Libertad y determinismo en nuestras encrucijadas

Cultivo de café en la selva Lacandona por parte de un grupo campesino del EZLN. 2017.

Una Ontología del presente: las revoluciones religiosas y las revoluciones cotidianas a partir de una declaración del dirigente griego Stavros Stavrides sobre una «máxima zapatista»

Por Julio Cano

Según lo que anotamos en la entrega anterior, cada uno de nosotros existe en un espacio temporal que se despliega entre la biología y la cultura. Existimos porque antes existen una determinada urdimbre biológica y una determinada configuración sociocultural desde las cuales emergemos sin que tengamos otra alternativa. Por consiguiente, cabe hacerse la pregunta: ¿Estamos completamente determinados o existen en nosotros niveles de libertad que escapan a las sujeciones biológicas y culturales?

Las reflexiones y debates acerca de las relaciones entre libertad y determinismo acompañan la historia entera de la filosofía. Es así que algunos momentos de la actividad filosófica supusieron hitos importantes en estos debates, aunque no implicaron un aporte definitivo (que agotara la discusión sobre el problema). Son los casos, por ejemplo, de Aristóteles y de Kant. Podemos señalar que no fue tal debido a que la fenomenología del proceso humano es profundamente histórica, tanto como densamente anclada en las bases biológicas. Existe en nuestra experiencia un a priori histórico, como advierten algunos pensadores, que no permite una conclusión definitiva, puesto que nuestra realidad es procesal (tanto como lo es cualquier otra dimensión de la realidad).

Volvamos a formular la pregunta: ¿Estamos condicionados por los determinismos o se dan en nosotros condiciones de libertad que escapan a ellos?

Como no se puede alcanzar una respuesta unívoca, definitiva y que deje conforme a todas las posiciones, deberemos optar por alguna formulación que aceptemos nosotros como grupo de filósofos.

Ya hemos dicho que las posiciones del pensamiento complejo nos seducen como alternativa siempre que sepamos que no existe (o no parezca existir) una respuesta filosófica capaz de responder a todos los procesos en red que constituyen la realidad.

En la posición compleja, por ende, no existen ni determinismos absolutos ni libertades extremas que escapen a toda limitación.

Pero tampoco existe una historia lineal, una historia que avance como un vector, como una flecha hacia el futuro. Esa idea de una historia lineal, acumulativa, tuvo su origen en la Ilustración, muy relacionada a la idea de progreso. Pese a que ha sido cuestionada y superada actualmente por planteos filosóficos bien fundamentados, sigue estando muy arraigada en las modalidades de pensamiento de las sociedades contemporáneas, pese a que es la propia historia la que se encarga, machaconamente, de advertir que no existen los procesos lineales.

Un ejemplo tangible de este concepto lo encontramos en la idea de la revolución. Para la concepción que llamaremos “lineal” ella se presenta como un proceso que desemboca en un cambio radical, mudando de forma cualitativa todas las variables sociales y culturales. En las fechas en que se concreta la revolución, se dice, encontramos un antes y un después, emergiendo un mundo y un hombre nuevos, con cambios constitutivos que se presentan como irreversibles pese a los embates de lo viejo.

Vemos que a esta idea de los procesos históricos lineales se aúnan los determinismos: los cambios revolucionarios no dan espacios para el mantenimiento de lo pre-revolucionario. De ahí que, por ejemplo, en muchas concepciones marxistas se siga hablando de una futura dictadura del proletariado. Será una situación determinista absoluta (una dictadura) en procura de una futura libertad colectiva igualmente absoluta.

Veamos qué dice sobre esto el arquitecto y dirigente político griego Stavros Stavrides, uno de los mas conocidos activistas de Syntagma, un movimiento que tuvo una fuerte significación hacia 2014 en medio de las grandes conmociones que sacudieron entonces a Grecia. Stavrides se refiere a algunas cuestiones teóricas en un reportaje que le hiciera el periódico español Público.es:

Periodista: Diferentes autores piensan que la única forma de ir más allá del péndulo entre neoliberalismo y socialdemocracia es reabrir y repensar la cuestión revolucionaria, el problema de la transformación radical de la sociedad. ¿Qué te parece?

Stavrides: Estoy de acuerdo, pero si repensamos la revolución fuera del imaginario religioso de la vida después de la muerte, del acontecimiento que parte la historia de la humanidad en un “antes” y un “después”. Las sociedades no cambian en una especie de erupción volcánica instantánea que consume el pasado y crea el futuro. El tiempo del cambio tiene diferentes ritmos, diferentes niveles, no siempre sincronizados.

Hay que conservar, por supuesto, la idea de ruptura, los cambios no son fluidos y suaves, pero recelo de la idea del cambio como algo extraordinario y protagonizado por sujetos extraordinarios.

Creo más en la máxima zapatista: los rebeldes son gente normal y corriente. Ni héroes, ni gente excepcional, ni los “elegidos”, sino personas comunes que necesitan rebelarse para llevar una vida digna.

Y ese era el espíritu de Syntagma, que se basaba más bien en la idea de resistencia popular y en el redescubrimiento de la democracia como democracia directa, como coordinación compleja –y sin centro alguno– de una pluralidad de iniciativas colectivas.

Nuestros amigos filósofos leen atentamente todo lo anterior y reflexionan:

Esa noción que se llama “religiosa” de la revolución plantea, efectivamente, el momento de la ruptura revolucionaria como un acontecimiento absolutamente singular, específico, un parteaguas con un antes y un después dramáticamente diferenciados. Se supone el día de la revolución, metafóricamente, semejante a la resurrección de los muertos del cristianismo, una utopía fundamentada en la parusía, la revelación definitiva y el final de una historia de la salvación lineal. (Dicho así, debemos reconocer que estamos expresándonos con exageración, pero es preferible hacerlo de este modo para aclarar las grandes líneas de la reflexión y de la discusión).

Los procesos revolucionarios, tal como los muestra la realidad, no son movimientos lineales, claramente diferenciados de los procesos anteriores. Por el contrario, existen en claroscuro, con luces y sombras donde no se puede escindir con claridad lo nuevo de lo viejo, las libertades de los determinismos.

Ejemplos notorios en la actualidad son la ecología y el feminismo. Ambos plantean cambios radicales, tanto en nuestra relación con la naturaleza como en las relaciones entre géneros. De ahí que los tengamos por movimientos revolucionarios auténticos.

Ambos fenómenos poseen caminos de desarrollo muy complejos, diversos según las culturas en las cuales emergen, más lentos o más acelerados de acuerdo con las condiciones culturales y políticas en las que se expresen. Esto es, por ejemplo, lo que impide que existan centros internacionales de gobierno para ambos fenómenos (lo que, además, es rechazado casi universalmente). Se da por descontado, suponemos, que se acuerdan coordinaciones, no mandatos emanados por fuera de los registros locales. Poseen una interrelación en red horizontal, no vertical.

¿Cómo avanzan estos movimientos? Por lo que se observa, de manera nada lineal, con avances y retrocesos, con reconsideraciones y derrotas a veces profundas, con triunfos inesperados, con la impronta, pues, de lo que son los movimientos sociales: ambiguos y contradictorios.

No existe entonces un día del triunfo definitivo (ni de la derrota definitiva). y por ende lo que encontramos son procesos muy complejos sin una fecha utópica de resolución.

¿Significa esto que no existen avances? Nuestros filósofos admiten enfáticamente que sí, pero que no son avances acumulativos en el sentido tradicional, es decir, numéricos, discretos. Son avances que responden a situaciones históricas muy específicas, situadas en unas coordenadas espaciotemporales que cambian constantemente. Eso hace que algunos avances, más adelante, puedan no ser considerados como tales, o que sencillamente se disuelvan para futuras significaciones.

Lo que entonces debemos evitar es interpretar los comportamientos humanos (especialmente los colectivos) en términos de libertad o determinismo absolutos. Asimismo, debemos evitar manejarnos con respuestas relativistas. Porque las posiciones que nos parecen correctas son situadas, se muestran con una historicidad fuerte, pero no implican relativismo, ya que situado es distinto de relativo.

Con esto, nuestros filósofos, están tocando un tema de enorme importancia —que analizaremos más adelante— y es el de los cambios en la comprensión de la realidad política por parte de una racionalidad de izquierda. En lo de hoy hemos visto que se hace necesario tomar distancia ante posiciones rígidas referidas a los grados de libertad y determinismo.

¿Cómo es hoy día la racionalidad de izquierda? La interrogante queda planteada.

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