Lectores en filosofía

La gran lectora Marilyn Monroe.

Un artículo, el primero de una serie, escrito con la intención de seguir las peripecias vitales e intelectuales de un hipotético lector de textos de filosofía como forma de profundizar en cómo se reelaboran o resignifican los textos para alcanzar la trama de una verdadera creación, una recreación del propio texto que dé la razón a la tradicional aseveración de que el filosofar está abierto a cualquiera. Quien lee con seriedad concluye por ser el autor del texto, al mismo nivel que el autor histórico. Éste es, también, un trabajo que intenta ir a contrapelo de la actual y posmoderna abulia de los lectores que sólo buscan encontrar argumentos para aumentar las depresiones, propias o ajenas. Es, dice su autor, una apelación a la alegría.

Por Julio Cano

Existen múltiples formas de leer, como se sabe, que remiten al contenido de las obras, a los autores, al interés por la información o al simple placer de hacerlo. Son formas que importan a quienes las ejecutan por el contenido; integran, asimismo, la manera de ser cotidiana de todos nosotros, nuestras prácticas intelectuales habituales las contienen en innumerables formatos.

Dejando a un lado lo anterior puede resultar interesante conocer no lo que se lee sino quién es el que lee. Lo preguntaremos en referencia a los lectores de textos de filosofía y teniendo en cuenta las actuales condiciones culturales en nuestra sociedad. En estos textos y en su manejo emerge una vinculación de otro tipo con lo narrado en ellos, ya que se los manipula para enriquecer el acervo de quien lo hace, pretendiendo un enriquecimiento intelectual o de la práctica discursiva o de ambos simultáneamente.

Quien se dedica a leer textos de filosofía es indudable que muestra algunas características que no se presentan en otros tipos de lectores, dada la singularidad –un poco marginal– del ámbito filosófico.

No lo hace por divertirse aunque puede hacerlo, como hecho colateral a la lectura. Asume preferencias de acuerdo con su manera de entender el mundo (que no llamaremos ideología para no entrar en terrenos escabrosos). Preferimos calificar a tales preferencias como su modo de estar en el mundo. “Su temple”, diría Aranguren.

Busca siempre profundizar en el tema que tiene delante, sea suyo o de la sociedad o de ambos a la vez, incluidos en el mundo. Es decir, procura textos que le sean empáticos intelectualmente. O que no le sean pero, si los frecuenta, lo hace como un desafío, poniendo a prueba sus convicciones racionales, en la forma de una dialéctica socrática silenciosa entre su pensamiento y el pensamiento del autor.

De ahí, como consecuencia de lo anterior, que sea un lector que se demora, que no se precipita tras posibles conclusiones. El camino de la lectura filosófica es siempre lento, aun cuando el asunto de que trate sea apremiante. Según Nietzsche, el que lee y piensa filosóficamente, lo hace como las vacas, rumiando.

Es un lector actual en una sociedad más o menos periférica del mundo. Con esto situamos a nuestro presunto lector/lectora en nuestro ámbito rioplatense. Vive inmerso en la zozobra colectiva provocada por la pandemia, y, al igual que los demás, no sabe qué le deparará el porvenir. Si lo posicionamos así cabe que se nos pregunte por sus intereses, ya que los móviles inmediatos pasan por la urgencia económica y las tensiones que recorren su sociedad. ¿Puede decantarse por la lectura filosófica en ese contexto? ¿No se trata de encontrar en la lectura simplemente un escape? De manera enfática decimos que no lee en estas circunstancias para eludir la angustia de sus vicisitudes. Deberemos negar el título de una famosa obra (y no su contenido) y rechazar que exista una consolación por la filosofía.

Así, cuando los estoicos pretendían mejorar y hacer madurar los criterios morales de sus discípulos por medio de la reflexión (“melete” en griego) no partían de una situación emocional a tranquilizar, sino del tradicional manejo de herramientas intelectuales.

Después de Kant, el pensamiento filosófico más creativo fue aquel que se volcó a pensar la sociedad y la cultura en los marcos de lo dado y no en referencia a las propuestas de la metafísica. Es decir que se abrió un corte profundo entre el filosofar situado y aquel que prescindía (o pretendía prescindir) de las coordenadas sociotemporales. Este clivaje, este corte más o menos brusco, persiste hasta nuestros días.

Ahora, como el lector que nos interesa es aquel que pretende hacer una lectura filosófica situada o, si se quiere, comprometida, abandonamos al lector  que se dedica a las cuestiones metafísicas, añadiendo que no es ilegítima esta práctica sino que no está en nuestra intención reflexionar sobre el mundo, el hombre o Dios en términos de la metafísica tradicional. Mejor dicho, no es esta la intención de nuestro hipotético lector.

Nuestro lector tiene aspiraciones más modestas, intenta comprender en profundidad qué sucede en su sociedad y, especialmente, por qué sucede lo dado. Se incluye entre los que se interrogan por el hoy. Se inscribe en lo que ya es una corriente de la filosofía contemporánea: la ontología del presente.

Dejaremos para otro escrito hablar con cierto detalle de esta tendencia del pensamiento actual, que en más de un sentido se opone a las propuestas posmodernas que refieren a un pensamiento débil.

Queremos sí referirnos a otra característica del filosofar, la que define a la tarea filosófica como un análisis de los procesos, no de las esencias. Nuestro lector, aun sin saberlo, se inscribe en esta tendencia. Los procesos se contraponen a cualquier concepción estática, fija. Los grandes temas de la metafísica tradicional poseen la característica de la inmutabilidad, al modo del Ser tal como lo concibe Parménides. Los procesos en cambio tienen a Heráclito como modelo: Todo fluye.

Un buen ejemplo de esta dicotomía la podemos encontrar en los antiguos programas de filosofía de la educación media que poseen un título muy esclarecedor al momento de referirse a los grandes asuntos: señalan que el núcleo de los problemas filosóficos está constituido por el Ser y el Devenir, en donde esa “y” es excluyente y donde, además y fundamentalmente, el Ser reviste mayor calificación que el Devenir.

Es evidente, además, el rol que posee el tiempo en las concepciones procesales. Para el caso de nuestro lector, se trata de la importancia crucial de los datos históricos. Quiere pensar en una dimensión histórica, situada en específicas coordenadas espaciotemporales.  Esto tiene una consecuencia importante y es que las respuestas que vaya logrando en su búsqueda serán válidas para su propia experiencia vital tanto como para su contexto cultural pero no tendrán (o no podrán tener) una dimensión universal. Serán relativas a su historia, dependerán de cuándo y dónde se hayan dicho. Con lo que vuelve a emerger la interrogante: la veracidad será histórica para quien la haya formulado. Esto es, será una veracidad acotada por paréntesis que limiten la objetividad. Una veracidad dispuesta a ser refutada por otra veracidad que asimismo tendrá límites. Veremos que esto se acerca al concepto de veridicción acuñado por Foucault, oponiendo verdad como demostración a verdad como acontecimiento.

En una próxima entrega nos dedicaremos precisamente al concepto de acontecimiento y de cómo nuestro protagonista-lector busca evitar la abstracción para mantenerse en el plano de la inmanencia.

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