Cerdos y pandemias en la tierra plana

Intuición del hiperobjeto: dimensiones del terraplanismo en la pandemia

Cuadro de Cerrolaza para El cuaderno azul

Que seamos huéspedes de un virus que lucha por su existencia no es un accidente: un peligro mayor acecha si nos rendimos a los lugares comunes. La concepción del médico y de la enfermedad se resignificó este año, al tiempo que parece haberse resignificado el lugar de lo real. Por eso un médico epidemiólogo escribe sobre el peligro de nuevos virus y de los discursos que los rodean, intentando responder la pregunta que se repite: “¿Cuándo se termina esto?”

Por Mariano Mussi

Terraplanismo: señala la negación –sin fundamentación– de un hecho evidente, más precisamente la negación que un sujeto hace de un objeto que le produce ansiedad. A los negadores de la pandemia, en nuestro caso, los llamamos terraplanistas. Negar la pandemia es ocultar de la mirada el sufrimiento y la muerte, reducirla a una gripecita o a una ecuación en la que la actividad comercial no debe detenerse nunca, aunque cueste la vida, porque la vida debe trabajar. Esta negación es principalmente hipócrita: carece de fundamento, anula al objeto evidente por el propio temor que el objeto produce.

Es cierto que, tras aquellos que no pueden con el miedo que produce un objeto tan masivo como una epidemia, están los dueños del dinero; por algún fenómeno similar al de la negación por miedo, los grupos de poder económico que están detrás de las protestas anticuarentena parecen sostener la idea, igualmente fantasiosa, de que una catástrofe como la actual no puede tocarlos.

Diferentes dimensiones de la pandemia

Cuidarnos y cuidar de los otros es una hermosa consigna. Si me cuido, te cuido. Lo es en una dimensión global. Las directivas del ASPO (Aislamiento Social Preventivo y Obligatorio) constituyen consignas claras (distanciamiento social, uso de tapabocas, lavado de manos) difundidas en una población. Esta población es, sin embargo, un objeto complejo. Es mucho más que la suma de individuos: en la medida en que acercamos el foco, que nos sumergimos en ese objeto llamado población, encontramos distintos espacios sociales. Una planta industrial es un lugar claramente distinto a un centro comercial, una escuela o un hospital. Los individuos concretos que constituyen esa población y habitan esos espacios sociales son igualmente diversos. Sus necesidades son diversas y también lo son sus modos de sufrir. Porque una epidemia produce sufrimiento tanto por la enfermedad que la define como por las consecuencias de las políticas que buscan contenerla.

Casi el 50% del exceso de mortalidad que produjo la pandemia en EEUU se debió a causas distintas de la covid-19: retrasos diagnósticos, saturación de servicios, suicidios. Para cuidar de todos y de cada uno es preciso comprender esta diversidad de necesidades y actuar en consecuencia aunque, en ocasiones, esto implique violar la norma que rige para el conjunto.

Como resultado de esas normativas de cuidado, los niños y las niñas menores de 12 años están casi completamente privados de vínculos sociales. Los trabajadores de la salud mental señalan el sufrimiento que atraviesan los infantes globalmente, al verse sustraídos de los vínculos con los demás y la absoluta ausencia de respuesta política en este tema. Si afinamos el foco y nos preguntamos por las infancias en situación de vulnerabilidad, el panorama se oscurece.

Las madres y los padres asistimos a este padecer y ensayamos respuestas: encuentros intermitentes, “cápsulas”, redes sociales pequeñas y controladas. En ocasiones llegamos a pensar en la posibilidad de otras formas de educación que garantice todo el juego que nunca debieran perder. La mayoría de las veces nos sentimos juzgados y ni siquiera compartimos entre nosotros nuestras estrategias. Sin embargo, llevar a un niño a la plaza, con todo el horror higiénico-sanitario que esto implica, no es ser terraplanista. No hay una negación del peligro, sino el reconocimiento de una necesidad junto a un intento de darle una respuesta segura.

Si agrandamos ahora el foco y de los individuos vamos a la población planetaria, la pandemia se muestra con otra de sus caras. La epidemia por SARS-Cov2 no empieza ni termina con la epidemia por SARS-Cov2: es parte de un proceso aún mayor que se expresa continuamente y de distintas maneras. La pandemia no fue una casualidad, sino la consecuencia necesaria de un proceso global. Y ahora resulta que la cancillería argentina estudia un convenio con China para la producción de 100 millones de cabezas de cerdo. El país asiático ha padecido una epidemia en su población de animales que la diezmó a la mitad. Nuestro país es un lugar estratégico para que China instale sus fábricas de chanchos. No hablamos de granjas; hablamos de grandes industrias que utilizan millones de litros de agua, toneladas de hormonas y antibióticos, que rocían miles de hectáreas de tierra con miles de litros de mierda y orina de chancho, donde los animales viven mutilados y apretados unos junto a otros. Todas cosas que sabemos. Lo que todavía no significamos es que la epidemia que azotó a los chanchos chinos fue producida por un nuevo coronavirus: PEDV-Co (diarrea epidémica porcina viral por coronavirus).

Los coronavirus son entidades que habitan distintos huéspedes. Sabemos que su “reservorio natural” son los murciélagos. Esto no significa que los coronavirus deban vivir sólo en estos animales, sino que la mayoría de las subespecies de virus (SARS, MERS, PEDV-Co, etcétera) tienen ancestros comunes en los virus que habitan en los murciélagos. Estos virus atraviesan mutaciones pequeñas en su código genético que condiciona su afinidad por diferentes tejidos: ora producen diarrea, ora síntomas respiratorios. Pero, de manera episódica, sufren mutaciones más complejas que los habilitan a “saltar” a otros huéspedes: camellos, llamas, vacas, perros, gatos, chanchos y humanos. No es un accidente, sino una habilidad del virus para ganar la lucha por su existencia. La historia detrás del origen de la covid-19 llega apenas al primer escalón: los murciélagos. Falta entonces la secuencia: murciélago – millones chanchos apiñados – humanos.

En la actualidad, según Quihong Wan, existen más de 6 coronavirus circulando entre las poblaciones suinas de todo el mundo, con cuadros impactantes como la diarrea epidémica porcina viral, la gastroenteritis suina por coronavirus y un ejemplar de enfermedad neurológica: la encefalomielitis hemoaglutinizante por coronavirus. Las prácticas de la industria agroalimentaria están facilitándole mucho al éxito ecológico al coronavirus. La actual pandemia es una parte de un evento global que hunde sus raíces en las prácticas alimentarias y de agroexplotación: lo sabemos claramente, lo demostramos científicamente. El monstruo es más grande de lo que creíamos: a este ritmo es posible una nueva pandemia cada 1, 2 o 3 años.

¿Es demasiado horrorosa la realidad como para encararla? ¿Será más conveniente ser terraplanista y sostener la importancia de las inversiones chinas y la vieja historia del empleo que nunca acaba siendo como se promete? Declarar una cuarentena es cuidar a la gente, pero también lo es evitar que nuestro país no sea el foco de la próxima pandemia: esto es hacerse cargo de la totalidad del objeto-problema. Recortarlo a lo conveniente, disciplinar las plazas y darle la bienvenida a la fábrica de cerdos, sabiendo claramente las consecuencias, tiene todos los perfiles de la hipocresía.

Hiperobjetos

“¿Cuándo se termina esto?” Como epidemiólogo, me formulan con frecuencia esta pregunta. Quienes lo hacen son personas muy distintas: el señor que cuida los autos frente al hospital, la almacenera de al lado de mi casa, una colega doctorada en biología molecular. Es claro que no lo sé, nadie podría saberlo. Sin embargo propongo esta respuesta a todos ellos: “Esto se termina cuando dejemos de comer carne”. Ninguno se extraña ante una proposición así. A todos, gentes de muy diversas formaciones y realidades, les parece un argumento racional. Puede que no alcancen a comprender la compleja red de interacciones que vinculan al consumo de carne con el desarrollo de la pandemia (¡quién pudiera comprenderla cabalmente!), aún así las miradas y los silencios que produce este argumento parecen dar cuenta de una nebulosa comprensión. Asienten, se quedan un poco en blanco creyendo que tal vez sea un chiste, pero luego afirman (tanto el cuidacoches como la doctora en biología molecular) que es muy difícil abandonar el hábito de la ingesta desmedida de carne animal. Luego miran algún lugar en el aire, como esperando encontrar eso que se ha hecho presente durante la pregunta y la respuesta.

“Eso” es lo que el filósofo inglés Thimothy Morton llama “hiperobjeto”: un objeto masivamente distribuido en el espacio y el tiempo, al que sólo podemos acceder por partes, intuyéndolo en la abigarrada red de relaciones interobjetivas (consumo desmedido, mutaciones virales, cambio climático, movimiento migratorio de animales salvajes y quién sabe cuántos fenómenos más).

 Los hiperobjetos no pueden ser apreciados a simple vista, se requiere de un alto desarrollo tecnológico e informacional para delimitarlos y aún así su presencia se escabulle: sólo podemos ver una parte de ellos cada vez. No obstante ahí están. El cambio climático es un buen ejemplo. Su presencia es tan contundente y, a la vez, tan sutil, que aún en los más altos sitios del poder, con ilimitado acceso a la información y la tecnología, su existencia es cuestionada. Vivimos, sostiene Morton, en una explosión nuclear en cámara lenta que se extiende desde la revolución industrial, el inicio del antropoceno, cuando la actividad humana comenzó a acumular cantidades superlativas de dióxido de carbono en la atmósfera. Esta lentitud en el desarrollo del hiperobjeto nos enfrenta con un dilema moral, íntimamente relacionado con la hipocresía: ¿Vale la pena un esfuerzo transformador si lo que hagamos hoy sólo cambiará la realidad de los que vengan dentro de100.000 años?

Lo hipócrita en las respuestas políticas en torno de la pandemia consiste en que ya sabemos de estos objetos masivos, pero elegimos ignorarlos. Esta es la decisión moral: que las futuras generaciones se las arreglen como puedan, si es que pueden. Los hiperobjetos están presentes en el nebuloso entendimiento que todos tienen cuando la pandemia resulta explicada aludiendo al consumo de carne industrial. El desarrollo tecnológico y comunicacional nos permite respirar su presencia. Desde nuestros celulares podemos constatar cuántas especies han desaparecido, cuántos incendios azotan los bosques del mundo, qué enfermedades supuestamente erradicadas han retornado. Esta comprensión del hiperobjeto nos exige un posicionamiento político, pero su propia materialidad inasible nos permite también ser hipócritas, hacernos los tontos.

No se trata de un delirio ni de una teoría conspirativa, sino de la comprensión racional de un objeto del que no podemos escapar y que nos exige adoptar una postura: ¿Acaso hay alguien que, al menos en la intimidad, no tiemble ante los incendios que han devorado media Amazonia; que pueda ser ajeno a los gritos de sufrimiento de un animal mutilado por las exigencias productivas de la industria de la carne?

Todos, de una forma u otra, somos conmovidos por estos eventos. Ya no son invisibles para nadie, podemos observalos en tiempo real. Y sólo la pregunta que resta abre lo insondable: ¿Qué estamos dispuestos a hacer?

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