Un cuento inédito de Noah Cicero

Foto de Juliana Saldías.
Revista Belbo propuso a seis autores escribir un cuento a partir de una fotografía elegida por nuestro equipo editorial. En esta oportunidad compartimos el primero de los textos: El hijo perdido, del norteamericano Noah Cicero, escrito a partir de la fotografía de la pergaminense Juliana Saldías.

Noah Cicero (Ohio, 1980) es un narrador y poeta norteamericano. Considerado uno de los exponentes de la Alternative Literature, gran parte de su obra viene siendo traducida al español por editoriales como Interzona, Metalúcida y Dakota.

Juliana Saldías (Pergamino, 1998) es estudiante de Historia en la Universidad Nacional de Rosario. Entre búsquedas y estudio, dice, se dedica a fotografiar el mundo que la rodea.

EL HIJO PERDIDO

Por Noah Cicero
(Versión en castellano: David Solé)

En tiempos de pandemia, dos personas se aburrían. Los días se sentían largos, eran días de aislamiento, días sin sentido. La vida no tenía gracia. Resultaba interminable, como si todos los caminos condujesen hacia un desierto, sin señales de civilización a la vista.

Una mujer de unos cincuenta años que vivía en Missouri llamada Katherine comenzó a reflexionar sobre su vida. Katherine no era propensa a la autorreflexión, nunca se había encontrado en una situación en la que fuese necesario. Los tiempos de covid le exigían a uno introspección, o bien un escape hacia la negación. Katherine optó por la introspección. Sus tres hijos estaban en cuarentena y estaba sola, nadie con quien hablar a excepción de su marido. Él estaba casi siempre en el trabajo, y cuando estaba en la casa se quedaba relajándose en su cueva mirando los deportes y comiendo porquerías. Katherine, en su momento de introspección, recordó que había tenido un hijo, que cuando tenía dieciséis años había dado a luz a un bebé. Nunca nombró al niño, lo miró una vez y lo entregó en una agencia de adopción. Así que decidió ordenar un kit de ADN 23andMe para averiguar si su hijo andaba por ahí. Había visto por televisión que los niños solían buscar a sus padres biológicos y pensó que sería una buena idea ponerse en contacto para saber qué había sido de ese bebé al que sólo había visto una vez.

En otra parte del mundo, un hombre de unos cuarenta años llamado Dustin se había quedado sin trabajo por la pandemia. Estaba desempleado pero pasándola muy bien. Se despertaba por las mañanas, se preparaba un buen desayuno, limpiaba, tocaba la guitarra alrededor de una hora; luego hacía algo de ejercicio y nadaba en la piscina comunitaria de su edificio. A Dustin le encantaba nadar, mantenerse sumergido en el agua lo relajaba completamente. Los niños nadaban en la piscina, una pequeña llamada Marcie pasaba nadando y decía, «¡Hey Dustin! ¡Qué lindo día! ¡Me encanta el agua!». Había un viejo jubilado que solía sentarse en la orilla a escuchar rock clásico de los años setenta y había también tres mujeres mexicanas que tomaban cerveza y escuchaban música latina muy fuerte. Dustin los quería mucho a todos.

Luego de un mes sin trabajar, comenzó a sentirse inquieto. Cayó en la introspección y empezó a hacerse preguntas, «¿dónde está mi madre?». Ordenó un kit de ADN 23andMe para averiguarlo.

En octubre, Katherine recibió los resultados de su prueba de ADN. Ahí estaba Dustin. Le envió un mensaje diciendo: «Hola, creo que soy tu madre».

Para ese entonces, Dustin había conseguido empleo trabajando para un estudio jurídico, sentado frente a dos monitores todo el día, copiando y pegando, lidiando con programas de PC, moviendo documentos de acá para allá y enviando y recibiendo emails constantemente. Durante su descanso salió a fumar un cigarrillo y revisó su teléfono. Le había llegado un mensaje que decía, «Hola, creo que soy tu madre». Una ola de ansiedad se apoderó de él.

Katherine y Dustin fijaron fecha y hora para conversar por teléfono.

—Hola —dijo Katherine en voz baja.

—Hola, ¿cómo estás?

—Bien, estoy tan emocionada de hablar contigo.

Dustin respondió:

—Sí, es increíble, ¿no?

—Le conté a mi marido y a mis hijos sobre ti, también están muy emocionados.

—¿Cómo son ellos?

—Bueno, está mi marido Todd, nos conocimos en la universidad y estamos juntos desde entonces. Él es ingeniero en una empresa de microondas. Diseña microondas y le fascinan. Tenemos tres hijos, dos varones y una mujer. Los chicos se llaman Travis y Aaron, ahora Travis estudia en la universidad de Notre Dame y Aaron acaba de empezar su carrera como pediatra. Ambos son brillantes y estudiosos. Aaron se casó hace poco y está esperando a su primer hijo. Su esposa se llama Sandra, es maravillosa. Trabaja de codificadora para WordPress. Ahora tiene una gran oficina instalada en su casa, donde trabaja todo el día. Mi hija se llama Elizabeth, fue a la Universidad de Amherst y está haciendo una maestría en Relaciones Internacionales de la Universidad de Nueva York. Sin embargo, a veces puede ser un poco dura, le gusta la justicia social y no para de hablar de eso, con suerte lo superará algún día. También tenemos un perro, se llama Ludwig y es un bulldog francés.

—¿Y tú?

—Bueno, yo fui a la universidad de DePaul pero a Todd le fue tan bien que decidí quedarme en casa con los niños. Me gusta la jardinería. Tengo una gran huerta con tomates, pimientos, zucchinis, papas, todas esas cosas…

—La jardinería es divertida.

—Sí, me ayuda a relajarme.

Nadie dijo nada hasta que Katherine preguntó:

—¿Y qué hay de ti y tu familia? Cuéntame sobre ti.

—Trabajo en un estudio jurídico…

—¡Guau, eres abogado! ¿En qué rama del derecho te especializas?

—No, sólo soy asistente jurídico. Trabajo en lesiones personales.

—Ah… ¿Estás estudiando para ser abogado?

—No…

—¿Por qué no? Estoy segura que podrías hacerlo.

—No creo que quiera eso.

—Ah, bueno. Quizá más adelante. Cuéntame más sobre ti.

—Mi edificio tiene una piscina a la que voy a nadar a menudo, toco la guitarra.

—Guau. ¿Qué hay de tu esposa y tus hijos?

—No tengo esposa.

—¿Has estado casado?

—No.

—¿Novia?

—No, no he salido con nadie en 12 años.

—Eso es mucho tiempo.

—Eso creo.

—¿Y cómo es tu casa?

—Vivo en un departamento, tengo una compañera de piso llamada Debra. Debra tiene más de 70 años, tuvo un derrame cerebral. Su hija me deja vivir aquí por poco dinero, siempre y cuando ayude a Debra.

—Ah, ¿y tienes mascotas?

—Debra no puede tener mascotas, les habla con una voz graciosa a los animales y eso pone nervioso a todo el mundo.

—Ah, ¿y piensas casarte y tener hijos algún día?

—Nunca lo he pensado.

—¿Quieres saber por qué te di en adopción?

—No, nunca me lo pregunté.

—¿Nunca?

—Estoy seguro que la situación lo exigía.

Katherine quedó en silencio.

Dustin dijo tranquilamente:

—Hiciste lo correcto.

Poco después, la llamada telefónica había terminado. Dustin tomó su guitarra y se puso a cantar Were you there de Johnny Cash a los gritos. Debra entró a la sala y le sonrió. Dustin le devolvió la sonrisa.

Katherine colgó el teléfono, salió todavía aturdida, se paró en el camino de entrada, miró su bonita casa. Observó las carísimas mansiones del vecindario. Su marido salió y la vio parada allí, en trance. Dijo:

—Kathy, ¿estás bien? ¿Cómo te fue con la llamada?

Katherine lo miró y dijo:

—No volvamos a hablar de esa llamada, por favor, y dile a los niños que no pregunten —su marido preguntó preocupado, «¿Te pidió dinero? ¿Era un drogadicto o algo así?». Ella respondió con un rastro de pánico en la voz—. No, fue muy comprensivo. Me refiero… Demasiado comprensivo. Hasta da escalofríos.

Su marido no entendió, pero supo que no sonaba nada bien. Dijo:

—Vamos adentro, veamos algún programa —Katherine volvió a meterse en la casa.

VERSIÓN ORIGINAL

THE LOST SON

By Noah Cicero

During Covid times, two people were bored. The days felt long, the days were isolated, the days were meaningless. Life contained no drama. It felt endless, a desert going in all directions, with no sign of civilization in sight.

A woman in her fifties named Katherine who lived in Missouri, started to reflect upon her life. Katherine was not prone to self-reflection, she was simply never put into a situation, where it was required. Covid times demanded either self-reflection or an escape into delusion, Katherin chose self-reflection. Her three kids were quarantined and she was alone, with no one to talk with but her husband. He was often at work, and when he was home he was relaxing in his man-cave watching sports and eating snacks. Katherine, in this moment of self-reflection, remembered that she had a son, that when she was sixteen-years-old, she had given birth to a baby boy. She did not name the boy, she looked at it once, and then handed the child to an adoption agency. Katherine decided to order a 23andme DNA kit, to find out if her son was out there. She had seen on TV that children often looked for their birth parents, she thought it might be nice to say hello, to know what happened to the baby she only saw once.

In another place in the world, a 40-year-old man named Dustin, who was laid off because of covid times. He was living on unemployment and having a very good time. He woke up in the morning, made himself a nice breakfast, cleaned, played his guitar for about an hour, then would exercise and swim at the apartment community pool. Dustin loved swimming, being submerged in water always filled him full of relaxation. Children often swam in the pool, a little girl named Marcie would always swim by and say, “Hey Dustin! It is a nice day, I like water.” There was an old retired man that would sit by the pool for hours listening to classic rock from the late 70s, and there were also three Mexican-American women who drank tallboys and would listen to Latin music loudly. Dustin loved them all.

After a month of not working, Dustin felt restless. He started to self-reflect, “Where is

my mother?”  He purchased a 23andme test, to find out.

In October Katherine received her 23andme test back, and there was Dustin. She sent a message to Dustin saying, “Hello, I think I am your mother.”

By this time Dustin had found employment and was working at a law firm, sitting in front of two monitors all day, copy and pasting, messing with Adobe, moving documents here and there, and constantly receiving and sending emails. During his smoke break he checked his phone and it said he had a message, he looked at the message that read, “Hello, I think I am your mother.” He felt a wave of anxiety after reading it.

Katherine and Dustin made a date and time when they would talk on the phone.

“Hello,” said Katherine in a quiet voice.

“Hi, how are you?”

“I’m well, I am so excited to talk to you.”

Dustin replied, “Yes, this is amazing.”

“I told my kids and husband that I was doing this, and they were excited as well.”

“What is your family like?”

“Well, there’s my husband Todd. We met in college and have been together ever since. He’s an engineer for a microwave company. He designs microwaves and loves it. We had three kids, two boys and one girl. The two boys are named Travis and Aaron, Travis is in college right now at Notre Dame, and Aaron has just started his career as a pediatrician. Both of them are really bright and studious. Aaron recently got married and his first child is coming soon. His wife’s name is Sandra, she is wonderful. She works as a coder for WordPress. She has this wonderful office set up in her house right now where she works all day. My daughter is named Elizabeth, she went to Amherst college and is now getting a Masters in International Relations from NYU. She can be tough at times though, she is into social justice and won’t stop talking about it, hopefully she gets over it one day. We also have a dog named Ludwig, he is a French Bulldog.

“What about you?”

“Well, I went to DePaul University, but Todd did so well I stayed at home with the kids. I like gardening. I have a huge garden with tomatoes, peppers, zucchini, potatoes, so many things.”

“Gardening is fun.”

“Yes, it helps me relax.”

No one said anything, then Katherine said, “What about you and your family? Tell me about yourself.”

“I work in a law office-”

“Wow, you’re a lawyer. What kind of law do you practice?”

“No, I’m a pre-lit legal assistant. I work in personal injury.”

“Oh, are you going to become a lawyer?”

“No.”

“Why not, I’m sure you can do it.”

“I don’t think I want to do that.”

“Oh, well, maybe in the future. Tell me more about yourself?”

“My apartment complex has a pool where I go swimming a lot, I play the guitar.”

“Wow, what about your wife and kids?”

“I do not have a wife.”

“Have you ever been married?”

“No.”

“Do you have a girlfriend?”

“No, I haven’t dated anyone in 12 years.”

“That’s a long time.”

“I believe so.”

“What is your house like?”

“I live in an apartment, I have a roommate named Debra. Debra is in her 70s, she had a stroke. Her daughter lets me live here for cheap, as long as I help Debra.”

“Oh. What about pets?”

“Debra can’t have pets, she talks in a funny voice to pets and it gets on everyone’s nerves.”

“Oh. Do you think you will get married and have kids one day?”

“I have never thought about that.”

“Do you want to know why I put you up for adoption?”

“No, I’ve never wondered about that.”

“Never?”

“I’m sure, the situation demanded it.”

Katherine did not say anything. 

Dustin in a very peaceful voice said, “You did the right thing.”

Soon, the phone call ended. Dustin picked up his guitar and played “Were you there” singing loudly. Debra came into the living room and smiled. Dustin smiled at Debra.

Katherine put the phone down, she walked outside in a daze, she stood in the driveway, she looked at her nice house. She looked at the neighborhood of expensive homes. Her husband came outside and saw her standing in a trance. He said, “Hey Kathy, are you okay? How did the phone call go?” Katherine looked at him and said, “Let’s never speak of that phone call, please tell the children not to ask about it.” Her husband asked with concern, “Did he ask for money? Was he a drug addict or something?” She replied with panic in her voice, “No, he was forgiving. I mean, really forgiving, it scares me.”

Her husband did not understand, but he knew he did not like the sound of it. He said, “Let’s go inside and watch a show.” Katherine went back inside the house.

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