Un inédito de Augusto Bianco

Hallazgo, obra de Daniel Santoro
LA GRAN VÍA DEL NORTE, UN CUENTO HASTA AHORA INÉDITO DE Augusto Bianco, fundADOR DE la editorial Rompan Fila Ediciones (1975-76) y la revista Educoo, por una educación alternativa (1984-1992) Y autor de Pequeña Historia del Trabajo Ilustrada (1987); La Escuela Cossettini, cuna de democracia (1996); Todo esto será tuyo (2005) y Pequeña Historia de Todos Nosotros Ilustrada (2013)

LA GRAN VÍA DEL NORTE

por Augusto Bianco

Han pasado meses desde los festejos de la revolución, de la metralla y las bombas barriendo la plaza; de los tanques Sherman demoliendo metro a metro el último baluarte de la resistencia; de los oficiales llevados en andas por una multitud bien vestida bajo una lluvia de amapolas y claveles. A la “densa masa de hombres laboriosos” le llevará años comprender la enormidad de lo perdido. En una estación de campo, un viejo peón rural trepa al tren y llega a Buenos Aires para un trámite jubilatorio. Pero lo hace fuera de horario y deberá aguardar hasta el lunes.

      Se aloja en una pensión de la Avenida de Mayo. Descansa el sábado y al día siguiente sale a caminar por la ciudad.

      Toma por Florida al norte. Reposa unos minutos en Plaza San Martín y emboca la Gran Avenida. Se ve como un extraño en el cristal de las vidrieras pero sonríe por dentro imaginando lo que contará a su regreso en la rueda del mate.

      El domingo a la mañana la Avenida Santa Fe es una fiesta. Por la vereda soleada los caballeros pasean sin prisa al abrigo de sus fortunas. Distinguidas señoras mueven su opulencia entre el galanteo masculino. Rosadas muchachas del secundario sueltan sus risas entre las piernas de sus festejantes. Todo es vidriera, elegancia, manual de buenas costumbres y retrato de familia.

      El paisano procede despacio ayudándose en el bastón. Cada cruce es una aventura y se estremece a cada paso de tranvía.

      Frente a San Nicolás de Bari el gentío que sale de misa lo sorprende.

      Duda, pero ya es tarde para echarse atrás.

      Con el bastón divide las aguas e intenta avanzar. Algo le traba la alpargata y al intentar zafar oye un alboroto canino: tiene una perra té con leche enredada en la pierna.

      Al oír el barullo, la dueña recoge la correa y se dispone a ofrecer sus excusas cuando al girar, se encuentra frente al hombre.

      Sublevada, la mujer vacila.

      En el recuerdo se le aparece un jornalero de la estancia a quién su padre solía mortificar con el apodo de gaznápiro, y tomando por ese atajo, suelta el improperio.

     —¡Gaznápiro!

      Al oír la palabra el hombre sale disparado hacia el pasado. Reconoce a la primogénita de su ex patrón y se dispone a darle un saludo cargado de historia.

      —¡Señora…

      Pero la dama no tiene la misma facilidad para remontarse en el tiempo. Al ver al desconocido insinuarse de ese modo, se sujeta el astracán contra el pecho y con la otra mano le propina un carterazo sobre las gafas mientras la perra enloquece.

      Desconcertado por el golpe y la pérdida de los cristales, el paisano lucha por conservar la sonrisa, pero no puede. En medio de la vereda, en un claro, doña Pura Rocío del Solar y el peón son el centro de las miradas.

      Roja de vergüenza, la señora vuelve a golpearlo dos veces haciéndole saltar el bastón antes de caer desvanecida sobre sus tacos. La perra no para de ladrar.

      Conmocionado, sin anteojos ni sostén, el hombre se inclina sobre la mujer para socorrerla mientras el gentío cierra el círculo.

      Un joven alto de porte gallardo se desprende de un corrillo de estudiantes uniformados, recoge el bastón y otea por encima de las cabezas.

      Ve al paisano arrodillado ante la dama tratando de sujetarla en un abrazo que se deshace.

      El muchacho se acuclilla, hace pasar el bastón entre las piernas de los curiosos y enganchando al peón por un tobillo, tira haciéndolo caer sobre la matrona.

      Al sentir el peso del hombre sobre su cuerpo, la mujer exhala un alarido.

      Feliz de su hallazgo, el muchacho exulta:

      —¡Qué porquería, che!

      Sus compañeros acuden y se suman al jolgorio.

      —¡Negro apestoso!

      —¡Chino inmundo!

      Atravesada por una ola de santa indignación la multitud se encrespa y se desmorona sobre el hombre de campo.

      Impulsado a puntapiés abotinados y a trompadas de muñecas engemeladas el hombre rueda sobre sus huesos cansados.

      La voz se propaga por la Gran Vía: frente a San Nicolás de Bari, a la salida de la misa de doce, un provocador al servicio del régimen depuesto ha intentado abusar de una dama.

      Cercado por el odio, el paisano logra incorporarse. Dos jóvenes del Sagrado Corazón lo toman de los brazos y lo conducen hasta la escalinata de la iglesia.

      El hombre apenas se sostiene. Una mano piadosa le devuelve la chalina que cae enlodada sobre su espalda. El joven alto sube un par de escalones, levanta la diestra e intenta apaciguar los ánimos. Pero el fuego está encendido y el coro lo aviva al grito de:

      —¡Cobardes! ¡Hagan justicia!

      Una nueva ola de insultos y empujones arremete contra el grupo. Los muchachos vacilan. Una lluvia de silbidos les picanea el orgullo.

      Resignado, el estudiante en jefe cumple un gesto definitorio: se quita la corbata.

      Sus compañeros lo imitan.

     —¡Solicitamos a los caballeros presentes tengan a bien ceder sus corbatas! –reclama.

    —¡Corbatas! –repiten algunos a modo de eco.

      Por sobre las cabezas pasando de mano en mano arriban las prendas que los muchachos anudan formando cuerda, mientras la primera sujeta ya las manos del prisionero.

      Un par de mozalbetes trepan al paraíso y fijan el cordaje.

      Una nueva comunión embarga a los presentes.

      Las mujeres entonan el salmo ofrenda de paz y los hombres acompañan a media voz.

      El tiempo sin moverse se ha desmoronado hacia el pasado.

      Los nuevos oficiantes traen a la víctima.

      La elevan entre varios y la sostienen en alto.

      Por sobre el gentío, descalzo, con una ceja partida y la mirada ausente, ensangrentado el bigote entrecano, el criollo contempla ese rebaño incierto y murmura:

      “¿Qué sucede padre?”

      Ve algo así como un rastrojo alto sacudido por el viento. El verdugo le coloca el lazo y sus compañeros tensan la cuerda. Alguien grita:

      —¡Viva Cristo rey!

      La multitud responde:

      —¡Viva!

      Y lo sueltan.

      La ofrenda se balancea, pero uno de los nudos cede y el hombre se viene abajo emitiendo un quejido.

      La multitud exhala su decepción.

      —¡Más corbatas! –claman desde el círculo áulico.

      Cruzando el aire como víboras vuelan las sedas italianas.

      La operación se repite. Los jóvenes oficiantes rehacen la cuerda y ciñen el lazo.

      El peón cabecea en la tormenta. Sus ojos extraviados se posan sobre la multitud. Ve un campo ondulado que se extiende impreciso. Percibe el trajinar lento y confuso del ganado. Oye la voz limpia de su padre que recomienda:

      “¡Asujete fuerte m’hijo!”

      Él murmura: “Sí, Tata.”

      La multitud vocifera. El peón gira la cabeza en busca de apoyo cuando el tirón lo sorprende cayendo. Pero el hombre va ya libre por el campo.

      “¡Asujete m’hijo!” le grita el padre mientras él parte en el primer galope glorioso de su primer petiso, que será también el último.

      Esta vez la cuerda resiste.

      El cuerpo se convulsiona en medio de una lluvia de flores de las ramas altas.

      Alguien sentencia:

     —Se ha hecho justicia… Alabado sea el Señor.

      —Alabado sea —contesta la grey.

      Se abren las puertas del templo. Los acordes del órgano se derraman por la escalinata.

      Concluida la última misa el cura párroco acude a la explanada a impartir la bendición. De rodillas, los hombres se descubren. La feligresía se persigna. Dos monaguillos echan incienso.

      Una niña llora mirando cómo su globo se pierde entre los edificios.

      Recién entonces, uno de los patrulleros que había permanecido estacionado en la esquina cerrando el tráfico, se pone en marcha y se aproxima.

      Dejando las puertas abiertas descienden dos oficiales y se abren paso hasta el árbol del colgado.

      El de mayor graduación jala del cadáver que se desploma sobre el pavimento. El otro se agacha a aflojar el lazo.

      Dos colegiales trepan al árbol y recuperan el resto del cordaje.

      La turba se contrae hacia delante.

      Escalón arriba, uno de los educandos levanta la mano, pide silencio y da inicio al protocolo.

      —¡Pierre Cardin gris, con pintitas rosa…!

      –¡Presente!–contesta una voz, al tiempo que un varón enfundado en una gabardina inglesa se aproxima a recuperar su trozo de historia.

      Sigue un apretón de manos y una salva de aplausos.

      El bachiller vuelve a clamar:

      —¡Rhoder’s, herraduras y escudos…!

      –¡Presente! –y tras la voz, hace su aparición un individuo rollizo, pavoneando su pecho descorbatado.

      —¡Iotti, halcones y banderas…! 

      –¡Presente! –responde un caballero maduro de sombrero y bastón que se detiene a saludar a cada paso en medio de vítores y abrazos.

      —¡James Smart, franja dorada y botas…!

     —¡Presente!

     —¡Castro, búlgara verde y violeta!

    —¡Presente!

      —¡Scapino, patos y faisanes…!

      Silencio.

      A la voz:

     —¡Sagrado Corazón! —responde una ovación.

      —¡Uniforme Sagrado Corazón! —la ovación se repite y estalla el bullicio femenino. Hay lágrimas, risas, conmoción.

      Concluida la ceremonia, los hombres de azul se dirigen a lo que en vida fuera Eustaquio Peralta, lo colocan en el baúl del patrullero y haciendo sonar la sirena parten de contramano.

      La Gran Vía del Norte queda liberada al tránsito y la gente comienza a desconcentrarse.

      Los floristas echan al hombro sus canastos y los triciclos de golosinas parten hacia el sur. El vendedor de cintas y escarapelas se aleja con el tablero vacío. Ha vendido todo, pero va absorto, callado.

      Hacia la 9 de Julio se diluye la última columna canora. Lentamente la avenida se abandona al sopor de las tardes de domingo.

      Casi no hay tránsito. Sólo queda un empleado municipal barriendo a la altura de la iglesia.

      De Callao al este vienen avanzando dos carros. Uno pequeño, guiado por un ropavejero, y más atrás, el gran carro recolector de basura.

      El carrito avanza al paso, entrechocando botellas, sillas rotas y trastos metálicos.

      Cuando llega a la altura del barrendero se detiene.

      —Salú, amigo. ¿Algo para mí?

      El que limpia lo mira. Al fin, indica:

      —Si quiere… revise ahí.

      El del carro baja, levanta del suelo una vara y revuelve en los desperdicios.

      Regresa con algo que parece una manta negra, ensopada, que arroja sobre la carga.

      Sin dejar de barrer, el que limpia se aproxima.

      —¿Encontró algo?

      El otro duda:

      —Un bastón hecho chuza… y un astracán ensopado. ¿Quiere que le diga? Parece sangre.

      —El barrendero murmura:

      —Hermano, no se confunda, es agua. Agua sucia…

      —Está claro —apura el otro.

      Se toca el sombrero y salta al pescante.

      En un acto reflejo el mancarrón se pone en marcha. Casi enseguida el del carro se vuelve:

      —Oiga, ¿van a dejar eso ahí?

      —No se priocupe… Cada cual en lo suyo.

      El mercachifle hace un gesto y se aleja.

      El que barre se dirige hacia el montículo de hojas y desperdicios y a golpes de escobón lo desplaza hacia la esquina.

      El bulto se desliza sobre el agua que corre junto al cordón de la vereda. Cuando llega frente al contenedor de basura bajo nivel, el hombre abre las tapas y palanqueando, lo hace caer al interior del cubo.

      Ahí tiene un instante de fastidio. El bulto sobresale demasiado. Sin mucha paciencia se para encima y salta repetidas veces. Algo cede debajo y la basura queda calzada en el tacho.

      Con el pie baja las tapas y arrastrando pala y escobón se dirige a la boca siguiente.

      Tras él, llega el carro basurero.

      Descienden dos hombres, abren las tapas, extraen el cubo con ayuda de ganchos y apoyándolo sobre el borde del carromato lo inclinan lo suficiente como para verter el contenido.

      Parado en medio de las inmundicias otro empleado acomoda la carga con una escoba gastada.

      Vaciado, el cubo vuelve a su nicho.

       Los hombres trepan a un costado y el vehículo procede.

       El del escobón aguarda más adelante junto a la última boca.

      Hasta allí llega el carro y repite la operación.

      Cuando terminan, el barrendero cuelga sus utensilios del varal y trepa junto al conductor. El resto del personal se reparte entre ese carro y otro que viene detrás.

      Para ellos la jornada ha terminado.

      Los carruajes derivan hacia el río.

      En la barranca, un caballo resbala y el conductor acciona el freno a manivela.

      Por entre una nube de palomas, lentas, llegan las campanadas de la Torre de los Ingleses.

      Son las cuatro.

      Los hombres van callados.

      A lo lejos, sobre los álamos de la costanera, una columna de humo se disuelve en el cielo.

      Mientras atraviesan el puente, el barrendero saca un pucho del pañuelo, enciende, y lo sorbe con recelo.

      Recién entonces echa una mirada hacia atrás.

      El bulto grande sobresale apenas en el fondo. A su lado, el bultito té con leche va cubierto de moscas.

      Por el empedrado y a los saltos el carro de la basura se va perdiendo hacia la quema.

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