Una bestia en la cultura

«Un antifascista vive aquí»: este es el significado del cartel que el alcalde de Milán, Giuseppe Sala, colgó en su puerta en señal de solidaridad por lo ocurrido en Mondovì, donde la casa de un partisano fue manchada con una escritura antisemita.

Una nueva entrega de Lectores en filosofía. El profesor Julio Cano hoy reflexiona a partir de dos preguntas: ¿El fascismo es una respuesta referida únicamente al terreno político? ¿Existe una cultura fascista?

Por Julio Cano,
desde Montevideo

Podemos comenzar con una pregunta: ¿El fascismo es una respuesta referida únicamente al terreno político o debe considerarse que contiene respuestas para la totalidad de los fenómenos sociales? ¿Existe una cultura fascista?

Nuestros amigos filósofos entienden que es un fenómeno que pretende tener respuestas para el conjunto de las actividades humanas y que, por ello, merece que se le otorgue seria atención filosófica. Los estudios sobre el fascismo se han inclinado a analizarlo en su vertiente política, pero casi no existen los que lo aborden como una concepción filosófica específica. Lo que se señala frecuentemente ante esto es, precisamente, que el fascismo no contiene una filosofía, que es una práctica directa (y brutal) sin una teoría que la respalde.

Andrea recuerda a El miedo a la libertad, de Fromm, como una buena excepción a esta regla.

Agustina dice que, si nos enfocamos en lo que el fascismo ha sido en el siglo pasado como movimiento de masas y como respuesta política, entonces tienen razón los que le niegan un sustento teórico:

—Debemos ser más sutiles —agrega—, y tratar de descubrir no si Mussolini o alguno de sus allegados intelectuales produjeron lo que nos interesa sino, más bien, si en los comportamientos sociales aparecen actitudes fascistas soterradas. Específicamente en nuestros comportamientos. Es decir: estudiar si existen vínculos ocultos entre comportamientos expresados en el seno de sociedades democráticas pero que se muestren afines a modos de la intolerancia. Pero hagámoslo fuerte y sin anestesia —dice Agustina— y preguntémonos si en nuestras propias actitudes aparecen procedimientos fascistas (aunque de ellos no seamos conscientes).

Los militantes italianos (que vivieron crudamente unos veinte años de fascismo) saben de esto sobradamente y parecen comprender nuestras inquietudes. En el frente de muchas casas se puede leer “Aquí vive un antifascista”. Como si en su vecindad existieran esos otros tan temidos y odiados.

—Practiquemos entonces un rodeo —dice Módena, una profesora de filosofía—, y vayamos a la democracia como concepto paradigmático, a pensarla en abstracto (en el sentido de separado) e intentemos apresar su núcleo genuino: la democracia genuina, según yo la entiendo, es el comportamiento que considera a las otras y a otros que me interpelan como “auténticamente otros”, y donde la relación social se establece como un juego complejo (muy complejo) entre diversidades humanas que dialogan haciendo uso del lenguaje. Las comillas —agrega—, son porque estas ideas se inspiran en Humberto Maturana, el neurobiólogo y filósofo chileno que más ha profundizado en estos asuntos.

Javier agrega que considerar la diversidad como un concepto fundamental (una categoría) debe agregarse a esta consideración. Y tener muy presente, también, que esto se juega en el desafío constante, continuo, de la práctica social donde lo que sucede permanentemente son relaciones interhumanas dadas en redes de conversaciones:

—Quiero decir —señala— que aunque estemos reflexionando sobre la democracia teóricamente, esto se refiere a la práctica más directa de los humanos. Y la que más importa: la de la vinculación genuina con los demás.

Andrea señala que los vínculos así establecidos están cargados de emotividad, ya que las emociones recorren permanentemente las acciones que establecemos. Y donde importa la principal emoción: el amor.

—Pues bien —dice Módena—, la práctica fascista niega todo lo anterior. Lo que significa que tal práctica tiene un sentido y no es una praxis desnuda de contenido.

¿Intentamos señalar las características de tal práctica? Veamos:

La vinculación interhumana, para la concepción fascista, se basa en relaciones de poder y no de amor. Y los demás, las y los otros, se relacionan conmigo a través de ellas. Esto quiere decir que somos antagonistas unos de otros, y que la lucha es una vinculación dialéctica donde siempre se concluye por el triunfo del más fuerte (los fascistas no concuerdan con Hegel).

En rigor, la guerra es la madre de los hombres y de los dioses, como dice un fragmento de Heráclito. Y no es una guerra entre iguales sino entre los mejores, los elegidos (ellos) y el resto de los humanos que pertenecen, lo sepan o no, lo admitan o no, a los débiles e inferiores.

Y posee un catálogo de los inferiores que es enorme y que no deja de crecer: los extranjeros a la propia tierra (son nacionalistas a ultranza), los que no se adecuan a las costumbres occidentales y cristianas, (son eurocentristas y vagamente católicos), imperialistas y militaristas. Esto último es lo que se manifiesta en su amor por los uniformes, desfiles y armamentos. Desearían una sociedad disciplinada militarmente.

Y hacen de la infancia una etapa preparatoria de la adultez en la que es decisivo el trabajo en las disciplinas. Para el fascismo, el juego en la infancia es una propedéutica de lo disciplinario y no una experiencia en sí misma. De ahí que habíamos mencionado el vaciamiento traumático que produce en la psicología infantil. Un texto de Maturana y la pedagoga Gerda Verden–Zoller se titula Amor y juego. Fundamentos olvidados de lo humano y es como si estuvieran aludiendo a las concepciones fascistas.

Debemos tomarnos al fascismo como una concepción integral que tenemos que enfrentar permanentemente ya que no ha desaparecido de nuestras sociedades, sino que está presente en las mil y una formas de la violencia cotidiana.

Módena señala que, asimismo, debemos insistir en la continua creación de conceptos que nos provean de elementos teóricos para esta tarea. Uno de ellos es el de “diversidad”.

Nuestros países latinoamericanos contienen una población diversa y esto es de una enorme riqueza para el desarrollo de las interrelaciones culturales. El fascismo afirma que la diversidad étnica y cultural es, a la inversa, una fuente de empobrecimiento, ya que socava las raíces de la civilización occidental y cristiana, que llegó a nuestras tierras para enriquecernos contraponiendo sus conceptos y sus modos y costumbres a los de los aborígenes.

El concepto que quizás hayan elaborado los fascistas para oponerlo al de diversidad sea el de “unidad cultural occidental”. Pero, ¿existe alguna cultura en el planeta que ostente tal unidad?

Los datos de la realidad indican que no y que toda realidad cultural es mestiza, en su propia raíz. Un solo ejemplo: los orígenes de los humanos modernos están en África y desde allí se extendieron al resto del mundo a través de las migraciones. Es decir, nuestros abuelos eran negros.

En una próxima reflexión entre nuestros lectores en filosofía vamos a detenernos en las relaciones entre diversidad y amor y a contraponerlas a la vinculación entre unidad de los mejores y poder. Esto se anuda con la relación entre fascismo y neoliberalismo, en la cual aun no hemos entrado todavía.

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