Real, Patronato

Por MARINA Damiani

El título del humilde Club Atlético Patronato desnuda las miserias de nuestro lenguaje y el empobrecimiento de nuestro patrimonio futbolero. Y las desnuda porque las trasciende, porque no le importa qué dirá la prensa, la opinión pública nacional nacida en Buenos Aires, la horda de risueños comentaristas deportivos, la cantidad de diarios vendidos o de likes y campanitas en un video. No le importa nada de todo eso porque consiguió la gloria deportiva, porque en el camino al título de la Copa Argentina (obtenido la noche del domingo 30 de octubre, cumpleaños de Maradona y triunfo de Lula en Brasil) logró eliminar a los dos equipos más poderosos del país, Boca y River, y ganarle una final al millonario Talleres de Córdoba (ex club, devenido en Sociedad Anónima), porque descendido al Nacional B logró meterse en la Libertadores 2023 y adjudicarse el derecho de jugar una Superfinal en la estrafalaria Abu Dhabi, frente a Boca Juniors, en enero del año próximo. Y lo hizo jugando un fútbol modesto y sencillo, al tiempo que complejo y virtuoso, si entendemos como una virtud aquello que alguna vez sentenció Marcelo Alberto Bielsa:

“Lo importante es la nobleza de los recursos utilizados” 

El técnico del Patrón, Facundo El Colo Sava, psicólogo social y ex delantero de Ferro, Gimnasia, Fulham y Racing, entre otros equipos, pregonó, durante la buena campaña en primera división (descendió por los promedios, es decir: por un pasado que lo perseguía como una sombra) un fútbol asociado, en lo posible con pelota al ras, sin miedo de volver a ser el viejo Patrón de las ligas regionales, federales o del Nacional B, cuando se veía obligado a cortar el juego del rival con patadas o tirando la pelota a las nubes (en estas artes destacó su veterano capitán, Carlos Quintana), logrando una auténtica metamorfosis de juego, particularmente en partidos chivos, cuando la superioridad financiera del rival o la mala praxis de los árbitros le imposibilitaban hacer lo suyo, lo que en el fondo le hubiera gustado hacer durante los 90 minutos: salir por abajo, vertical, y a los pases ¡tiki tiki! llegar al arco rival.

Así salió campeón Patronato, el plantel que a mitad de torneo pasó una noche en una comisaría de Buenos Aires después de que protestara por haber sido impúdicamente robado contra Barracas Central, el caballo del Comisario, en un duelo decisivo por la permanencia. La figura del Patrón, durante toda la copa y el campeonato, fue Facundo Altamirano, su arquero atajador de penales (tiene mejor promedio que el ultrafamoso Rossi de Boca), destacándose también el mencionado Capitán Quintana, el habilidoso mediocampista Nicolás Castro, el aguerrido 5, Franco Leys, o la pareja de delanteros Jonhatan Herrera y Marcelo Estigarribia, este último goleador de la Copa, con 4 tantos. Pero el racconto de figuras es injusto con este Campeón y, como reza el lugar común en este caso cierto, la figura, durante toda la campaña y sobre todo en esta final, fue el equipo.

Es cierto: Talleres, que venía envalentonado y cuyo público ocupó el 75% de las tribunas del Estadio Mundialista de Mendoza, tuvo un dominio absoluto en el primer tiempo, pero ese dominio pasó principalmente por la personalidad del muy rápido y talentoso Valoyes y por algunos disparos desde afuera del área del enganche Garro. Y en esto se ve cómo el equipo cordobés subestimó a su modesto rival: salió a comérselo crudo, ansioso de gol, y por más que haya estado cerca, cuando el referí pitó el entretiempo, el marcador seguía 0-0.

En el vestuario el Colo Sava metió mano. Sacó al 9 de área Herrera (venía de una lesión) para darle lugar a Áxel Rodríguez, de menos potencia física pero mejor pie que su compañero. Así intentaba que la pelota estuviera al menos un poquito más en la lejana área rival. Y lo consiguió: en el complemento, la ansiedad de Talleres se convirtió en miedo. La promesa del título anhelado se transformó en presión. El amor de los 30.000 hinchas se transformó en una amenaza. Y empezaron a perder las pelotas divididas. Y a errar pases. Para colmo, cuando lograban insinuar un ataque, los patrones de Paraná no titubeaban en encajar una buena y ensayada patada, cortando el juego rival y sin temor de ver la tarjeta amarilla, algo que sucedió con 7 jugadores.

Así se emparejó el partido. Y así se paralizó el estadio cuando, a los 32 del complemento, el mediocampista de contención entrerriano Tiago Banega cortó un pase del rival en mitad de cancha y avanzó (esta cronista jura que vio, por un momento, que en su mano llevaba una lanza) trepidante, enganchando en tres cuartos de cancha, quedándole así la pelota un poco larga, pero sin embargo corriéndola y arrojándose al suelo para trabar ante el defensor rival… Y entonces sucedió la magia: el jugador de Talleres llegó a trabar una milésima de segundo antes y así la pelota rebotó en Banega, alzándose en el aire, de “emboquillada” o globo, contra el arco rival, superando a un desprevenido golero Alan Aguerre, quien subestimó la irreverencia ofensiva del 5 del Patrón y demoró, otra fatal milésima de segundo, en reaccionar. Gol de Patronato. La presión de los cordobeses se transformó en pánico. El pánico, como casi siempre sucede, devino en derrota. Y la derrota del poderoso, o la victoria del humilde, devino en lo que al principio llamábamos desnudez de nuestro lenguaje, empobrecimiento de nuestro patrimonio futbolero.

Mientras los jugadores de Patronato festejaban (todavía “sin caer”, como decían ellos) con su público (unas 10.000 almas llegadas a Mendoza de la lejana Entre Ríos) el comentarista del partido, Ariel Senosiain, dijo una vez consumada la victoria de Patronato, antes de destacar los dones del campeón:

“De esto está hecho el fútbol argentino, de esto está hecha la Copa Argentina: es cruel el fútbol con Talleres”, una frase que marcaría el enfoque que la prensa, con el correr de las horas, iría dándole a la crónica del partido, menospreciando con sus adjetivos al humilde campeón. Hacia la medianoche, el periodista del diario Porteño/12 Juan José Panno empezaría así su nota (que por cierto, aparece bien abajo, casi perdida, como si de un título menor se tratase):

“Con una increíble carambola, con mucho temple para aguantar las embestidas rivales, con un arquero que lo hizo todo bien, y con bastante suerte, Patronato se consagró campeón de la Copa Argentina”.

En la página principal del portal de Clarín, al día siguiente, la noticia brillaba por su ausencia, y en el recuadro del suplemento de deportes destacaba la no-noticia boquense titulada “Dudas y certezas para Ibarra”. En el portal del Olé (el único diario deportivo argentino, perteneciente al monopolio Clarín) la nota está abajo de todo, perdidísima entre no-noticas de Boca y River, despolitizadas elegías a Maradona (¿qué hubiera dicho el Diez?) y abundante información sobre una “increíble” gigantografía de Messi en la India.

Así el fresco título del Patrón quedaba, rápidamente, en el pasado de la conciencia de los argentinos. Según Panno, campeonó con “bastante suerte”, abstracción que los futboleros y futboleras de ley solemos desechar, dándola como banal argumento de los malos perdedores o de los periodistas vagos que olvidaron cómo se escribe una crónica deportiva: llama “carambola” a un gol soñado, a un gol-metáfora, a una aguerrida disputa del balón. ¿Qué partido vio, señor Panno? ¡Es cruel el fútbol con Talleres!, dice otro…

A este relato, a este coro que no distingue derechas de izquierdas, progres de liberales, nos referíamos al principio como «miserias de nuestro lenguaje». La victoria del Club humilde se desdibuja ante el tropezón de la poderosa Sociedad Anónima, siendo noticia esto último: ¿no sucede lo mismo a gran escala, en otros campos de nuestra mal narrada realidad? ¿Qué vemos cuando decimos que vemos, qué adjetivos usamos para decir lo que creemos que estamos viendo?

Todo esto podría sumirnos en una profunda depresión si no fuera porque, debajo de todas estas capas de injusticias, subyace lo real. Y en lo real, en este caso el bien ganado título del excelente y aguerrido team de Entre Ríos, están las narraciones que valen la pena, las que sí definen qué es esto que pasa en el mundo. Lo real está en el psicólogo social y DT Facundo Sava, quien dijo una vez obtenido el título y al ser consultado sobre las virtudes de su equipo que lo importante fue que el grupo, antes de cada entrenamiento, se tomó el tiempo necesario para hablar, para que cada integrante del plantel “sacara afuera” sus emociones, ya sean tristezas, enojos, angustias o alegrías; lo real está en Tiago Banega, el autor del gol, ex albañil (trabajaba junto al goleador del equipo Marcelo Estigarribia), quien una vez finalizado el partido se acercó a un notero para preguntarle si el referí le había dado el gol a él, y ante la respuesta afirmativa no hizo más que sonreír, como un chico, y repetir que su extraño gol es la metáfora perfecta para ilustrar la campaña de su equipo; lo real está en la figura del arquero Altamirano, a quien le consultaron si tomaba conciencia de que tenía mejor promedio de penales atajados que Rossi (otra vez el poderoso derrotado filtrándose en el triunfo del humilde) y respondió, palabras más, palabras menos, que no le importaba en absoluto compararse con Rossi; lo real está en el capitán Quintana, decidido a hablarles, con la medalla de campeón colgándole del pecho, a los futbolistas de todas las categorías del fútbol argentino, profesionales o amateurs, para decirles que lo fundamental es trabajar por los objetivos, sin importar el contexto, sin importar la magnitud del objeto del deseo, sin importar, agregamos nosotros, qué vaya a decir la prensa; lo real es la bandera de los hinchas del Patrón que reza, junto al escudo del club y del Partido Justicialista:

“Quieren bajarnos, no saben cómo hacer”.

Patronato es real. El campeonato es real. El partido fue real. Lo que dicen los campeones es real. Y es una realidad que nunca podrá quitarles la Realeza.

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