Otro 20 de mayo: dos modos del silencio

Marcha del silencio de 1996. Foto de la diaria (Oscar Bonilla)
El último 20 de mayo, como cada año, el pueblo uruguayo conmemoró a sus ciudadanos detenidos desaparecidos durante la dictadura cívico militar que gobernó el país entre 1973 y 1985. A diferencia de las estruendosas marchas argentinas del día de la memoria, en Uruguay centenares de miles de personas marchan en completo silencio. CADA PAÍS ADOPTA SUS FORMAS, PERO LAS BANDERAS RECLAMAN LO mismo: memoria, verdad y justicia. JULIO CANO, DESDE MONTEVIDEO, LEE Y DICE ALGO MÁS SOBRE las múltiples formas de estar en silencio
POR JULIO CANO

El pasado jueves 20 de mayo se conmemoró en Uruguay otro homenaje a los detenidos desaparecidos. Ese día, desde hace 25 años, se realiza la llamada Marcha del Silencio, que recorre la principal avenida de Montevideo y concluye en la emblemática Plaza Libertad, en donde se lee en voz alta el nombre de cada uno de los 197 desaparecidos por la dictadura militar. Es un evento que existe desde 1996 y que no ha cesado de crecer.

Promovida por la Asociación de Madres y Familiares de Detenidos Desaparecidos comenzó movilizando a aquellos afectados directamente por los sucesos del período dictatorial para, posteriormente y de manera silenciosa, irse ampliando hasta abarcar a la sociedad uruguaya en su conjunto.

Esto se ha hecho muy visible el último 20 de mayo, el segundo año de marcha virtual, en donde las redes sociales cumplieron un papel decisivo y en las que se compartieron videos de los homenajes a las victimas, provenientes de los cuatro rincones del país.

Su marco de incidencia y pertenencia ha desbordado los limites de la izquierda en su conjunto (Frente Amplio y Pit-Cnt más el movimiento cooperativo Fucvam) para patentizar el sentimiento de amplias capas de la población uruguaya. Se ha hecho un evento de carácter nacional.

Trasmisión de la 26° Marcha del Silencio, en modo virtual por la pandemia. TV Ciudad (Uruguay)

Si los promotores de las desapariciones forzosas pretendieron hacer desaparecer los vínculos que unían a las victimas con su entorno o, al menos, paralizar el accionar de sus sucesores utilizando el sufrimiento y el miedo, la realidad fue demostrando que no ha sido de ese modo que se han desarrollado los hechos.

Todo parece indicar que la invisibilidad pretendida se ha desplazado hasta alcanzar una inesperada defensa del auténtico núcleo de la orientalidad; una emergencia de la búsqueda de sentido de una nación que rechaza visceralmente la opacidad, esa negación del derecho a ser, del derecho a existir.

Y también hacia el rechazo a la mentira a nivel colectivo, la mentira que pretende patentizarse tras el slogan “de eso no se habla” y del “algo habrán hecho”.

El cuerpo de oficiales comprometidos con las torturas y las desapariciones ha juramentado para no testimoniar cuál ha sido el destino de los desaparecidos, dónde se encuentran sus restos (al día de hoy se da como hecho indiscutido que los desaparecidos están muertos).

Esa modalidad de silencio pertenece al correlato de la infamia.

Dice el Diccionario de la Real Academia sobre la palabra “Infamia”:

Del latín “infāmis”:

1. Descrédito, deshonra.

2. Maldad o vileza en cualquier línea.

La relación entre mentira y descrédito hace que quien ponga en acción una mentira y la mantenga persistentemente caiga en el descrédito y, luego, en la deshonra. Permitan que hagamos una secuencia entre descrédito, deshonra y maldad. Los ejecutores de comportamientos signados por la mentira y lo no creíble llegan a la insensibilidad frente a los mismos. Y tal carencia de empatía entra en el terreno de lo patológico.

Digamos que llegar a estos comportamientos e integrarlos a la vida cotidiana es una forma de enfermedad, lo que no amerita la disminución de la culpabilidad; solamente hecha un poco más de luz sobre estos modos de existencia.

Frente a este silencio enmarcado en el sufrimiento de la otra o del otro (los familares y amigos del desaparecido) se ha ido alzando otro modo de silencio: el del testimonio de que la presencia de la desaparecida, del desaparecido, se mantiene, en la militancia que los sucede, en modos de existencia que poseen los mismos parámetros morales, en el testimonio de que ninguno es un ente aislado sino una red de relaciones.

No somos entes colocados unos al lado de los otros sino redes de comunicación. En todo caso, cada una de las redes que nos constituyen revela que existimos en relación, que somos procesos, racionales, deseantes y emocionales, que cada foto levantada en la marcha forma parte intrínseca de quien la porta.

¿Suena esto a misticismo trasnochado?

No, solamente afirma una vez más que la memoria existe en el presente (en mi presente) para reafirmar esa existencia que nos arrebataron. No estamos al lado de los otros, tampoco somos solidarios con los otros. El dato de la realidad es de una contundencia total: somos los otros.

En mi historia personal, los siete militantes que me han desaparecido viven en mi silencio cotidiano, en un silencio que ruge como el trueno, como reza un kōan.

Mi deseo por hoy es que sepamos distinguir diametralmente los dos silencios: el auténtico silencio del silencio de los pretendidos verdugos.

A los familares de detenidos desaparecidos, a quien dedico estas breves líneas, un abrazo, adjunto a esta sentencia (de la que desconozco el origen):

No hay dignidad que no nazca del sufrimiento.

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