Rosario, entre el bronce y el plomo

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CAMBIOS y muertes en UNA CIUDAD: ENTRE LOS CARTELES DEL AÑO 2000 Y LOS CÁRTELES DEL 2021
por miguel erre

La inexorable huella del tiempo fue borrando la inscripción de aquellos pintorescos cartelitos que, a comienzos del siglo XXI, a la entrada del Parque Independencia y sobre el parque del río, a la altura de Italia, anunciaban: “Rosario: la mejor ciudad para vivir”.

No fue capital de la nación ni capital de provincia, siendo la ciudad más importante de Santa Fe, pero por su acervo e influencia cultural, Rosario siempre se consideró a sí misma como la segunda ciudad de la Argentina; candidata al “Bronce”.

Seguramente el aserto “Rosario: la mejor ciudad para vivir” no era cierto entonces (más allá del abordaje subjetivo, es decir, la manera en que una ciudad nos atraviesa, es decir, los lazos de afecto y espanto que establecemos con bares, esquinas, barrios; porque todo hábitat tiene su propio infierno), pero convengamos que menos cierto es ahora, en 2021, cuando los nuevos hábitos pospandémicos terminaron de obturar una bohemia que ya había sido aniquilada por la burocracia de inspectores municipales prestos a clausurar barcitos culturales, en aras del objetivo mayor del municipio de que toda movida pasara por la bulímica Agenda Cultural de la Intendencia de Rosario y sus Galpones.

La muerte por electrocución de un músico en el Café de la Flor, provocada por la connivencia entre inspectores y empresarios (¿“inescrupulosos”? NO: hijos de puta), dio pie al Estado municipal a regentear las manifestaciones culturales bajo su égida. El municipio fue a las expresiones artísticas lo que Santaolalla al rock argentino: una pasteurización repugnante y un empujón al reinado de los mediocres.

La mano implacable del tiempo fue borrando la inscripción de aquellos cartelitos (que fueron directamente quitados sin intentar restaurarlos o repintarlos) mientras la creciente e imparable guerra de Cárteles transformó en banal un término que, años antes, había escandalizado: “Narcosocialismo”.

Otras manos, menos desinteresadas que las del tiempo, han ido descascarando la ciudad. Como en el relato (genial como toda su obra) El príncipe feliz de Oscar Wilde, donde, cuando una golondrina se posa en la estatua del epónimo Príncipe, éste le pide que le vaya arrancando todo lo que de valioso tiene su estatua (rubíes, bronce, etcétera) para paliar el hambre; con fines menos altruistas que los del Príncipe (en vida vivió encerrado entre los muros del palacio, pero una vez muerto y colocada su estatua en un alto pedestal, pudo ver las penurias de su pueblo) la ciudad se ha visto despojada de bronce. El robo de la escultura La Rueda de la Vida (imponente pieza de bronce), ubicada en la Bajada de los Maestros, da cuenta del vandalismo, sí, pero también de la malaria feroz y de la desidia municipal, ya que la Rueda de la Vida estaba sostenida por 4 tornillos.

En la esquina de San Luis y Dorrego también fue arrancada la placa de bronce a ras del suelo que simbolizaba “la pacífica convivencia árabe-israelí” (sic) y que fue ganadora del concurso titulado “Un lugar en el Mundo”. Y uno recuerda entonces que, hace añares y quizá también en tiempos de miseria como los actuales, otra administración municipal sustituyó el busto, emplazado en el Parque Independencia, del General Artigas. Dicho busto, el cráneo gigante de bronce, fue cedido al Consulado Uruguayo y reemplazado, en el Parque, por una réplica de hormigón pintada de color bronce.

En el cuento de Wilde, la golondrina retrasa su inminente partida migratoria para satisfacer el desesperado pedido del Príncipe que, desde su pedestal, cada noche descubre una nueva situación de pobreza y desgracia e, incapacitado para moverse –como toda estatua– le suplica que arranque otro de sus ornamentos para llevarlo al desdichado de turno. Despojada del último adorno valioso, la estatua no es más que una grotesca masa de plomo. La golondrina (Scheherezade que ya no tuviera historia por contar) muere de frío pues, entretanto, llegó el invierno. Al día siguiente un edecán repara en la fealdad de esa estatua y manda fundir el mero plomo al que quedó reducida.

Y así, sin querer, las obvias analogías propician el final de este escrito irresponsable: una ciudad que ya no pelea por el bronce. Un territorio donde todo es plomo; fundido.

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