El avión no salió

Boca del río, Perú

Por Zulema Rotili

Cuarentena de quince días, después reprogramamos, dije.

Boca del río se llama el pueblito, al sur de Perú, mar, gaviotas, bandurrias.

Allí estoy, la ciudad de Tacna, cerca.

Me alojo en una casa de la familia, ellos solo la ocupan durante el verano.

La casa tiene rejas y postigos en sus ventanas, para qué vidrios si en verano hace calor y refresca por las noches, si el clima es de desierto a la orilla del océano.

Era marzo, entonces, y en abril mi cumpleaños.

Le dije a mi amiga argentina: Pasaremos tu cumpleaños (julio) en Boca. Ella se enojó un poco.

Lo pasamos, también pasaron agosto y septiembre.

De verdad, se hacía interminable.

Lo que más temíamos era enfermarnos, sólo hay una posta con un médico; la aparatología se reduce a termómetro y tensiómetro.

El Ministerio de Salud no manda medicinas. Las vende “el Chino”, y son caras.

La gente es humilde.

El que tiene una casa frente al mar se cree rico y dice: Acá todos comen. El mar da peces y pulpos en cantidad.

La gente vive de trabajo informal.

Si se enferman no pueden pescar.

El domingo es día de familia; igual, Carmencita riega jardines. Pasa frente a la casa y le digo: ¿Qué hacés trabajando un domingo? Los pobres trabajamos todos los días, me contesta.

La contrato para limpiar la casa y hacer las compras.

Da miedo salir, el virus anda desprendido y suelto por todo el Perú.

El mar es sanador, todos se sumergen en las aguas heladas del Pacífico.

Los pescadores tiran sus redes a la tardecita y las recogen a la mañana siguiente muy temprano.

El Cuqui cuida la casa vecina, cocina para sus compañeros albañiles que llegan al mediodía en sus motos oxidadas. Todas están así, y andan.

El Seba reparte el pan para el desayuno y el “lonchecito” que es a las seis o siete de la tarde. Cuando le sobra mercadería sigue y sigue hasta vaciar la canasta.

Escucho el ruido del motor, pero no veo las luces: no tiene. Le pregunto si es suya la moto, y él me contesta: ¡Ojalá, caserita!

Me saca una foto, le pido que me la envíe, me dice que no puede porque “no tengo chip”.

Los que se creen ricos pretenden que el chico les de un pan más por 1 sol.

Me indigno.

Todos toman té con canela.

Tengo ganas de irme en un “burro blanco, volador”, si me lleva, subo.

Las casas están vacías. Siempre hay algún intento aislado de robo que no puede ser porque “el caballero correteó al ladrón”.

La policía recorre la playa y las calles, encienden la “circulina” y pasan despacio. Hacemos lo mismo que los vecinos: los aplaudimos.

No podemos creerlo.

Las gaviotas están a sus anchas. Extrañamente, son mansas. La playa es para ellas. De ellas.

Está prohibido bajar a la orilla del mar. Igual la gente se acerca y mete los pies en el océano.

El almuerzo es sagrado, de 13 a 15 cierran todos los negocios. No queda nadie en las calles.

Dice el Cuqui: “trabajan duro, necesitan comer duro”.

Esto es lo que tenemos de Perú en este tiempo de pandemia. Lima, Lima y sus barrios ricos es otro país.

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