Un lugar llamado María Lanese

Entre vitrales verdes y azules, apostando al futuro desde sus puertos libres, una mujer en la que viven gestoras culturales, psicoanalistas, cantantes y poetas, llega al 2021 con la publicación de Versos templados, un libro espejado en italiano y castellano con el que la editorial Río Belbo cerró el 2020. Y claro, habla de ello y mucho más.

Por Andrés Maguna / Registro audiovisual de Sol Maguna

María Lanese es un lugar, una dimensión a la que se puede llegar de diversas formas. Sí, también es una mujer contemporánea nacida a mediados del siglo XX, pero su persona no oculta ni intenta ocultar lo evidente: que el pasado que no pasa y el presente que come futuro la habitan, que se nota que vivió y vive ofreciéndose árbol para entramar simbolizaciones del otro con las suyas, todas guarecidas bajo un follaje cuyas hojas son palabras, movimientos de sus manos. Porque María no tiene una gran sensibilidad, es una gran sensibilidad, y esto lo pueden decir quienes la conocen, y sólo se puede conocerla si uno se deja conocer por ella de la única manera que aparece como posible: intercambiando permisos. ¿Permisos para qué? Para competir en generosidad de entrega, un plano en el que María suele ganar.

Volviendo… También se puede llegar a ese lugar llamado María Lanese leyendo Versos templados, su noveno libro de poemas (edición bilingüe, versión en italiano de Antonio Pinto), que sacó la editorial Río Belbo a finales del 2020.

Con la excusa de hablar de esta nueva experiencia de publicación, de jugar a esta cosa tan divertida y metiche que se da en llamar entrevista, María ofrece su casa para hacerlo, y allí concurrimos una mañana temprano, penúltimo día del bisiesto, con mi hija Sol (encargada de grabar, desgrabar y sacar fotos), sin saber qué pero intuyendo algo, expectantes ambos, porque los dos habíamos leído Versos templados e intercambiado impresiones.

Ya en su casa, un inmueble que no debería llamarse así, ni de ninguna forma que se le parezca, porque es una especie de limbo signado por la luz de gigantescos vitrales (enormes paredes exteriores e interiores que son coloridos vitrales; y en todas las muchas ventanas, vitrales), ella nos cuenta la historia del edificio, que era de un célebre vitralista, mientras nos invita a la cocina y prepara café. Y desde la primera e inocente pregunta, ¿qué tal la experiencia de tener nietos? (luego de que le conté que había conocido a Valentino, de 10, el más chico de los dos que tiene; la otra es Zoe, de 17), empieza a soltar, despreocupadamente, como se ve que está acostumbrada a hacer: “Bueno yo lo describo así, porque así es como lo sentí: Yo hablaba mucho, escuchaba, nombraba esa palabra maravillosa que es alegría, pero no supe qué significaba realmente alegría hasta que llegaron ellos. Ellos para mí son la alegría, o sea: cada vez que aparecen… No es que nació Zoe y yo dije: descubrí la alegría. Sí, claro que con ella la descubrí, pero después me di cuenta de que ellos son para mí la alegría”. (Acá la interrumpí con un comentario-lugar común: Vos pensabas que eras alegre hasta que tuviste nietos…) “Sí, no sabía lo que era, porque es diferente, cuando uno dice la felicidad, la felicidad es otra cosa, el placer es otra cosa, el gozo es otra cosa, la alegría es algo muy particular, es como si fuera un sentimiento muy espontáneo, muy puro, o sea: no está contaminado. Muy luminoso, también, y es lo que aparece cuando aparecen ellos… Cuando aparecen cotidianamente, cuando llegan a saludarme, cuando llegan, cuando están conmigo todo el tiempo, así que eso es para mí ser abuela: haber conocido la alegría”.

Y sin pausa explica el origen de los nombres de sus dos hijos, Alec (papá de Zoe) y Wendy (mamá de Valentino): “Wendy por el cuento de Peter Pan. Cuando ella iba a nacer estábamos jugando con los nombres, y cuando apareció Wendy… ¡Que se llamara Wendy! Ya quedó con ese nombre cantarino y danzarino, y así es ella. Yo tenía un primo, que se llamaba Salvador Papacidero, que cuando conoció a Wendy (que tiene un apellido interesante también, porque el papá de ellos es peruano de apellido irlandés, Gilt) me dice: vos le acertaste con el nombre, y esta chica va a ser bailarina. Fue premonitorio, y dijo: Te imaginás, si vos ponés la bailarina Wendy Gilt…. Ahora si ponés la bailarina Wendy Papacidero no va nadie. Y Alec, en realidad parece inglés, pero para nosotros no es un nombre inglés sino que es un nombre de la cultura mochica del Perú, un nombre compuesto, pero nosotros le pusimos sólo la primera parte porque no era posible Alec Pon, que quiere decir dios en la montaña u hombre que habla, dios en la piedra u hombre que habla con la montaña”.

“Yo estuve casada con el padre de ambos –sigue a la deriva–, se llama Aurelio Gilt, los dos son Gilt, los dos son argentinos. La historia es una historia muy particular (Wendy del 72, Alec del 73, un hippismo total) y para nosotros toda una odisea. Wendy estuvo siete meses sin ser ciudadana, y logró ser ciudadana legal porque el padre era muy entrador, entonces se fue a Santa Fe, habló con la jefa del Registro Civil y le contó una historia monumental… Y volvió: Wendy no lo aceptaban desde ningún punto de vista. Le decían: y por qué no le ponen Wanda, y no podían entender que era otro nombre. Entonces logró volver con un permiso de Santa Fe. Con Alec no hicieron ninguna objeción. ¿Y Aurelio? Él… Bueno, estudió antropología, acá se dedicaba al comercio de máquinas de coser. Estudió administración de empresa en Brasil. Ahora vive en el Cusco. Nos separamos en el 81-82. Estuvimos casados 12 años… Yo viví en el Cusco, nos casamos en el 70. Nos fuimos a vivir al Cusco, vivimos tres años allí, después nos vinimos a vivir acá y nacieron los chicos. La del Cusco fue una parte de mi vida alucinante, porque esa ciudad es impresionante. Yo había estado en el Cusco en el año 66 ó 67. Había ido con una amiga que había estado el año anterior en el Perú y que estaba de novia con un peruano que estudiaba acá. Entonces me invitó a ir. El Perú era algo así como la China en ese momento, incluso no se hablaba, no se conocía, no se hacía turismo en absoluto. Entonces para mí fue una aventura. Cuando llegué al Perú era muy joven. Era estar dentro de una alucinación… Estar en ese lugar tan diferente, en la costa, esos pueblos de pescadores, el Pacífico. Y nos fuimos por tierra: a Arequipa, Cusco, hicimos todo un recorrido… Cuando yo llegué al Cusco no podía creer dónde estaba. Y cuando llegamos a Machu Pichu, que subimos… Ese día en el trencito de Machu Pichu éramos 15 personas, 15 solas personas. Yo me puse a llorar cuando llegué ahí arriba. Porque llegás y no ves la ciudadela apenas llegaste, llegás por un laberinto de caminos, senderos en zigzag. Llegás y hay como una especie de explanada, y hacés un caminito y de repente aparece esa ciudadela de piedra. Pero los tipos eran impresionantes, no la encontraron hasta principios del siglo xx, toda llena de maleza. Y ahora parece ser que la hipótesis, la gran pregunta sobre cómo construyeron esa ciudad en el pico de la montaña, con esas piedras, parece ser que la construyeron desde el pie de la montaña, o sea que toda la montaña está construida. ¡Los incas…! Así que bueno, me quedé absolutamente fascinada con esa ciudad, me enamoré del peruano, del Aurelio, y después de unos años nos casamos y decidimos irnos a vivir al Perú. Estuvimos tres años en el Cusco, y yo ya me había recibido de psicóloga… Me recibí, me casé, me fui. Cuando iba a nacer Wendy decidimos venir a vivir acá, o sea, fue gestada en Perú… Esa fue una experiencia que me marcó. Yo volví muchas veces, incluso en octubre de este año que pasó (2019) volví al Perú… Nos quedó una familia, muy linda familia… Allá está toda la familia del papá de los chicos, una familia grande, son siete hermanos… Aurelio sigue en el Cusco.”

En la solapa de la tapa del libro dice sobre vos: “Es psicoanalista, gestora cultural, cantante, poeta”. ¿Sos estas cuatro cosas actualmente?

–Vamos a dilucidar un poco el sentido de ese es. Fijate que recién ahora que vos me lo señalás me doy cuenta de que está el es. Porque generalmente yo pongo que trabajé como psicóloga hasta tal año… Pero está fantástico ese es. Porque es así. Si bien yo no ejerzo el psicoanálisis como psicoanalista, de alguna manera lo tengo absolutamente incorporado por más que no lo ejerza. Por otro lado yo no puedo poner profesión porque no profeso nada de eso. En todo caso lo incorporé, no sólo como una práctica, sino como un aprendizaje para mi vida. Lo mismo me ocurrió con el canto. Bueno, el canto no lo profeso pero lo practico, y además fantaseo con retornar a cantar para gente. Entonces eso lo voy a hacer siempre. Y la poesía… recién me asumo, porque a mí siempre me dio como cierto resquemor decir “soy poeta”. Y gestora cultural vengo siendo de chica: yo le organizaba los cumpleaños a mi hermano, le armaba los cumpleaños. Yo tengo un hermano siete años menor, y entonces hacía los programas del cumpleaños a mano, con dibujitos… Ya gestaba culturalmente; hacía funciones de títeres, abría la ventana de mi casa, en verano, y programaba una función. Como yo vivía en una panadería los títeres eran bolsas de facturas a los que yo les pintaba caras… Y después lo fui “oficialmente” , o sea que me convocaron para hacer un trabajo. Era psicoanalista, con dos hijos, separada, laburando, laburando con pacientes adultos (para más detalle, en ese momento lacaniano…) Y fue corriendo la historia… Y yo canté como por 15 años en todos lados, y canté lo que se me ocurrió, y llegué a grabar. Lo que publicaron en la Revista Belbo (ver acá), fue lo más profesional, digamos, que hice. ¡Hice tantas cosas…! Ofrecía muchos proyectos a Cultura de la Municipalidad, porque hacía distintos repertorios: música italiana, espectáculos que se llamaban “ensamble poético-musical”, que eran poemas y canciones… Entonces, cuando va a asumir Binner, el que iba a ser secretario de Cultura, Héctor Tealdi, me llama y me dice: Necesito que vos trabajes en mi gestión, necesito una persona de mucha confianza para un centro cultural barrial. Traeme un proyecto, pensá lo que querés hacer”. Era el Centro Cultural Parque Alem, que entonces era un páramo. No dormí en toda la noche, ¿qué hago? Hasta cosas tan absurdas se me ocurrían: ¿podré ser funcionaria si soy italiana?, qué ridícula. La cuestión es que digo: ¿qué hago con esto? Por un lado me atraía… Decidí pragmáticamente: bueno, yo acepto, y si no puedo renuncio. Acepté y no me arrepentí nunca, porque estuve 24 años en la gestión pública. Todo lo que hice y todo lo que aprendí… Así que bueno, voy siendo y fui gestora cultural hasta diciembre del 2019.

¿Y la poeta? ¿Cuándo descubriste que tenías algo así como el superpoder de la metáfora?

–Es extraordinario, es lo más humano que tenemos. Hace poco pensé en eso del superpoder, en realidad de la poesía, porque la poesía es indefinible y ojalá siempre lo siga siendo. Es como si uno pudiera encontrar un dialecto propio, es eso. Para mí, es eso. Yo también llegué a la poesía por gente que no hablaba mi lengua. Voy a contar la historia, porque es muy interesante (por esto digo que llegué a las cosas importantes en mi vida medio en broma): yo tengo un amigo, poeta, alemán, hermano, que conocí hace muchos años, Tobías Burghardt (y lo nombro también porque están viniendo mis dos primeros libros versionados al alemán por él) y Tobías nos ayudó mucho cuando Hugo Diz estaba en la coordinación de Festival de Poesía. Yo los había puesto en contacto para convocar a poetas de la Europa del Este, que desconocíamos absolutamente. Entonces un año me dice: María, me gustaría mucho que invitaran a un poeta serbio que vive en una condición muy particular, y que su mayor deseo es conocer Rosario, que es la ciudad del Che. Pero este hombre vive dialisado (tratamiento de diálisis), y para poder venir necesitaría que alguien se comprometa a que él pueda tener su tratamiento. Yo sabía lo que era la Salud Pública en Rosario, y me fui a hablar con la gente de Salud. Me dijeron: invítenlo, él va a tener su tratamiento. Lo invitamos y Zlatko Krasni viene con su mujer. Él hablaba alemán, serbio, obviamente, inglés, un poquitito de italiano. Yo no hablo una palabra de inglés, alemán ni por casualidad, y serbio menos. Entonces cada vez que nos encontrábamos él, la mujer y yo, tratábamos de entendernos a través de una poeta muy buena, Ada Torres, que habla muy bien inglés y estaba siempre con nosotros. Y yo, bonggiorno Y te la voy a hacer corta: se vuelven a Serbia. Entonces llegan dos invitaciones para asistir a un encuentro de escritores en Serbia: una para Ada y otra para mí. Y yo le digo a Ada: aclarale al flaco que yo no escribo, yo canto… Yo escribí algunas cosas por decepciones amorosas, tengo un cuadernito, le digo. Entonces ella le contesta eso y él volvió a escribir: Queremos que María envíe sus poemas. Yo escuché esa insistencia, y agarré mi cuadernito, empecé a mirar lo que tenía escrito, armé un libro en unos meses, y le digo a Ada: bueno, mirá, este es el libro… Ya estaban las computadoras, andaban lentas, pero estaban. Este es mi libro, mandáselo al flaco así se convence de que yo no escribo. Entonces lo manda. Decile que yo canto, pero quién me va a compañar a mí en Serbia con las canciones que yo canto. Lo manda, y a los veinte días, un mes, vuelven a mi dirección unos diez, doce poemas de ese libro traducidos al serbio. Y agregaba: Esperamos a María en el próximo encuentro. Y ahí fui yo, porque no estaba editado el libro, con unos 25 cuadernillos. Y canté a capela y me estrené de poeta en una callecita empedrada de Serbia. Y de ahí no paré hasta el día de hoy.

Tu nuevo libro está separado en dos partes, dos movimientos, y son movimientos tanto poéticos como musicales: Versos templados y Templando versos. Los poemas de una parte tienen títulos y los de la otra números, ¿por qué?

–No lo sé. Este libro se fue armando con retazos, con restos. Restos de frases que yo había escrito y estaban guardadas. A veces guardo en archivos algo que se me ocurre y lo dejo ahí. El primer poema de Versos templados salió, como diría Cortázar, de una sentada. Hasta el final. Otros aparecieron, sobre todo los de Templando, algunos cortos, a partir de imágenes, después eso raro que apareció ahí, con eso en inglés, que yo ni lo sé pronunciar ¿viste? hay dos frasecitas en inglés, que me ocasionaron un poema. Y cuando voy a armar el libro no me propongo nada, ocurre, me viene. Inesperadamente, y por suerte no me impongo nada. Me di cuenta que es mi estilo. A mí me funciona mucho el oído.

¿Por qué a veces un libro de poesía de 400 palabras exige más concentración que una novela de ocho mil?

–Bueno, hay otra poesía que la lees rápido: la mala. Por eso, porque ni siquiera el que escribe… Yo termino un libro, vuelvo a leerlo y en la cuarta, quinta, novena lectura descubro cosas que yo no había descubierto. Vos me estás descubriendo cosas que yo no sabía, y así eternamente, cada vez que volvés. Que es lo que pasa con los grandes narradores, porque a Rulfo, cuando lo volvés a leer, encontrás un mundo, una infinidad, una maravilla que descubrís a cada rato.

Como con César Vallejo…

–Cada vez que me lo acuerdo al desgraciado me hace temblar. Me desgarra. Es inconmensurable, infinito. Bueno, otro tipo que me conmueve muchísimo, y tuve la suerte, y la tengo, de ser su amiga, es Raúl Zurita; es impresionante… Es eso, me parece: va más allá del escribiente, porque el escribiente no sabe lo que está escribiendo.

Entre los seres humanos los poetas conforman una especie distinta, porque anticipan a las otras y están en la música, en la pintura, en la literatura, en todas las expresiones artísticas… Y en la percepción del arte… Y en el plano del pensamiento…

–Sí, yo creo que los grandes poetas son sabios.

Volviendo a la tercera persona para hablar de vos…

–Eso que yo digo por ahí no me acuerdo ya ni cómo lo digo, pero quiero decir: no hay certeza, posición tampoco. A mí me gusta la incerteza, me hace temblar. Pero ya estoy convencida, a esta altura de mi vida, que es mucho mejor no confiar en que hay algo cierto. Lo cierto es lo paranoico, no tener duda de que te persiguen. Y lo interesante es que para poder seguir uno lo puede dejar flotando. Porque el problema es querer agarrarlo y querer dominarlo.

Este es el quinto libro, de nueve, que publicás en edición bilingüe español-italiano…

–El bilingüismo tiene también una historia interesante. Porque yo aprendí a hablar, a ser un ser humano, no en italiano sino en dialecto. En mi pueblo se hablaba dialecto ripese, y cuando vine acá de pequeña, iba a cumplir cuatro años. Yo recuerdo, tengo recuerdos… Los recuerdos de mi infancia que tengo son imágenes no estáticas, como las imágenes de los sueños. Recuerdo la nieve, que nunca más la volví a ver, recuerdo a mi amigo, mi primer amor, que nunca más lo volví a ver, porque él murió cuando éramos niños, antes de mi venida. Yo recuerdo a esa niña que se sentaba con ese niño a sentirse querida por ese niño. Mi madre siempre contaba que el chico siempre venía a mi casa, y las viejas que en las aldeas todos los días repiten lo mismo, preguntan lo mismo, entonces al paso de Pascualino, así se llamaba, decían: Pascualino ¿a dónde vas? / Voy a lo de mi novia, decía él. De grande mi hermano trajo una foto del niño y se parece a ese niño –muestra una escultura de cerámica en un estante cercano (ver abajo)–. Ya había hecho la esculturita, y cuando voy a ver la foto casi me caigo, porque tiene la cara de lauchita del niño. Entonces recuerdo también que yo iba a una guardería de monjas, y recuerdo ese lugar donde jugaba con otros niños, y recuerdo un hall donde yo lloraba desconsoladamente agarrada del hábito de una monja gritando que no quería venir a América. Y yo siempre digo: a los niños los arrancan. Yo me sentí arrancada de mi origen, de mi lengua. Aprendí muy rápido a hablar en español, iba a la vereda, jugaba con los chicos, y venía a mi casa y le decía a mi mamá lo aprendido. Después pasó el tiempo… Cuando empecé a ser más adulta intenté leer italiano, y leo perfecto en italiano. Nunca lo aprendí, pero luego, curiosamente, cuando me venían palabras para algún poema me venían también en italiano. Entonces empecé a escribir sabiendo que escribía mal, porque una cosa es leer, otra hablar y otra cosa es escribir en italiano, que es una lengua anárquica, es terrible. Sabiendo que escribía muy mal, igual escribía mis poemas en español y en italiano. Hacía eso hasta que escribí el poema que le dediqué al niño que se llama Ripa Limo Sani y otro (Sannio), que fueron parte de un libro que quedó guardado, todo mal escrito, hasta que me pareció que había llegado el momento de editarlo. Pero antes tengo que hacerlo ver, me dije, y recordé a una amiga rosarina que vive en Italia, que es maestra de niños y enseña a extranjeros. Le digo: ¿me corregirías este libro? / Sí, María, me dice, pero antes de que te propongas editarlo sería bueno que lo vea un italiano, cuya lengua madre sea el italiano. Ahí aparece Antonio Pinto: él vivió en la Argentina durante años y se dedicó al periodismo. Y ahí apareció Antonio para toda la vida.

La esculturita de María Lanese

¿En clave de qué te gustaría que sea leído este libro?

–Con apertura… No tratar de entender; dejarse llevar por el ritmo, la música. No lo hago conscientemente, pero concibo un libro como una composición. Es más, te habrás fijado que es muy particular mi escritura con el tema de los espacios: esos son respiraciones, silencios; los construyo como una composición, me van resonando. Hasta que el mismo poema me dice basta. El libro también me dice basta, ya no es más tuyo. Y yo lo dejo… Después, otra cosa que es un deseo que ojalá lo logre: que cada libro tenga su singularidad, que tenga mi impronta, porque de eso no se va a librar, porque lo escribo yo, pero que cada uno tenga su propio signo, su propia marca, su vida, parecida pero con alguna diferencia. Que a cada uno le resuene, porque la voz es única. Esa voz de la que uno se apropia un ratito y la siente propia, pero es una voz… Como decirse: exacto, es así, escucho esa voz. Generalmente, en la calle, voy caminando y aparecen frases…

Como si quisieras que el que lo lea, cualquiera, pueda ser María Lanese.

–Sí, porque yo soy María Lanese de casualidad y de a ratos, cuando puedo. A veces se me escapa. No la puedo atar ni desatar. Y me gustaría que llegue a los jóvenes. Los jóvenes… Cuanto más jóvenes…. Porque son lo mejor del mundo futuro.

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