Para un dossier de Hugo Diz

Diz. Foto: Débora Priasco

Hugo Diz (Rosario, 1942–2022) ofició de poeta, letrista, cantor, cineasta, actor, artista plástico, fotógrafo, sindicalista, periodista, corrector, editor. Tuvo tres hijos: Tania, Alejo y Ezequiel. Tras su reciente fallecimiento, ocurrido el 4 de agosto, sus muchos amigos y sus pocos detractores coincidieron en decir que fue uno de los grandes poetas de Rosario. Publicó su primer libro en 1969, El amor dejado en las esquinas; a partir del 2004 la editorial Ciudad Gótica empezó a editar Palabras a mano, su poesía completa. Abordó, o fue abordado, por todas las formas del poema: de la poesía civil de Manual de utilidades (1976) a los aforismos de La lírica y el exabrupto (1997); del surrealismo –o sur-realismo– de las plaquettes con collages publicadas en El Lagrimal Trifurca a comienzos de los 70, al lunfardo de Parlata Lunfa (1996), un libro así aclamado por Enrique Cadícamo:

Por fin aparece en el horizonte un Hugo Diz, con estas chirolas relucientes del hampa para reivindicarnos de tantos rectores eruditos académicos. Hago votos para que “Parlata Lunfa” sea el poemario que espera la runfla.

Los tempranos homenajes, éste incluido, pusieron el foco más en su persona que en su obra. Se recordaron algunos (pocos) poemas, y el más citado por estos días resultó ser el famoso Secuencias de mayo. Mucho se habló de su dandizmo, de su modo de vestir y de andar por la ciudad; también se recordaron sus historias con Fangio, Woody Allen, Tony Curtis o Juan L. Ortíz, entre muchos otros. No faltó quien lo comparara con Washington Noriega, el viejo poeta de los relatos de Saer que siempre aparece en las anécdotas de otros personajes que lo recuerdan. Creemos que esa es una buena imagen para hablar de Hugo: algo así pasaba y seguirá pasando con él, hace años presente en las sobremesas de muchos artistas, militantes y periodistas de la ciudad.

Sobre las formas de empilcharse, de andar y chamuyar, artes que cultivó mejor que nadie, Diz escribió el siguiente aforismo en La lírica y el exabrupto:

Entre las gemas del lenguaje se encuentra la metáfora, maravilla del léxico que nos permite insultar vestidos de smoking cuando, en realidad, nos cubren los harapos.

Un aforismo que, tal vez, hable sobre la complejidad de su pinta, de ese modo de ser que hoy recuerdan Claudio Spiga, Walter Motto y Andrés Maguna, antiguos compañeros en la extinta sección Corrección del diario La Capital; María Lanese, la amiga poeta y cantora que elije una serie de poemas para leerlos en voz alta; Silvina Salinas, la amiga fotógrafa que lo retrató y hoy elije fotos de dos paisajes para hablarnos de sus colores, y Ángel Loto, el amigo y compañero que se lo cruzaba por Pichincha y a quien le era encomendado por Hugo repartir su disco Los tangos que debía a los amigos.

Todos ellos lo recuerdan con amor y agradecimiento. Su muerte es temprana para la crítica, para hablar de la importancia de su obra. Hugo, a contramano del siglo que lo vio morir, no escindía sus múltiples oficios: el que escribía era el que cantaba, el que cantaba era el que peleaba, el que peleaba era el que pintaba, el que pintaba era el que daba consejos a los jóvenes poetas… Consejos, por cierto, que él se encargaba de desestimar, agitando en silencio una mano en el aire, como si quisiera borrar sus palabras, como si dijera: no me des pelota.

Y todas estas formas suyas estaban unidas por su estética, por su pinta poeta de gorrión con gomina /  por su voz que es un gato sobre ocultos platillos, como Horacio Ferrer y Astor Piazzolla definían a Aníbal Troilo en la inigualable elegía El Gordo triste, palabras que bien pueden usarse para una definición de Huguito:

De qué Shakespeare lunfardo se ha escapado este hombre,
que en un fósforo ha visto la tormenta crecida,
que camina derecho por atriles torcidos,
que organiza glorietas para perros sin luna.
No habrá nunca un porteño rosarino tan baqueano del alba,
con sus árboles tristes que se caen de parado.
quién repite esta raza, esta raza de uno,
pero quién la repite con trabajos y todo

Notarán que este es un dossier mentiroso, apurado, amoroso, carente de cronologías y estudios críticos, que no toca su actividad plástica, fílmica, sindical, periodística; un dossier, en todo caso, que invita a dosieres futuros que nos hagan volver sobre su obra.

Diz entrevista a Piazzolla. Diario La Tribuna, 6 de octubre del 1978. Foto de Bambi García

Dossier para un dossier futuro:

Una lectura de Diz

Selección y lectura de María Lanese

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