No acaVARás

Shhhiani Infantino, presidente de la FIFA

En un hospital argentino un paciente sufre los nuevos fuera de juego

Por Guido Crespi

Sum, ergo cogito

“y en el fetiche de un afiche de papel

se vende la ilusión

se rifa el corazón”

—A mí que me dejen de hinchar las pelotas con que no me dejan gritar los goles tranquilo con elvar y la tecnología y larreputísimamadrequelorreparió.

Así estaba, lo aseguro. Era un tipo más bien tosco, urso; y parecía en serio hinchado las pelotas. Hablaba a los gritos con quien se le cruzara por el pasillo del hospital, mientras en una camilla acomodada allí por la superpoblación del sanatorio (o sobreventa de alojamientos) esperaba que terminara de pasar el suero. El tipo estaba fastidioso, pero quería hablar de todo lo que le pasaba:

—Son las hemorranas, tío.

Salvo alguna enfermera que al pasar le contestaba algo, no contrapunteaba más que con el vigilante de la puerta. Los temas de siempre, la gente de siempre, pensé.

Un tiempo más tarde, tratando de arreglar la cubierta de una silla de ruedas –que en un sucucho esperaba el cambio mobiliario prometido de la nueva gestión, que llevaba 3 años y 11 meses– me volvió al balero eso de que no le dejaban gritar los goles tranquilo.

Mierda –dije para mí– qué cosa sentirse así. Como al borde de todo, todo el tiempo, sin poder desbordar. Al menos así yo me imagino lo que es no poder gritar un gol tranquilo. Y eso le hacía sentir el nuevo reglamento del fútbol, que por entonces se sumergía en esas fiestas llamadas mundiales. Abundancia de guita y mucha masturbación entre carteles, además del fútbol que supuestamente mejor se juega, rodeado de máquinas y computadoras para cobrar el orsai. Donde a la gente que más goza no se la ve, y para los demás, lo que al compadre: (si puedes) festejarás con prudencia. Dolorosa prudencia.

Arreglada la silla, fui a buscar a un paciente al que desde la terapia pedían traslado de cama. A sala común. La médica de la sala le explicaba que lo peor había pasado, pero que no se sabía cuándo podía volver. Que tenía que hacer todavía varios estudios más. A este tampoco le dejan gritar un gol tranquilo, pensé, mientras lo ayudaba a sentarse y le acomodaba la mochila de oxígeno, mientras desorbitaba sus ojos reconociendo la sala nueva, preocupado. Se lo pretendía prudente.

En ese tiempo, nos desvelábamos los miércoles a la noche con uno de los enfermeros, una técnica de laboratorio y un médico que salía a fumar con nosotros al patio. No todos los médicos desescalan el escalafón invisible pero sensible que existe en un hospital. En la escala fagocitaria se creen primero ellos, después el resto y, por último, nosotros: camilleros y servicios generales. Pero el de la externa de los miércoles parecía haber tenido su baño de humildad en algún momento de la vida. Aún así no dejaba de ser médico y casi siempre pasábamos, entre pucho y pucho, por la contradicción que nos despertaba ver al tordo fumando. ¿No violaba eso los principios más elementales del sentido común y la razón? ¿No trabajábamos viendo y escuchando cómo paseaba por el hospital gente enferma? Mientras que lo más escuchado, siempre, era la misma cagada a pedos de los médicos, investidos de prudencia, por el cigarrillo.

Alguna vez me animé a estudiar. Digo me animé porque las universidades a los tipos como yo les exigen pretensiones que no siempre estamos dispuestos a cumplir: de pilcha, de imagen, de clase. Soy hijo de migrantes: del campo a la ciudad. Aun así, y con algunas pocas concesiones, cursé el primer año de derecho. Y recuerdo, ahora que me vuelve aquel paciente del pasillo, a un viejo profesor y su ayudante, un joven abogado. Ambos docentes de filosofía del derecho, que siempre vestían de la misma gris manera, llegaban al mismo gris horario, tomaban el mismo gris café y, cuando por alguna intervención se llegaba al tópico de las masas y el fútbol, uno de ellos –indistintamente– solía terminar diciendo que, por suerte, Occidente entre Descartes y Spinoza había elegido al primero. Se pretendían prudentes.

Alguien, a quien no recuerdo, en una oportunidad me habló de lo instituido y lo instituyente, cuando le conté lo que pensaba de las elecciones políticas de ese año. También dijo algo de las hegemonías y no sé qué del capitalismo. No escuché mucho su perorata, salvo cuando dijo que no importaba tener la razón, sino conocer la razón.

—¿Y después, qué?

—Si llega, vemos. Por lo pronto, desconfíe de los árbitros y las pantallas.

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