Vida en la boca liberada

Tres poemas para Hebe de Bonafini

Por Fidel Maguna

“Yo tengo anotadito, para no olvidarme de nada…”

(Hebe de Bonafini, apertura de su último discurso en Plaza de Mayo)

I. Manifiesto.

Por la mañana, apenas me enteré de la muerte de Hebe,

recordé un poema en donde Nicanor Parra

dice que el poeta está para que el árbol no crezca torcido.

Lo había leído dos o tres días atrás, fugazmente, y desde entonces

no lograba comulgar con esa idea:

¡Que el árbol crezca como quiera! le discutía yo

a un Parra imaginario que no me contestaba.

Pero cuando me enteré de la muerte de Hebe

un acto reflejo me sentó a releer

con más detenimiento:

“Nosotros –dice Parra– conversamos 

en el lenguaje de todos los días,

no creemos en signos cabalísticos.

Además una cosa:

el poeta está ahí 

para que el árbol no crezca torcido”.

Terminaba la mañana de este nublado día de noviembre

y en la televisión transmitían el último discurso

que Hebe dio desde la Plaza, referido

a los jueces que persiguen a Cristina:

“Son una lata de mierda,

son más mierda que la mierda”, le oí decir,

y vi que sostenía un papelito manuscrito

y entonces comprendí que Parra

–que Parra y Hebe–

estaban en lo cierto.

(Domingo 20 de noviembre)

II. Oráculos.

Dice Ricardo Piglia que durante la dictadura visitó a la madre de un amigo. Dice que su amigo se llamaba Roberto y que lo habían desaparecido. Dice que tenía una hermana que se llamaba Eleanora a la que también habían desaparecido. Dice que cuando estuvo frente a su madre creyó estar frente al oráculo de Delfos. Dice que se llamaba Antonia Cristina. Dice que vivía en Villa Urquiza y que discutía con el televisor. Dice que le rebatía las mentiras al televisor. Y dice que la oyó explicarle:

Sólo le pido a dios que me den un minuto en la televisión para poder decir cómo son las cosas. Todas las noches repaso y ensayo lo que podría decirles en un minuto, lo cambio, lo ajusto…

Dice y reafirma Ricardo Piglia que Antonia Cristina era el oráculo de Villa Urquiza:

“Una mujer en la ciudad, que a la noche, antes de dormir, en la hora incierta en que el día cambia, memorizaba y revisaba y a veces repetía, en voz baja, la verdad, mientras afuera miles y miles de palabras, dichas por los así llamados voceros del poder militar, repetían sus canalladas tratando de borrar la realidad de sus crímenes, y los locutores de televisión y los periodistas principales repetían y ampliaban la versión distorsionada de los hechos, mientras en un departamento modesto en Villa Urquiza una mujer pensaba una y otra vez en darle forma a un relato simple, cierto, directo y frontal, que resumía y contestaba a las miles de palabras dichas por los canallas. La vidente debía ser una mujer íntegra, así en la Grecia antigua, y así también siglos después, en un departamento modesto en Villa Urquiza…”

Releo y pienso entonces en el último discurso de Hebe en la Plaza o Ágora de Mayo. Imagino que ese papelito que sostenía hace apenas dos semanas también fue escrito en la hora incierta en que el día cambia, en una modesta casa de La Plata, mientras afuera miles y miles de palabras, emitidas por los así llamados voceros del poder económico y judicial, por los hacedores de gacetillas de Embajadas y Gobiernos, encubrían el saqueo de nuestro patrimonio, la persecución política y judicial, la cotidiana represión fáctica y abstracta. Pienso que Hebe seguía ahí para que el árbol no creciera torcido. Pienso que Hebe anudaba el pasado y el futuro en el puro presente de su sintaxis. Pienso que ese nudo es el nudo del árbol que no crece torcido. Pienso en su lenguaje de todos los días y recuerdo lo que sentí ayer cuando vi el video en el que repetía la palabra mierda. Pienso entonces en mi abuela, que nunca insultaba, y se me ocurre que tal vez la sombra de algún antepasado gallego o calabrés la acechaba cuando la palabra mierda asomaba a su garganta. Pienso en nuestra vasta tradición de palabras prohibidas. Pienso en las palabras que reprimían los fusiladores del 55. Pienso en Alicia, la hermana mayor de mi madre, que nació con la palabra mierda prohibida y la palabra Perón más prohibida todavía. Pienso que en un mismo movimiento logró ahuyentar la sombra de ese antepasado y la sombra de la fusiladora y decir Perón en voz alta. Pienso que después de decir Perón en voz alta las demás palabras habrán venido solas: mierda, lata de mierda, más mierda que la mierda. Pienso que después del insulto, con la boca liberada de sombras, Alicia habrá conocido la lírica. Sé que en 1970 escribió dos sonetos cargados de amor adolescente. Y sé que el retorno al país del portador del nombre prohibido la cargó de un amor adulto que no entraba en el corsé del soneto y sí en la aparente libertad con la que se escribe la épica. Una libertad que ahora sabemos aparente y en la que Alicia inscribía libremente su historia para que el árbol no creciera torcido. No tengo cómo saber qué habrá sido de la épica y del lirismo y de la palabra Perón y de la palabra mierda en la celda del campo de concentración La Perla en donde la tuvieron cautiva hasta fusilarla. Yo no puedo imaginarla pero sí puedo decir que después de su muerte la sombra de nuestro antepasado gallego o calabrés se unió a la sombra de los fusiladores del 55 y del 76 y que siguió acechando a mi familia. Sobre todo a las mujeres de mi familia.

Pienso entonces en mi madre adolesciendo en la niña democracia. Pienso que esa sombra llena de sombras habrá acechado su garganta cada vez que la palabra mierda o la palabra Perón se posaban en su lengua. Pienso en mi madre adolesciendo con una sombra represora en la garganta. Y después recuerdo que en la niña democracia la señora Hebe visitaba los canales de televisión y los estudios de radio y que mi madre tal vez la haya oído decir la palabra mierda. Y la palabra Perón. Y la palabra hijos. Y la palabra asesinos. Y la palabra odio. Y en el corazón de la palabra odio la palabra amor. Y entonces pienso que mi madre tal vez haya oído a la señora Hebe teorizar sobre estas cuestiones utilizando el lenguaje de todos los días. Entonces sigo imaginando y puedo ver a mi madre de veinte años encendiendo la televisión una tarde del noventiuno y oyendo decir a la señora Hebe Pastor de Bonafini qué hizo con el odio que sintió el día del indulto:

Yo creo que el odio es un sentimiento y que no hay que reprimirlo, porque si uno reprime el odio se vuelve hipócrita. Entonces yo no puedo decir que no odio a aquel que hizo pedazos a más de 30.000 personas, que las violó, que violó a mujeres embarazadas, que nos robó a nuestros nietos, que decían que eran Dios, dueños de la vida y la muerte. Si yo digo que no los odio soy hipócrita: los odio desde lo más profundo de mi corazón. Y por eso no los voy a perdonar. Ni voy a olvidar. Así que sentimos mucho odio ese día, pero estuvimos en la calle: transformamos el odio y la bronca en lucha, en una lucha concreta, diaria, permanente. Sin dejar nunca la plaza. En trece años y medio no faltamos un sólo jueves a la plaza. La plaza la defendimos y la seguimos defendiendo porque es el bastión para nuestro pueblo: el jueves es el día que se reclama contra la injusticia, que los hombres y mujeres que son despedidos de sus trabajos, que son perseguidos, que los desalojan, van a la plaza. Y hay momentos donde se encuentran maestros, cartoneros recicladores juntadores de basura…  

¿Habrá oído eso mi madre? Podría llamarla y preguntarle pero prefiero imaginar que sí, que una tarde de hace treinta años oyó a Hebe en la televisión y sintió que se abría una puerta y que de esa puerta salía la luz de su hermana Alicia, ahuyentando la sombra de nuestro ancestro gallego o calabrés que se había unido a las sombras de los fusiladores. Podría llamarla y preguntarle pero prefiero imaginar que esa luz Alicia trepada en esa voz Hebe le despejó la garganta y que esa tarde, oyendo en otro canal a un publicista del indulto, mi madre insultó frente al televisor. Pienso que aquella vez imaginaria habrá insultado por puro instinto. Por puro instinto o más bien por puro amor a un recuerdo violentado: la lírica en la boca liberada vendría después, entender los motivos de ese insulto repentino vendría después, tocar con sus propias manos el nudo en el árbol vendría mucho después. Esa tarde que imagino es la primera tarde en la que mi madre larga un buen insulto sin sentir que una sombra represora la está acechando. Una tarde en la que el oráculo de la Plaza de Mayo no necesitó que le hicieran la consulta. Una tarde oracular que se repetiría durante miles y miles de días. Una tarde oracular que seguirá expandiéndose siempre y cuando el presente prosiga su expansión hacia el futuro. Siempre y cuando el presente prosiga su expansión hacia el pasado. Una tarde hojita de un árbol que no creció torcido. De árbol mal talado que no creció torcido. De árbol ahora rodeado de otras madres y otros hijos. De árbol todavía acechado por un ejército de sombras y de latas de mierda más mierda que la mierda. Pero antes que nada de árbol ahora iluminado de una luz Hebe que lo crece sin torcerlo.

(Lunes 21 de noviembre)

III. Respuesta de un reciclador que lee una carta

Son las nueve y media de la noche de un jueves y un hombre muy viejo espera

frente al monitor de la computadora que le instalaron sus nietos

que le llegue, como todas las semanas, un correo electrónico de Madres.

Vive en una ciudad pequeña ubicada en el norte de una gran provincia

en donde ciento cincuenta años atrás los ingleses fundaron un pueblo del futuro

en el que vivieron hasta que talaron el último quebracho y se fueron como plagas

dejando para el futuro solo los cimientos: el hombre muy viejo

tiene su casa adentro de la ruina de lo que alguna vez fue el salón

de un club de golf al que su padre tenía prohibido el ingreso.

Pero lo cierto es que para él su casa es simplemente su casa

y allí recibe por fin esta noche el correo: como todos los jueves

abre la gacetilla de Prensa Madres y lee una austera

crónica sin firma y pocos adjetivos que da cuenta de lo que se dijo por la tarde en Plaza de Mayo

y después abre, como todos los jueves, el video de la marcha circundante

que a él lo devuelve por un rato a la ciudad en la que vivió cuando no era tan viejo

junto a su mujer y sus hijos y un caballo famélico que lo llevaba y traía

por barrios y centros y por más barrios y más centros en los que nadie

quería oír la Lengua que tenía debajo de la lengua, donde nadie quería oír

la historia que tenía debajo de cartones y botellas y madejas de alambre:

donde nadie NO, donde CASI nadie, piensa ahora el hombre mirando en su computadora

el video de Prensa Madres en donde la mujer que una vez

lo miró como si fuera su madre y lo oyó como si fuera su hija pregunta si somos capaces

de darlo todo. H, responde en guaraní el hombre muy viejo, desde su casa

ubicada en un pueblo del futuro en donde no hay Plaza de Mayo

pero sí una Lengua que sobrevivió a la lengua y sí una historia

que una tarde de hace muchos años, cuando su caballo famélico

lo llevó por pura terquedad a la Plaza, empezó a reciclar en su boca

frente a la atenta escucha de esa madre hija que ahora, en el final del video,

en el final del video y de su vida, pide una gran pueblada.    

(Martes 22 de noviembre)

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