Buenos Aires pasó a ser puerto único, los riojanos que quedaron vivos fueron llevados a la guerra contra el Paraguay, y el oro del Famatina a Londres. En La Rioja que luego, en Mascará, aparecería ligada en paisaje y destino a tu pueblito, Chacabuco, por el milagro de la palabra.

Haroldo llega a La Rioja integrando una delegación de escritores que publicaban en el Centro Editor de América Latina: Alberto Vanasco, Bernardo Verbitzki, entre otros. Andan difundiendo literatura por el interior. Más libros para más, dice el eslogan. Haroldo se instala en mi casa y todavía no ha acabado de abrir las valijas cuando está preguntando adonde se pueden conseguir faroles antiguos. Empiezan a llegar amigos con faroles viejos. Son todos para Haroldo. Mi hijo, que tiene algo así como ocho años, le pregunta por qué en vez de Haroldo no se llama Faroldo. Tenemos largas charlas en el patio, bajo la parra. Hay vino en damajuana. Haroldo toma leche, acaba de inventarse una úlcera.

Hasta que aparece ella, una riojana, con un grupo de amigos. Haroldo la mira y «casi se cae de culo cuando divisó a la Carmen en medio de la pista con un par de Lee que parecían más bien pintados sobre sus poderosos traseros y una polera de punto morley que le hinchaba los paragolpes como si de un momento a otro fuesen a saltar ellos mismos a la pista. ¡Mamita!». Y desde aquel momento, Faroldo «no vio más nada, solamente esos dos pichones que se caían del nido y estaban esperando un par de manos que los sostuvieran. Hacia allí apuntó resueltamente sus pasos, aunque esto es sólo una frase, porque aquellas criaturas lo arrastraban como un imán».

Entonces se olvidó de los faroles y desapareció de casa por varios días, iba con ella a conocer los pueblos, Sanagasta, Udpinango, Tudcún, Patquía, Ambil, Ñoquebe, esos nombres.

Después Haroldo tenía que dar una conferencia en un colegio riojano y llevaba tres noches sin dormir. Vamos, es la hora, la gente está esperando. Es que me duermo, no puedo más, me caigo, no puedo dar una conferencia sin dormir. Vanasco me pide una llave y un hilo. Acuéstenlo, dice. Haroldo se acuesta y Vanasco empieza a mover la llave como un péndulo ante sus ojos. Haroldo queda dormido en cuestión de segundos. Falta media hora para la conferencia. Despertalo dentro de quince minutos de reloj, me dice Vanasco seriamente. Pero ojo, dentro de quince minutos justos; de lo contrario capaz que no despierte más.

Me doy cuenta que exagera, pero me asusto lo mismo. Voy a bajar las persianas para que el sol, que le da en la cara, no lo moleste, pero Vanasco me dice que no es necesario. Ojo, me dice yéndose. Me quedo contando los minutos, reloj en mano.

A los quince minutos exactos abrías los ojos, los entrecerrabas porque todavía era muy fuerte el sol de esa tarde que entraba casi horizontal por la ventana. Preguntabas qué día era, creías haber dormido mucho, decile a la gente que me perdonen lo de la conferencia. Pero estabas en el mismo día, no había tiempos raros, se trataba del simple tiempo de los hombres y no te habías librado de la conferencia. Me siento como nuevo. Íbamos caminando hacia el colegio donde la gente esperaba tu conferencia. Me siento feliz, dijiste. Claro, andabas en la luz. Una luz matizada con cacharpayas, esas fiestas que dan los riojanos a la gente que quieren. Y te llenaron las valijas de faroles.

Otra vez fue cuando volvías de Cuba y pasaste por La Rioja. Habías escrito Mascaró y tenías un nuevo amor, Marta, que te acompañaba. Comíamos milanesas con ensalada de tomates, en la cocina de casa, que dejaba entrar una tremenda luz por sus dos ventanas. Tenías cuarenta y pico y hablabas como un adolescente. Sabías un montón de cosas que nunca te había oído antes. Podías explicar a Facundo Quiroga mejor que yo, me asustaba tu lucidez. Qué hubieran dicho las señoras menopáusicas de aquel lejano salón de Buenos Aires. Pero míralo vos al flaco, quién te ha visto y quién te ve. Ibas de paso. Apenas pudimos hablar, y como siempre de cualquier cosa menos de literatura. El riojanito del besugo alcanzó a verte. Qué te parece, le digo. Más contento que choco con dos colas, dice él. Y por si te has olvidado de la palabra, te aclaro que choco quiere decir cuzco, es decir, un perrito.

Después el país entero empieza a temblar en golpes epilépticos, tiembla la tierra, saltan los sismógrafos en el terremoto del 24 de marzo de 1976. El temblor me hace caer en cualquier esquina de La Rioja, y cuando me levanto ha pasado el tiempo, «el tiempo que junta las cosas más distintas y separa las más próximas», y me estoy yendo del país, estoy en Buenos Aires esperando la salida del barco. Pregunto a todo el mundo por Haroldo y me dicen que patatín, que patatán. No creo que el temblor lo haya volteado, el Flaco es fuerte, aguanta tres noches sin dormir, me consta. Por fin me dan su teléfono. Se asombra de mi partida. Sí, a España, le digo. No veo la razón, dice él. Yo sí, digo yo. ¿Cuándo salís? Dentro de quince días. Entonces por qué no te venís el miércoles y comemos unos chinchulines. Imposible, Flaco, no tengo ánimo. ¿Y vos? ¿Cómo estás? Mira, yo no me pienso ir. No hay motivos. ¿Y el terremoto? Ya va a pasar, dice él.

Después nada, tiempo solamente, cuatro años de irse o de morirse. Y silencio. Del Flaco nadie sabe nada. «En la profunda noche perfumada al señor Felice, ya decididamente viejo, y por lo tanto insomne, le cuesta una barbaridad conciliar el sueño. Casi no duerme. Se aquieta sobre el catre y hacia el amanecer se adormece un poco. En esas largas horas divaga por el jardín con la lámpara de aceite en la mano o se echa en una mecedora e impulsada por el aire dulzón que despide el ligustro humedecido por el rocío, su cabeza vuela como un globo o una pajarita de papel sobre el viejo pueblo con los tapialitos amarillos y las calles de tierra y tanta cosa que se desapareció u ocultó, no visible prima facie, que eso es la muerte, olvido, oscuridades, suma y suma, tiempo y tiempo, distancia inmóvil».

Digamos entonces que Vanasco ha vuelto a dormirlo con su llave mágica y que no vuelvo a La Rioja de hace varios años mientras Vanasco sale recomendándome que lo despierte a los quince minutos exactos, no antes ni después, porque en ese caso puede seguir durmiendo para siempre, y que me quedo muy quieto y con miedo, reloj en mano contando los minutos, para no equivocarme en lo más mínimo, para que el Flaco después despierte y pueda decir que se siente como nuevo, que anda feliz en medio de la luz, y si despierta otra vez mis amigos riojanos le llenarán las valijas de faroles.

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