Cuatro mil días y noches de Ryuichi Tamura

Ryuichi Tamura

Versión en castellano y contexto del poema Cuatro mil días y noches, del japonés Ryuichi Tamura (1923-1998).

Por Félix Leonel Peralta

Una mirada que contenga la mirada del resto

Cada ejercicio de estilo supone un acto de agotar distancias. La traducción, particularidad que me convoca a escribir lo que usted lee, participa de esta afirmación por partida doble. Esto se debe a la necesidad innata de este oficio de procurar la ilusión de haber recorrido el camino secreto, e inalcanzable, del escritor en su lengua matriz, para luego trazar una nueva ilusión: un paisaje cuya tierra, bajo los pies del lector, sea de una materia extrañamente familiar, en absoluto propia, pero tampoco completamente extraña.

Que no se malentienda. No existe en este proceder rigor alguno de ensalzar un oficio, por más que la lengua que hoy me impele provenga de un aparato cultural no falto de un exotismo exacerbado, procedente de su tierra natal, Japón; su devenir y su idioma pueden ser complejos y fascinantes, de hecho lo son, pero lo es también cualquier cosa que a primeras instancias no nos atraviese: la lejanía no es necesariamente crucial para que dicho efecto ocurra.

Con esto quiero dejar en claro la intencionalidad y el compromiso de no recaer en una desmesurada pomposidad a la hora de traducir el poema que hoy les presento (ni los posteriores que nos van a volver a encontrar en este espacio). Los versos de Ryuichi Tamura (Japón, 1923-1998), dispuestos al final de estas palabras, fueron publicados en 1956 y cuentan con varias traducciones disponibles en Internet, tanto en español como en inglés. Sin embargo, en cada una de las tentativas de versionarlo al castellano, veo el mismo error: escribir más de lo que se debe. Esto no puede denotar más que una predispuesta inferioridad ante un idioma tan diferente al nuestro y la falsa sensación de un trayecto que muchas veces no es tan grande como parece.

La causa probablemente se deba a la complejidad de los ideogramas utilizados. Los tan misteriosos kanjis son aglutinadores de ideas. Cuanto más “complejo” es el significado, mayores son los ideogramas que participen en su formación. Un ejemplo divertido y sencillo es (descansar) que está compuesto por la combinatoria de (persona) y (árbol). Este recurso asociativo sirve al estudiante del idioma como método de supervivencia a la combinatoria de más de 2.000 ideogramas utilizados por los japoneses en la actualidad. Sin embargo, su aplicación en la traducción es un arma de doble filo a la hora de traducir poesía. Sobre todo en los poemas de Tamura, cuya parquedad es una de sus características cruciales.

La sobriedad, como toda decisión de este tipo, no responde sólo a una particularidad personal, sino a las intenciones del mismo poeta frente a la historia. Tamura formó parte, en su juventud, del grupo modernista 荒地 (que significa «Tierra baldía») y que nos trae a la memoria a T.S. Elliot. Este grupo de poetas abrazaba las malas traducciones de libros occidentales, que sobrevivían en un país reacio a cualquier exportación de ideas extranjeras. Bajo la influencia de la literatura occidental, y a modo de continuación de los pasos de Sakutaro Hagiwara (1886-1942), precursor del verso libre, fueron voceros de una poética que renegaba de las florituras de los versos de siete y cinco sílabas, que eran demasiado ceremoniosos para el coloquialismo que creían necesario para la renovación de la literatura japonesa que las liturgias estatales impedían.

Tras la Segunda Guerra Mundial, la ocupación de Estados Unidos y la desmitificación del emperador Showa y de toda la casta imperial, el cielo cenizo de Japón presenciaba un clima desolado. La generación de Tamura proponía una poesía como respuesta a la derrota. En ésta ya no hay espacio para una letanía contemplativa y trascendental. Hacía falta una responsabilidad más mundana e histórica: una mirada que contenga la mirada del resto, con el crimen y dolor que eso conlleva. Esta puesta en común de un sentir colectivo no puede ser escrita de otra forma que con la sangre de la tradición en las manos del mundo.

De esta forma escribe Tamura:

Cuatro mil días y noches

Para que un verso nazca,

nosotros estamos obligados a matar.

Muchas cosas debemos matar.

Fusilaremos, asesinaremos e intoxicaremos a los que amamos.

Miren,

desde el cielo de los cuatro mil días y noches

por sólo querer la lengua temblorosa de un pajarito,

al silencio de cuatro mil noches y

al halo de cuatro mil días

nosotros hemos fusilado.

Escuchen atentos,

desde todas las ciudades lluviosas, desde los altos hornos,

desde los muelles en pleno verano y desde las minas de carbón

por tan sólo tener las lágrimas de un niño hambriento,

al amor de cuatro mil días y

a la pena de cuatro mil noches

nosotros hemos asesinado.

Recuerden,

en nuestros ojos veremos lo invisible,

en nuestros oídos escucharemos lo inaudible,

por tan sólo querer el terror de un perro callejero.

a la imaginación de cuatro mil noches y

al frío recuerdo de cuatro mil días

nosotros hemos intoxicado.

Para que un verso nazca,

debemos matar a los que amamos.

Este es el único camino que revive a los muertos,

nosotros debemos ir por ese camino.

Lectura en japonés de la versión original de Cuatro mil días y noches.

Un comentario Agrega el tuyo

  1. brxnxtx dice:

    Espero con ansias leer todas las traducciones, todos los poemas.

    Me gusta

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