Un lobo amigo del hombre

Hugo Diz, 2001. Foto: Silvina Salinas.

POR WALTER MOTTO

Hace unos días murió Hugo Diz. Lo recuerdo silencioso, sacando de una máquina unas extensas tiritas de papel, a las que llamábamos fotolitos, en las que se apoyaban sus poesías y que mostraba sigilosamente, casi con timidez. Lo recuerdo, también, regalando casetes con sus tangos.

De su prolífica obra, su amplio poemario, su paso por El Lagrimal Trifurca, su música, su amistad con Lito Nebbia, su encuentro con las artes plásticas y tantos recónditos lugares seguramente hablarán los estudiosos en profundidad, porque amerita, porque su obra es buena. En lo personal  Tristeza en los andenes es una letra que me gusta, y creo que  su poema  Secuencias de mayo historizaba con belleza los años del Rosariazo y anticipaba, por otro lado, una única charla en soledad que tuve con Hugo en los años 90 en la redacción del diario La Capital, más o menos seriamente, más o menos en broma, acerca de la alocución latina Homo humini lupus: el hombre es el lobo del hombre.

Hugo había sido secretario general del Sindicato de Prensa a mediados de los años 80 y la política estaba presente en él.

La década del 90 gobernada por Carlos Menem fue la copia argentina de ese lobo que todo devoraba lentamente y que, desde la administración de Ronald Reagan en Estados Unidos y Margaret Thatcher en Inglaterra, instituyó una modalidad política, ideológica y económica que  se llamó Neoliberalismo. La película Billie Eliot, que cuenta la noble historia de un niño que quiere introducirse al mundo del ballet en el contexto de una huelga minera, da cuenta de la realidad británica de ese momento y de las contradicciones políticas y emocionales que allí se jugaban. Por estas tierras la tristeza en los andenes se resignificaba con una  frase poderosa  que bajaba desde el poder y que terminó arrasando al sindicalismo de esa época ante los reclamos   ferroviarios: “Ramal que para ramal que cierra”.

En ese momento de la Historia conocimos a Hugo Diz, unos veintitantos años mayor que nosotros,  de  pelo largo y barba blanca, que vestía impecablemente, con campera, saco, zapatos, pañuelo de seda. Una elegancia tanguera que hablaba por él. Todavía el diario era una especie de isla en la que no había internet y donde se cobraban salarios en dólares que serían inimaginados en la Argentina actual. Donde las ediciones tenían la bondad y el cuidado de Gary Vila Ortiz –jefe de redacción de esos tiempos–, y donde se hablaba y se escribía mucho sobre música, poesía, literatura, sobre el lenguaje, al que todos consideraban dialéctico –es decir móvil y joven a pesar de su historia–, pero que, entendíamos, iba de abajo hacia arriba, y nunca al revés, nunca por decreto, porque eso resultaría, sencillamente, autoritario.

Con su partida se  fue una forma de andar, de  transcurrir el tiempo. El neoliberalismo y los años hicieron lo suyo, la poesía y la música cambiaron y los diarios y el periodismo, en general, son hoy escenario de salvajes batallas donde más que informar tratan de instalar, a derecha e izquierda, relatos que son imposiciones: caiga quien caiga y cueste lo que cueste. Y donde los lobos crecen como gramilla. Hay honrosísimas excepciones, como siempre. Y mucha gente joven, muy inquieta, que  hace de  la escritura, de las artes en general, un lugar de belleza, de pensamiento, de análisis más o menos honesto. Afortunadamente.

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