Un rostro despierto en la sociedad cansada

El filósofo brasileño Leonardo Boff en 2018, esperando en la vereda que le dieran permiso para visitar a Lula Da Silva, por entonces encarcelado. Foto: Eduardo Matysiak

Una Ontología del presente: desde Sócrates —pasando por Kant y Boff— a las izquierdas y derechas de nuestros días. ¿Una sociedad posmoderna y cansada? Más bien una compleja red de relaciones que el autor, en esta primera entrega, empieza a descubrir.

Por Julio Cano,
desde montevideo

Nos proponemos retomar las reflexiones de la etapa anterior, que invitaban a observar, con cuidado, la propia existencia y sus circunstancias mundanas desde una perspectiva filosófica, situada y comprometida, haciendo uso de una modalidad del filosofar alejada tanto de la metafísica tradicional como de las propuestas posmodernas.

De este modo, en lugar de preguntarnos por el ser o por el mundo, nos volcamos a dilucidar quiénes somos en este presente y qué nos sucede. Ya lo anotamos, pero aquí va consignado nuevamente: nos dedicaremos a filosofar en el marco de una Ontología del presente.

Lo haremos en común, es decir, revelando en una voz colectiva lo que sucede, desde un nosotros, un grupo de lectores de filosofía que se pone de acuerdo en reflexionar desde el aquí y ahora más acuciante: el de nuestra geopolítica rioplatense.

Acordamos partir de una pregunta sobre el ser humano individualmente considerado (¿Qué es un ser humano? ), advirtiendo de inmediato lo artificial de la pregunta, ya que no existe ningún humano aislado de su contexto social. Sobre el particular encontramos un fecundo texto de Leonardo Boff que nos va a servir de introducción:

Cada ser humano es un todo, un viviente inmerso en el tiempo y el espacio. De manera sucinta cabe describir a los humanos como animales del subfilo Vertebrados (dentro del filo Cordados), de la clase Mamíferos, el orden Primates, la familia Homínidos, el género homo y la especie sapiens: un ser dotado de un cuerpo de unos cien billones de células continuamente renovadas por su sistema genético; un ser que se ha formado en el curso de tres mil ochocientos millones de años (o quizá más exactamente, si contamos el período precursor de la vida, de catorce mil millones) de historia evolutiva.

Cabe describir asimismo al humano como un ser con un cerebro complejo formado por aproximadamente cien mil millones de neuronas (y hasta mil billones – 10 a la 15º– de sinapsis), organizado en tres niveles: el cerebro reptiliano, que surgió hace unos doscientos veinte millones de años y que tiene funciones instintivas; este está rodeado por el cerebro límbico, que inició su surgimiento hace unos ciento veinticinco millones de años y al que corresponden las emociones, la afectividad y un sentido del cuidado; por último, la corteza cerebral o córtex sólo cuenta con tres millones de años de antigüedad y proporciona la capacidad de conceptualización y de pensamiento abstracto.

El ser humano está dotado de capacidad de sentimientos, inteligencia, amor, compasión y éxtasis. El conjunto de su cuerpo vive en una compleja trama de relaciones que se extiende en el exterior y en el interior. Si lo entendemos de esta manera, parece más exacto que hablemos del humano como un ser materializado o corporizado, más que como un ser con un cuerpo.

(Leonardo Boff y Mark Hathaway, “El Tao de la liberación”, p. 378).

A estas caracterizaciones del ser humano podemos agregar más elementos si nos detenemos en su existencia implicada en una muy compleja trama de relaciones. Ellas no son un resultado de la realidad, sino la realidad misma. La realidad es un conjunto hipercomplejo de redes. Por ende, en ella no hay entes aislados, sino relaciones.

Esas relaciones están constituidas por la sociedad que rodea al ser humano; sin ella no existiría. La trama de la sociedad se sostiene por el lenguaje, que es lo que permite las vinculaciones de todo tipo entre el humano y sus semejantes. La sociedad y el lenguaje en ella implicado son ineludibles antecedentes del ser humano.

Y, así como existe un ADN biológico, también existe un ADN cultural, que para muchos científicos es mucho más decisivo que el primero.

Todas estas características están presentes en la existencia de cada uno de nosotros, lo que puede llevarnos a reflexionar sobre la riqueza inconmensurable de lo que somos como seres biológicos, psíquicos, sociales y espirituales (en estos cuatro niveles de existencia que no se pueden escindir unos de otros). Forman parte de todos los hombres, sin excepción. Cada uno de nosotros es un prodigioso conjunto de redes que se constituye de manera única e irrepetible, es decir, cada uno posee una historia personal e intransferible. Recordemos a este respecto la sentencia de Kant: «Debemos considerar a cada uno de los hombres como un fin en sí mismo y nunca como un medio».

Estas reflexiones pueden sonar a grandilocuencia y a solemnidades bastante trasnochadas, más en un mundo como el actual, donde nos sentimos vapuleados por una pandemia que no podemos controlar del todo, por el neoliberalismo que impone sus despiadadas reglas y por el escepticismo, moneda común de las devaluadas morales que se presentan, no como alternativas sino como los modos de reflexión posibles en una sociedad desencantada, una sociedad del cansancio.

De qué vale, nos podrán decir, saber teóricamente de la potencial riqueza que poseo como microuniverso si mi vida cotidiana transcurre entre hastíos en la oficina, la casa, los niños, el afán neurótico por llegar a fin de mes habiendo pagado todas las cuentas, y, especialmente, la certidumbre de que esta existencia no podrá cambiar demasiado por más que me esfuerce.

Ya que tanto se habla de grietas, aquí descubro una: la que existe entre las propuestas de la filosofía y la vida real.

¿Me dedico a filosofar o a vivir? Frente a la propuesta que propone rechazar la reflexión filosófica nos ubicamos en otra, que afirma que tenemos que asumir ambas, trabajar con ambas, ya que, como escribe Platón por boca de Sócrates, una vida sin reflexión no merece ser vivida.

Volvamos al comienzo y repasemos las características allí señaladas. Son, esquemáticamente, las que conforman la base biológica de nuestra existencia. Digamos por ahora que esas características que nos hacen humanos se procesan en un medio social, ya que no existe un ser humano sin una sociedad que lo conforme (no sólo que lo rodee).

Si decimos que existe un adentro, con todo ese complejo equipo biológico, también existe un afuera, constituido por los fenómenos sociales . Esquemáticamente debemos señalar que no existe un adentro sin un afuera, ni un afuera sin un adentro. Cuando decimos que tenemos una vida interior e imaginamos que en ella podemos aislarnos –y hasta escindirnos– del entorno social, estamos ante una ilusión: no existimos en una realidad dual, sino en una realidad muy compleja en donde todos los fenómenos humanos se interrelacionan sin pausa, en un entretejido dinámico, con los fenómenos que experimentan los demás humanos que nos rodean. Las interrelaciones también implican una vasta comunicación con el mundo animal, el vegetal y el planetario.

El fenómeno decisivo de la realidad resulta ser el de las conexiones, ya que ella es una muy compleja trama de redes, a tal grado que se ha dicho que la realidad es redes. Los fenómenos, pues, no están aislados unos de otros, como la percepción habitual parece mostrarnos.

Los entes del mundo (las “cosas”) son codependientes unos de otros, y ninguno aparece aislado de los demás. Esto lo ha señalado desde hace mucho tiempo el budismo, y en nuestro tiempo vino a ser corroborado por la física cuántica.

Con nuestros amigos filósofos nos ocuparemos, en esta nueva serie de Lectores de filosofía, de las relaciones en las múltiples manifestaciones en que emergen ante nuestra existencia.

Primero analizaremos nuestra ubicación existencial colectiva en una perspectiva geopolítica, es decir, nos dedicaremos a nuestro lugar en el mundo.

Veremos, en segundo término, el significado que tiene el sentido común y su relación con las concepciones del mundo.

Después reflexionaremos sobre las formas de la racionalidad para intentar determinar sus límites. Especialmente nos interesarán las formas de la racionalidad de la izquierda política.

Más adelante nos ocuparemos de la racionalidad de la derecha, y procuraremos precisar sus características. Dentro del conjunto de sus manifestaciones aparecen rasgos comunes que se pueden expresar como fascistas. Dado que el fascismo es el principal enemigo de la filosofía (no tenemos dudas sobre ello) se vuelve crucial especificarlo y otorgarle un rostro.

Por último reflexionaremos sobre tópicos que están presentes en nuestras sociedades, sobre todo aquellos que emergen oscurecidos por múltiples factores y que, precisamente por eso, resultan tan habituales que invitan a no prestarle atención. Justamente la práctica filosófica (el filosofar) se niega a dejar asuntos en el olvido y a manejarse con lugares comunes: todo puede ser cuestionable, todo puede ser tamizado por la racionalidad. Esto se conoce como la característica crítica de la filosofía.

Somos críticos, nos dirán nuestros amigos, no por impertinentes sino por radicales. El sentido de la radicalidad se debe a que queremos llegar a las raíces.

Reflexivos, dialogantes y radicales, eso pretendemos ser.

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