Confesiones de una marca registrada

nombrar a Dante Taparelli en Rosario es nombrar a una persona que se entregó a la ciudad de tal manera que PARECE HABERSE fusionADO con ella. entrevista a un artista que, a poco de asumir como secretario de Cultura, asegura: “Lo que me motiva a seguir es la idea de la muerte”.
Por Andrés Maguna

El encuentro con Dante fue un jueves, el último de abril, en la Secretaría de Cultura, a las 8.30 de la mañana. Allí concurrí con el editor de Revista Belbo, mi hijo Fidel, con grandes expectativas y a 10 días de haber concertado la entrevista.

La referencia de la fecha sirve para atender esta cronología: Taparelli asume como secretario de Cultura el 4 de febrero, en plan de bombero providencial para luchar contra uno de los focos del incendio pandémico global; en menos de un mes en funciones lanzó un plan de creación y reactivación de las ferias de la ciudad, y llevó las escuelas de danza municipales, y otras de su injerencia, a los seis distritos con récord de convocatoria (cupos completos), entre muchas otras medidas y acciones; el 10 de abril comenzaron las restricciones de circulación ante la famosa Segunda Ola del Covid mutante, incluyendo las actividades culturales en bares, teatros y espacios públicos, cerrándose también las ferias, y el fin de semana del sábado 24 y domingo 25 de abril circuló por las redes, en especial por whatsapp, un audio de 4 minutos conteniendo un mensaje de Dante a un representante del Mercado Retro la Huella en el que el funcionario, con paciencia y firmeza de buen padre, explica por qué no puede permitirse que los feriantes desafíen la prohibición (oír audio más abajo).

Se ve que con la cabeza puesta en varias preocupaciones, incluida esta problemática planteada en el audio, Dante casi no reparó en que le aclaramos que la Belbo era una revista bastante nueva, enfocada en la literatura y otras artes, política pero sin intenciones de responder a eso que suele llamarse “actualidad”, y que la entrevista había sido pactada mucho antes de aparecer el dichoso audio, y por ello se lanzó a hablar de ese tema casi sin esperar preguntas. Luego, a lo largo de 69 minutos (lo que duró la entrevista), fue soltando sus conceptos y fundamentaciones (que muchos conocerán) hasta llegar a un punto de conmoverse con su propio relato de una experiencia reciente que, confiesa, justifica su vida entera.

Así, el hombre que es una marca registrada en la ciudad, una de las máscaras fundamentales de su contemporaneidad, comienza a desgranar su experiencia de vida convertida en obra:

“Primero fui artesano, fui artesano cuando mi viejo se fue de mi casa; desde los 14 años me banco solo. Soy muy respetuoso del valor de la gente que se gana el mango sin estructura, solamente con sus virtudes. Lo que hicieron nuestros abuelos cuando bajaron del barco. Entre todos se construyó esta ciudad… Bueno, para no hacerla tan larga, porque estoy aprendiendo a quedarme un poco más callado… En realidad, más que quedarme callado voy a seguir siendo el mismo jetón siciliano de siempre, pero siendo más cuidadoso con las nuevas tecnologías, de las que no soy amigo. Soy artista, soy artesano. Construyo con mis manos. Yo soy un croto, voy de alpargatas. Cuando me vinieron a buscar para hacerme cargo de Cultura había regalado toda mi ropa, estaba por jubilarme”. 

–Ah, mirá, estabas en plan desprendimiento. 

–Toda la vida estuve en desprendimiento, desarrollé de muy chico la capacidad de la atracción. Tengo más de lo que hubiera soñado, en todos los sentidos. Con la conciencia de la fragilidad de la vida humana. Todo el camino. Hace 25 años casi me muero y hoy soy secretario de Cultura. 

–¿Qué animal sos en el horóscopo chino?

–Cabra de madera, la de los cuernos más filosos. Y escorpio con ascendente en escorpio… Revisando mis papeles, y entre todo esto que tiré, me acordé del doble de las cosas que yo pongo en mi currículum. Y viste, ya estoy grande, tengo 65 años. Hay cosas que uno va dejando por décadas en la vida y que en realidad cuando te das cuenta la persona es la construcción de todas esas pequeñas cosas que uno va dejando en el olvido, que son cosas que en realidad son coherentes porque siempre estuvieron dentro del horno, siempre la cuestión estética, siempre la generación de laburo. Mi preocupación fue la obra del otro, no la obra mía. Gasté mucho tiempo de mi vida, vendí heladeras, televisores. Me he quedado sin un peso haciendo bienales y cosas para generar un cambio positivo en la producción de los textiles. 

–Las bienales de la Moda en los 90, en lo que era el Centro Cultural Bernardino Rivadavia.

–Cinco hice. Y conocí Europa a los 50.  Nunca me interesó la cuestión personal, siempre tuve mucho que agradecer.  Me pareció que la gestión, la experiencia de gestión era más importante que la de autoelevación personal. Yo crecí en la gestión, crecí organizando, dándome los cuernos contra la pared, aprendiendo. Cuando empecé a laburar en cultura, en realidad fue hacer un laburo en conjunto con los amigos. 

–¿Nadie te preguntó por qué tardaste tanto en llegar a la Secretaría de Cultura?

–Soy muy despelotado. Después me enfermé, estuve en un momento bastante jodido en mi vida, pero nunca dejé de trabajar. Yo diseñé el carnaval del Scalabrini Ortiz desde mi cama. 

–Tendrías que haber sido secretario de Cultura hace, mínimo, 20 años.

–Es lo que dice la ciudad, pero bueno, la cosa, la política, es así.

–¿Es otro pedo la política?

–Es otra historia, que sé yo. Yo vengo del peronismo, si bien nunca milité. 

–¿Hogar peronista?

–No, radical. Cuando mi papá arrastraba un busto de Perón por las calles de Santa Fe, en su Kaiser Carabela, con mi mama con la panza llena, por precipitación les salí peronista. Una vez de chico escuché a Ulla (Alejandro), uno de los que mataron en Trelew; lo escuché en una plaza hablar, parado arriba de un banco. Lo escuché hablar así, y escuché por primera vez las palabras “justicia social”, escuché cómo defendió las palabras justicia social. Nunca más me las olvidé. Nunca milité en el peronismo, pero nunca escuché una oferta mejor, y más sostenida en el tiempo. Pensé lo mismo que decía el General, que lo que falla son los hombres, no la doctrina. Esa cosa del reparto justo, salud y trabajo para todos. Vos escuchás a los políticos que dicen: “el problema es la educación”, y no te dicen que el problema es la distribución del ingreso. Porque el problema no es la educación, la educación es la hija menor de un montón de hijas de la distribución del ingreso. Si vos decís “el problema es la educación” y le pagás un sueldo de hambre a un maestro, las escuelas se vienen abajo, los pibes no tienen para morfar, de qué me estás hablando. Sos un trucho, un hipócrita, usás el mismo discurso de siempre para hacer las mismas cagadas de siempre. 

(En este punto hace una pausa, bebe un sorbo de mate cocido que nos trajo una secretaria en vasitos plásticos, y notando que voy a aprovechar para hacer una pregunta se anticipa y retoma la palabra como si hubiera escuchado mis pensamientos.)

–Esa semiclaridad o crítica verbal y jetona, como le digo yo, me llevó a que sea políticamente incorrecto. Incluso este audio que mandé en confianza a un compañero de trabajo, con el cual nos puteamos (no por hacer las cosas mal, nos puteamos por hacer las cosas bien) se transformó en otra historia. No pueden decir que yo no me inmolé por los otros. Soy abanderado de las ferias, fundé ferias, seguiré fundando ferias. El eje de mi gestión van a ser las ferias. Es la única economía que es posible en este momento, la economía que no tiene demasiado gasto. Si el Estado no tiene para dar plata que por lo menos ceda un espacio público para que la gente se la rebusque. No es lo mismo morirte de hambre mirando la ventana de tu casa a tener la posibilidad de tener un puestito y por ahí pasa alguien y te compra una empanada.

El audio de Whatsapp enviado por D.T. y ampliamente difundido

–¿Se exige a los feriantes tener monotributo?

–No. Por eso te digo, el Estado es muy generoso con los feriantes. Pasa una cosa, nosotros tenemos ferias oficiales, cuando hacemos ferias oficiales, las que nosotros organizamos, las que cuidamos, que tienen sus coordinadores, que son prolijos, que no joden a los vecinos, y están las otras ferias de prepo, como digo yo, van y se tiran y son conflictivas, pero en realidad no son conflictivas porque no tengan razón de estar ahí, son conflictivas por el desorden. Cuando no tenés orden hacés cosas que molestan a la gente. Y hasta estos momentos siempre fuimos muy laxos con eso, porque primero está la comida de los pibes. Pero estamos en pandemia, no nos damos cuenta de la tragedia espantosa que está sucediendo. Y sólo porque durante mucho tiempo el frente que gobierna la ciudad apostó a la Salud pública nosotros somos un privilegio. Aunque yo me encuentre con un presupuesto casi exiguo y con los espacios públicos cerrados.

–Y un gran reclamo de la comunidad artística.

–Que tienen razón, pero es como que se viene un meteoro… ¡Se viene un meteoro, qué querés que te diga! Si tuviera un paraguas… Estamos inventando paraguas todo el tiempo.

–Escuché el audio, y me llamó la atención tu madurez, un notable mantenimiento de la calma, teniendo en cuenta que fue divulgado como diciendo “Dante nos putea y se pone la gorra”.

–Yo no los puteo. Metaforicé la situación. ¿No entendés que no podés hacer daño, romper los vidrios a los vecinos e ir a dormir la siesta? Y esto es mucho peor, se está muriendo la gente. Estamos todos al borde de la catástrofe. En realidad acá la grandeza la deben poner los políticos, especialmente los que manejan el monedero (porque nosotros, la ciudad de Rosario, depende de la coparticipación, que no la generamos nosotros); deberían ser un poco más generosos en pensar que en realidad la única solución acá es el subsidio. Vos querés que no haya gente, que no armen la feria, bueno: demos un dinero, porque la gente vive de eso y eso es la realidad concreta. Venimos planificando cosas en la Secretaría de Cultura casi sin presupuesto.

Lo primero que hice cuando llegué fue descentralizar las escuelas municipales, llevar las escuelas de danza, música y todo a los seis distritos, y a los seis días se agotaron los cupos. Quiere decir que se necesitaba. Ya dije que vamos a contratar a más docentes, y todo porque no tiene que quedar nadie afuera, y menos en los distritos. Ese era un nicho que nunca habíamos tocado. Con lo que tenemos nosotros, las instituciones nuestras son excepcionales y están dirigidas por gente que ha concursado, por gente talentosa, por gente militante de la Cultura en cada una de las áreas. En una ciudad que propuso el Puerto de la Música, y yo, cuando se acomode un poco esto, voy a poner el sellito del Puerto de la Música en un costado, porque es un horizonte a marcar ahí. En su momento se cuestionó el Puerto de la Música porque no era una prioridad. Y yo qué querés que te diga, la prioridad es que si vos querés hacer una diferencia en el mundo… El Museo de Arte Contemporáneo de Barcelona se puso en El Raval, el peor de los barrios, en el peor de los lugares, donde suceden las peores cosas, para que irradie. No es una escenografía, no es quién pone la cosa más linda que queda bien con las de atrás. Estamos en una catástrofe mundial. Esta pandemia es el emergente de otras cosas, esto no viene de ningún lado, esto viene de la depredación masiva que está haciendo la humanidad en la Tierra. De la avaricia humana, digamos, del mandato universal de los laboratorios, la manipulación genética, la medicina que tomamos, que modifica el ADN.

Yo soy VIH hace 25 años, y hoy lo único que se nota del VIH es la lipodistrofia, que es lo que te saca la grasa, que yo no registro en sangre hace 20 años. Pero hay una cosa que tiene la medicina que hace que se te note, porque se te tiene que notar algo que se supone es una cuestión metabólica, porque algo hay. La salud tiene que ser una salud física y espiritual, si no vos no sobrevivís al escarnio moral.

Han muerto padres de familia amigos míos con esta tragedia. Yo lo dejé de lado, seguí adelante. La vida ha sido generosa conmigo porque he perdido el miedo en ese sentido. Porque también una de las cosas que hice fue investigar sobre cada una de las situaciones; de salud, de cultura, de pensamiento, de política. No quedarme nunca con una sola campana, siempre tener concierto de campanas.

–¿Y la psicología?

–Todavía me están corriendo mis amigos psicólogos. Nunca me alcanzaron, pero hago mucha lectura espiritual. 

–¿En qué quedó el proyecto de pintar de colores vivos los frentes de las casa de un sector de un barrio humilde?

–Bueno, eso lo vamos a concluir, el tema es que justo lo auspició Tersuave, y con la crisis económica que hay es muy difícil sacar dinero, y nosotros no tenemos fondos prácticamente. Ese es el barrio Corrientes, ex barrio La Lata. Fue una experiencia hermosa y está en un 60 por ciento terminado. Significó mucho para la gente de ahí. Sumar un proyecto, asociar los colores con la bandera de los pueblos originarios. La autovaloración de la gente cuando vos la participás en un proyecto, el proyecto que sea… Una de la cosas a las que lleva la crisis es la exclusión. Y yo, con mi experiencia a través de Silvia Troccoli (junto con ella soy presidente de la ONG Sin Barreras), aprendí lo que es la palabra inclusión. O sea: de Ulla, justicia social, de Silvia, inclusión, y de Hermes (Binner), participación. Que es más o menos lo mismo, pero cuando vos venís haciendo la cosa por ahí alguien te pone un sello y te dice “es este casillero, este otro”, y la verdad que cada uno de esos casilleros se funde con los otros.

Fue participación cuando hice las bienales, que fue una revolución en Rosario, y que está haciéndose la revolución, sigue estando: tengo a grandes diseñadores, gente que da vueltas por el mundo que salió de mis talleres. Vos ves que no hay nada imposible, juntándose, siendo generoso, poniendo en valor nuestras propias cosas, nuestros recursos, no copiar hacia afuera, mirar algo que vimos en algún lado y copiarlo acá, sino generarlo, generar sentido, escarbar sobre las cosas que ves para ver qué hay atrás de las cosas que estás mirando. Por eso Miguel (Lifschitz) creó la Dirección de Diseño Urbano, porque nos encontramos con que la ciudad era un gran libro, en todo sentido.

Por ejemplo: un día me llaman del colectivo de DDHH para hacer una intervención para Madres de Plaza de Mayo, y bueno, me puse a pensar, me enteré de una serie de cosas que yo no conocía, y las invité a mi casa a las cuatro madres. Y claro, yo les tenia tanto respeto que nunca pensé que eran señoras comunes de barrio. O sea, yo tengo una casa muy grande, muy linda, que heredé de una tía, y las recibí con mimos, les serví un té, y tenían los ojos así, como si todo las deslumbrara. Eso me dio una ternura… tanta ternura… e hice la gran Jesús, les hice sacar los zapatos y yo solito me arrodillé y les tomé los pies… Esa foto no la tengo, nunca saqué fotos de ese momento. Me pareció una cosa tan íntima todo eso. Después de esa cosa emotiva mía, tan egoístamente mía, que me quedé con ellas así, y con Mara, que era quien nos sirvió el té. Cuando comparé las huellas, todas calzaban lo mismo, tan frágiles… Bueno, y por eso las huellas las hicimos de bronce. Cuando las hicimos de bronce las pusimos en ese lugar para siempre, eso no se puede pintar ni depredar como es costumbre en este país, donde tachan los símbolos. Este símbolo no me lo vas a pintar. Quedó una sola huella, sobró una, me la regalaron a mí. La tuve un tiempo en la biblioteca y cuando se cumplieron 40 años del Golpe agarré esa huella y fui a la marcha y se la di a la responsable de Hijos: “Tomá, te la regalo”, y me fui. Los verdaderos dueños.

Y para mí, si vos me decís ¿por qué no la tenés vos? Y, porque yo me siento dueño de la ciudad, yo me siento… eso que decís vos, que yo tenía que ser secretario antes… Yo soy muy volado, yo soy secretario espiritual de la ciudad, he sobrevivido a cosas muy grosas en la ciudad y no me fui, me quedé acá y seguí batallando y aprendí mucho, me hice amigo de los rincones, me hice amigo de los amores y de los dolores de la gente, todos los eventos masivos, salvo el carnaval (el carnaval era un proyecto social), ninguno tuvo mucho que ver con el divertimento, siempre terminamos abrazados llorando de alegría, de emoción.

Huellas de bronce en la Plaza 25 de Mayo.

–Sos la típica persona que tiene algo para decir y lo está diciendo, ¿pero qué te mueve?

–La cercanía con la muerte. Me salvé un montón de veces en mi vida de la muerte. En algún momento voy a perder, como corresponde. Pero me salvé en la panza de mi madre. Mi vieja al mes de haberme concebido, en un campito que teníamos en Santa Teresa, se agarró tifus. Entonces el médico le dijo que me tenía que abortar sí o sí, y mi vieja decía bueno, sí, pero yo quiero abortar en el tercer piso del Sanatorio Rivadavia en Santa Fe. ¿Por qué el tercer piso? Porque después cuando me recupere me tiro del tercer piso. Mi mamá lo decía seria. “Pero entonces, Margarita, vas a tener que estar ocho meses en cama”. Y estuvo ocho meses en cama. Cuando nací, yo era una rana de medio kilo, me pusieron inyecciones de hierro hasta los 14 años. Soy de la generación de los 30.000. Después me enfermé en el 96, en el peor momento de la pandemia del Sida, y realmente yo creo que toda esas inyecciones de hierro de la infancia me hicieron fuerte y sobreviví a la medicación, porque en realidad no tenés que sobrevivir al virus, tenés que sobrevivir a las medicaciones: son cocktails de ácido (ojalá fuera  lisérgico), ácido vitriolo, gran parte de la gente que muere de estas cosas es porque les colapsa el páncreas, no lo podés asimilar. Y bueno, después de haber sobrevivido y todo me pude dar el lujazo, y me lo voy a seguir dando mientras me dé el cuero, de las visitas guiadas al cementerio. En las visitas guiadas yo pude manifestar todo lo que me pasó a mí, todo lo que siento, y todo el tiempo estoy recibiendo agradecimientos de mucha gente, agradecimientos sobre el cambio de concepción sobre los muertos. Toda vida humana termina en tragedia, es como que me inmunizo contra el miedo. Además las dos culturas vivas más antiguas de la Tierra, la china y la india, toman la muerte desde la infancia, creman los cuerpos, saben el valor. Desde chicos están relacionados con la muerte.

–¿Quién sos?

–Un sobreviviente. Sobreviví a mi viejo, que era violento, sobreviví a las enfermedades, sobreviví a la exclusión, sobreviví al bullying. Un día mi viejo me decía “maricón”, porque yo soy afeminado para hablar (fui criado por mujeres), pero yo levanto una pared con las manos, y me gusta. Mi preocupación son mis dos caballitos del campo, que los compré baratos porque los iban a mandar al frigorífico. Por una situación me compré este campito, que es una media hectárea en Ibarlucea, lo que quedaba de un tambo de 1860. Hay árboles de más o menos esa época. Cuando estaba escriturando mi campito, con toda la pandemia, mirando pájaros que huían de los fuegos de la isla, mientras estaba firmando la escritura a cuatro mujeres con sus maridos (estaban emocionadas, ellas habían sido muy felices en ese lugar y me transfirieron ese amor) yo les decía “en un momento como este, tan raro de mi vida, esto que estamos haciendo es un milagro”. “Cómo no va a ser un milagro, mirá la escritura”, me dijo una de ellas, y cuando leo la escritura veo que el campo se llama El Milagro. 

–¿Cómo es tu modo?

–Temperamental.

–Y si te pregunto por el dónde, ¿cuáles son para vos los principales puntos espaciales que te mueven, en qué espacios pensás cuando accionás?

–En la comunidad. Sí, en la comunidad. Porque me pasó una cosa tremenda, tremenda. Yo vengo de la moda, vengo de la huevada, que por supuesto cuando se usaba largo yo hacía corto, cuando se hacía verde yo rojo, porque para mí la moda fue un espacio de experimentación antropológica. Bueno, me pasó esto: el día que asumí, que fue un jueves, voy a Ibarlucea, porque me desvelan mis caballitos, y paro en La Saladita, y cuando me bajo me aplaudió toda la feria.

(Acá se quiebra y llora).

–No quiero otra cosa en mi vida. No es fragilidad, es un profundo agradecimiento. 

–Pobre del que no se conecta con sus emociones. 

–La gente más sencilla, la más frágil…

(Ahora sí no puede seguir hablando, lo ganan las lágrimas, su cuerpo se sacude de congoja. Pide disculpas. Con Fidel le decimos que está bien llorar, y esperamos por unos minutos hasta que puede volver a hablar, y cuando lo hace, sigue conmovido.)

–En los carnavales una comparsa me pintó a mí, y llevaban un estandarte con mi cara, hecha como pudieron, la tengo guardada. Las emociones sanan. Cuando se murió mi vieja, cuando me junté con mi segunda madre, Ana María… (perdón, me emocioné, soy medio pelotudo, tengo…, me emocioné; cuando son cosas así, tan significativas), le pedí perdón a Ana por llorar tanto, y me dice: “No Dantito, vos cuando te comías las uñas cuando eras chiquito ¿qué te hacía hacer tu mamá?”. Yo le dije “cuando se me infectaban los dedos me hacía poner el dedo en agua tibia con sal”, y me dijo: “¿Viste que las lágrimas curan? Agua tibia con sal”. Estas emociones son las que he tomado durante dos años en el cementerio. 

(En este punto Fidel le entrega un regalo que llevó especialmente: un sobre con poemas de Antonio Montesanto, el poeta sepulturero del cementerio El Salvador, fallecido en 2014, y le explica que forman parte de una antología publicada en Revista Belbo –leer acá– que la familia no permite publicar en libro.)

–A menudo nombrás a tu madre. ¿Cuánto de ella hay en lo que hacés?

–Mi madre era una especie de María Félix. Estéticamente más Rita Hayworth, pero su carácter era el de María Félix, y ella te decía una cosa y te partía al medio. Una mina muy lúcida, hija de franceses. Vivió siempre como una francesita, era preciosa, pelirroja, ojos celestes, 1.75, cintura de avispa, pero fue una titana. Mi viejo fue, como te decía, un tipo con vicios caros, ludópata, mujeriego, violento; entonces mi vieja se puso como una loba a defender a sus hijos, mi viejo se aprovechaba en ese tiempo de la separación de bienes y nos daba muy poca plata, entonces nos mataba de hambre. Mi madre lo que hizo, después de la violencia, fue agarrarnos a los tres, y nos fuimos, nos priorizó. Cuando mi papá le daba esa poca plata que le daba, la mitad la separaba para la comida y con la otra mitad nos mandaba a academias de arte, folklore, tango, dibujo.

–¿Cuántos hermanos tenés?

–Un hermano mayor y una menor. Gracias a que mi mamá me mandó a cerámica, una vez en esos tiempos, cuando sacábamos de fiado 300 gr. de salchichón y comíamos sandwichitos de salchichón, un día cruzo a lo de doña Irma a comprar los salchichones, y había una señora de espaldas con vestido negro, largo hasta los tobillos, gordita, pelo cortado a lo varón, canosa, mirando para el mostrador, y yo estaba parado al lado, y me pregunta doña Irma: “¿qué querés?” Y le dije “300 de salchichón, dice mi mama si me lo fiás”.  “Sí, sí, ustedes tienen cuenta”. Entonces la señora dice: “Vos sos uno de los chicos nuevos de enfrente”. Le digo que sí, soy yo. Me dice “me contó Irma que vos estás aprendiendo cerámica” y le digo que sí, que me encanta, que hace como un año que mi mamá me manda a cerámica (tenía diez años). Me dice: “Yo vivo acá al lado, en esta casa que tiene rejas. ¿Después de la siesta no me venís a ver que te quiero hacer un encargo?”. Cuatro de la tarde le golpeo la puerta, y cuando me abre la veo de frente y era ciega, tenía los ojos blancos y el bastón adelante. Y me hace pasar y me lleva a una sala que tenía un piano y me dice: “Sí, bueno, fui maestra muchos años, me puso muy contenta cuando Irma me contó que ustedes desde tan de chicos hagan cerámica. Te quiero hacer un encargo: ¿vos te animás a hacer un busto?”. Y yo sabía lo que era un busto porque en el teléfono de mi tía Lea, que vivía a una cuadra de mi casa con mi abuela, había un busto, que lo tengo yo ahora, de María Antonieta con una teta al aire, así medio sensual, ¿viste esas cosas bien dieciochescas? y le digo; “Y, no sé. ¿Un busto de quién?” Y me dice de Atahualpa Yupanqui, que en esa época era joven, era un tipo joven. A mí Atahualpa Yupanqui me sonó a Atahualpa indio, y nosotros veíamos películas de cowboys…

Así que le hago el busto, lo dejo secar al sol (diez años, diez clases de cerámica), y lo pinto con tinta lustre. Entonces como que quedó de madera, y se lo llevo, me hace entrar, que sé yo, lo toca y dice: “¡Ay, perfecto! ¿Cómo lograste tal parecido? Ponelo arriba del piano. ¿Cuánto es?”, y yo le digo “es de cerámica”. Y me dice “No, ¿cuánto cuesta?”  Y a mí se me frunció el traste, y le digo “no sé… yo… no…” y me dice “¿Te parece 5.000?”. Agarré los no sé cuántos billetes y crucé y se los di a mi mama y nos pusimos a llorar los dos. Después me encargó un busto de Mercedes Sosa y de más personas.

Y te cuento esta otra anécdota: cuando me mudé a ese barrio, donde repetí tercer grado (porque justo fue el año en que nos cambiamos de barrio, perdí a mi papá, pasamos de ser ricos a pobres) el primer día de clases en la escuela Beleno, entramos y dice la maestra: “Bueno chicos, silencio, les quiero presentar a tres compañeritos nuevos: acá esta Daniel Miura, el papá tiene una librería en el barrio Sur pero se mudaron para acá, así que un aplauso para Daniel. Ella es Daniela, el padre tiene tal cosa, vienen de El Trébol: un aplauso para Daniela. Y él es Dante, repetidor. Saquen una hoja”. Había perdido mis amigos, mi plata, mi casa, mi sala de juego, mi escuela, mi papá, los árboles frutales, el barrio, y encima esta maldita me dijo eso. Una maestra me torturó, me censuró por algo que yo no tenía, y una maestra ciega me hizo artista. El problema no son las cosas, son las personas. Uno tiene que tratar de no trasladar la vida que tiene al otro. La tragedia de una maestra ciega a mí me hizo artista y le puso precio a mi trabajo. Ella. Cómo no voy a militar por los…

(Otra vez la emoción le cierra la garganta).

La sensibilidad humana es lo único que nos puede sostener. En esta charla casi me pongo a llorar tres veces. Mi vieja cuando mi papá se fue de mi casa se puso a hacer artesanías, y hacía unas muñecas patas largas, y agarraba unos tapados que ella ya no usaba, carísimos, y los cortaba y hacía las muñecas, las vendía y con eso comíamos carne una vez a la semana. Qué me van a hablar de amor. Y Ana, mi segunda madre, cuando se estaba muriendo me dio este anillito. (Nos lo muestra).

–Cuando hablás de la madre hablás de dos madres. 

–De la que me cuidó, me parió, y de la última, que me legó su biblioteca, su cabeza. Y las visitas al cementerio me las legó Ana, porque el 80 por ciento de las cosas que yo digo impunemente me las enseñó una profesora de literatura que se murió a los 94 años. Un apoyo teórico, intelectual, con su propia vida, certeza de la vida y de la muerte. Ella me dio este anillito y me dijo: “No tengas miedo Dantito, yo voy a estar del otro lado”. Se estaba muriendo y estaba preocupada por mí. Cuando se la llevan de la casa, esa casa que una parte será una escuela para la ciudad, yo estaba cerrando la puerta y veo que la sacan en la camilla, y cuando la están por subir les dice a los enfermeros “esperen, esperen”, y se incorpora de la camilla y le tira un beso a la casa, y no volvió más. Estas cosas son fundantes; tu vida no puede accionar no acorde a eso. Así que bueno, yo creo, compañeros, que esta historia de ahora la vivo como una misión. Yo no tengo título secundario, pero sé. Tengo bibliotecas, leí. No tengo titulo secundario porque nunca tuve la paciencia suficiente para hacer cosas. Cuando empecé Artes Visuales me aburría de la teoría. Entonces me hice amigo de talleristas y les iba a cebar mate a sus talleres, como el hijo del mecánico, así que más que técnica aprendí simbolismo, moral artística, el valor de la manifestación y no de la exposición ni de la comparación. He tenido cada vivencia, que ojalá los artistas plásticos (se los deseo) tengan la mitad de esas vivencias, que no tienen que ver con ganar un concurso ni con que un cuadro tuyo esté puesto en un museo. El arte tiene que ser reparador, el arte es lo más sublime que produjo la humanidad. La visión, la sensibilidad de los artistas, tiene que estar a los pies de la sociedad. 

(Pregunta Fidel) –De alguna forma estás planteando la gestión política como obra.

–Es que la obra, una obra de valor, es política. Si no es política es decorativa. Y la gestión política tiene que ser una obra y tiene que tener la sensibilidad del arte, porque el arte tiene una visión caleidoscópica; mira todos los colores, no deja a nadie afuera. Es lo que tiene que hacer la política: darle de comer al que más lo necesita primero, que los otros se eduquen viendo cómo comen los que necesitan comer y no a los que comemos porque nos sobra. Yo propuse que en mi gestión se intente que los que comemos cuatro veces al día ayudemos a que los que comen dos, coman cuatro. Proponer la cultura como un negocio para la ciudad no como divertimento. En Europa no podés ir a ningún lugar de valor si no ponés una moneda. Nosotros estamos en un sistema capitalista donde todo cuesta dinero, entonces para  que uno pueda vivir de ser artista hay que proponer el arte como un negocio, si no nunca va a ir bien, porque siempre van a estar prendidos de la teta del Estado, y el Estado tiene un techo bajo. Para que los artistas tengan techos altos el arte tiene que tener interés social, tiene que ser parte de todo el entramado de una cultura. Nosotros lo que rescatamos de las civilizaciones pasadas es su arte, su cultura. Es lo que sobrevive. Para poder insertarnos en el devenir del tiempo tenemos que ser. 

–Y agregar valor. Si no tiene valor no se alimenta el deseo.

–Uno puede vivir diez veces mejor de esa manera, porque si el único recurso que tenés es el dinero, estás frito.

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