Respeto en territorios mestizos

Antonio Saura – Don – 1988




Dice uno de los filósofos que discuten en este texto sobre «la diversidad»: «En la actualidad, lo que el pensamiento especulativo acostumbra presentarnos como ‘otredad’ no pasa de ser, en general, una reserva, un fondo artificial de resurrección de valores».

Por Julio Cano

La falta de respeto, aunque menos agresiva que un insulto directo, puede adoptar una forma igualmente hiriente. Con la falta de respeto no se insulta a otra persona, pero tampoco se le concede reconocimiento; simplemente no se la ve como un ser humano integral cuya presencia importa

                                                           Richard Sennett

Existe un abismo entre el reconocimiento filosófico del otro, que es un planteo abstracto, y la práctica ético–política de aceptar otras posibilidades humanas, de aceptar la diversidad en un espacio de convivencia.

                                                          Muniz Sodré

Sólo se puede respetar a los otros en la dimensión mestiza de los humanos. No existen razas ni culturas unas mejores que otras, sólo existen grupos humanos viviendo en un contexto geográfico y político concreto, es decir, histórico y donde estos grupos poseen con  otros grupos profusas relaciones biológicas y políticas, lo que hace al planeta una gran casa mestiza. Cada cultura es única y permeable al mismo tiempo y la diversidad es el primer rasgo de los humanos.

Esta realidad antropológica no tiene cabida para las imposiciones políticas o culturales, es decir, para todas las variedades del fascismo.

                                                               Reflexión colectiva de nuestros filósofos

Andrea— Sólo se puede respetar genuinamente sobre la base de las diversidades. Si se pretende respetar sobre el criterio de las máximas de convivencia de una sociedad específica, los que no se ajusten directamente a ellas se harán pasibles de sanciones y castigos. En este caso, la sociedad se convertirá, indefectiblemente, en una sociedad represiva.

José— De modo que deberemos analizar qué significan las diversidades.

Como ya venimos estudiando las diversidades desde el año pasado, adelantemos que por tal noción nosotros entendemos las características de cada cultura, las que le son propias e, inclusive en algunos casos, únicas. Es una noción sociológica y política, por ende, práctica, que se hace difícil enmarcar en los cuadros de la racionalidad y la argumentación pautados por la lógica.

Dadas estas premisas, nuestros  filósofos se dedican a reflexionar sobre los datos que separan dos nociones frecuentemente identificadas: diferencia y diversidad.

Jonia— La diferencia humana es, desde las Cartas persas de Montesquieu (1721), una construcción teórica de la Ilustración, un desafío a la razón y a la causalidad en torno al conocimiento del otro. Sobre esta alteridad se han volcado la antropología, la filosofía y la literatura, pero ella parece en vías de desaparición en el actual torbellino de la virtualización técnica del mundo. En la actualidad, lo que el pensamiento especulativo acostumbra presentarnos como “otredad” (término acuñado por Octavio Paz) no pasa de ser, en general, una reserva, un fondo artificial de resurrección de valores.

Sucede que la diversidad humana, en su inmediatez, en su directa proximidad, es otra cosa (y lo es aún en la diversidad, con signos de violenta distancia frente a lo más común a nosotros como, por ejemplo, los marginales saliendo de sus ghettos o los emigrantes que trasponen las fronteras de los países ricos).

Rodrigo— De ahí que, en principio, la diversidad se preste muy mal para el análisis especulativo. Y, en la realidad, constituye un fenómeno que se resiste sistemáticamente al reconocimiento. Esto, me parece, implica una dificultad de primer orden. Porque cambia el paradigma que orienta y legitima los problemas tecnocientíficos, pero permanece aquel que se caracteriza por la enorme resistencia a lo diverso, esto es: a la multiplicidad de las expresiones identitarias, de los valores y de las significaciones.

Andrea— El  problema conexo a la diversidad resulta ser el de la diferenciación. El sentido común está habituado a pensar la diferencia como si la identidad humana fuese algo acabado. Usted ve a alguien con un turbante en la cabeza y piensa que ya sabe todo sobre esa persona, que es, por ejemplo, árabe, por consiguiente musulmán, investido de cierta disposición frente al mundo, etcétera. Así, se considera que con esquemas sobre la identidad se puede llegar a definir rápidamente a los otros humanos que no se ajustan a tales esquemas. Son, hablando metafóricamente, saberes automáticos sobre la sociedad auténticamente humana (la del que se maneja con esos esquemas) y las de las otras sociedades. Este tipo de pensamiento trabaja con preconceptos. Los preconceptos funcionan así en la práctica: valen para cualquier otra forma diversa.

Rodrigo— Me permito introducir otra reflexión. El racismo se presenta como un saber automático de este tipo. En él los preconceptos funcionan en la práctica, validando (frecuentemente de forma negativa) cualquier otra sociedad o cultura que no sea la suya. Y racismo y fascismo son modos de pensar y actuar muy próximos.

—Es cierto —dice José—. Veamos otro asunto conexo. El tema de la verdad. La verdad puede ser lógicamente lo mismo para todos, pero dentro del círculo de la tradición judeo–cristiana. Es en tal círculo que se asienta la metafísica, entendida como la pretensión de ocupar por la fuerza lo que Gianni Vattimo llama “las regiones más fértiles”, las regiones de los principios y las regiones de las causas. El conocimiento, y con él  la apropiación de las causas, supone el principio de la dominación, la pretensión de enunciar una verdad absoluta que, en la práctica, implica una violencia frente al otro. (Por ejemplo: enunciar que la causa primera es Dios, que se impone sobre cualquier otra causa. Dios es, asimismo, la fuente de la verdad).

Andrea— En contrapartida, en la práctica ético-política del relacionamiento humano, la verdad (con una impronta no violenta) se da cuando acontece lo infinitamente diverso, esto es cuando se reconoce la diversidad humana como una constante en todo empeño por las realizaciones más genuinas de lo humano, la diversidad como la verdad de lo real concreto.

La diversidad que emerge actualmente trae elementos nuevos para el pensamiento. Por ejemplo: deja de priorizar el interés por la razón causal y hace aflorar el interés por actuar a partir de la dimensión espacial, la de los espacios culturales múltiples y diversos, sin centralidad, concretamente sin la centralidad occidental europea. Y sin comparar.

¿Por qué decimos que alguien es igual o diferente a otro? Porque comparamos. Comparamos como si fuese el caso de identificar objetos. Y comparamos para ejercer poder, para dominar.

La realidad es otra. Los hombres no son iguales o desiguales. Los hombres, seres singulares, cada uno con una historia personal intransferible, coexisten en su diversidad.

Jonia— Me parece más adecuado hablar de convivencia que de coexistencia. Los hombres conviven en su diversidad.

De acuerdo.

En la práctica, aquello que experimentamos de una cultura, principalmente de la nuestra, es la diversidad de sus repertorios, en donde se muestran hábitos, enunciados y simbolizaciones. ¿Por qué ignoramos o nos inmunizamos socialmente contra una determinada dimensión de la diversidad? El modo de vida de los indígenas, por ejemplo.

Posiblemente porque, armados de la razón comparativa, amplificada por la economía y la técnica, el sujeto de poder, convertido en una unidad de dominación, a imagen del Uno-absoluto (utopía de la metafísica) se autoinmuniza contra la exterioridad de los lugares, ese umbral de la diversidad numérica que enseña la empatía hacia lo diverso. La inmunización es una barrera y la empatía supone la comprensión.

En definitiva: desde las diversidades, que se presentan como otras comunidades de vida y de lenguaje, parten otros juegos de lenguaje, otras reglas de enunciación de las proposiciones necesarias para un nuevo consenso social. Esto supone afirmar que no basta la pluralidad en sí misma, ni la mera creencia en una abstracta virtud del diálogo (una supuesta razón comunicativa) y sí que es fundamental reconocer lo diverso como la potencia de una cooperación radical entre las diferencias.

En el lugar de la práctica pasteurizada de lo “políticamente correcto” debería aparecer la búsqueda del puesto de equilibrio de las formas de la diversidad.

De hecho, bajo el influjo de la mundialización cultural, el reconocimiento de la diversidad es, en la práctica, una apelación contra la violencia frente al Otro, característica de la metafísica implícita en la hegemonía técnica. El respeto por la libertad del otro pasa por el reconocimiento  no solamente intelectual, ni fundamentalmente sensible, sino asimismo de su libertad de interrogarse singular y diversamente sobre su propio destino.

Andrea— Si no entendí mal, se trata de asumir las diversidades biológicas, culturales, lingüísticas y saber que ninguna ocupa el centro de la comprensión del fenómeno humano. En rigor y tal como lo hemos manifestado varias veces en nuestras reflexiones, no existe un centro. No existe una captación de la esencia de lo humano, porque lo humano está constituido por una red muy compleja de fenómenos  históricos y en proceso.

José— Y sucede que la mentalidad conservadora no puede asumir estas características volcándose siempre hacia una metafísica de la esencia humana. Es lo que se conoce como Humanismo y que ha sido muy bien criticado por filósofos como Foucault.

El Humanismo supone un trasfondo metafísico indemostrable, lo que convierte en abstracto su planteo (abstracto aquí como sinónimo de “separado”).

Jonia— Y la radicalización de los planteos metafísicos los conduce a los postulados maximalistas bien típicos del fascismo. Lo humano abstracto termina por constituirse en una isla rodeada de los otros diferentes que, comparados con los humanos auténticos (los que viven en la isla) o son menos humanos o son, directamente, no-humanos. A estos otros no se los ve como humanos, como dice Sennett en uno de nuestros acápites.

Y si no se los visualiza como humanos, tampoco se los respeta. Se los considera un número en las estadísticas o un número prendido en el mameluco en el campo de concentración.

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