Lágrimas de Laura Copello

El teatro rosarino, sensible como su público, dijo en el 2022 mucho de lo que nos pasa y somos. Entre lo escrito y lo no escrito, la obra “Todavía no (lo importante de acordarse)” sirvió como condensador de ambos

Por Andrés Maguna

Laura Copello llora. Lo hace sin miramientos y sin tratar de ocultar sus lágrimas. Palpita impúdicamente su emoción al compás de los aplausos sostenidos que coronan el final de Todavía no (lo importante de acordarse) en el estreno en el Teatro de la Manzana, “su” Teatro de la Manzana, una calurosa noche de mediados de noviembre del 2022 en el centro de la ciudad de Rosario, provincia de Santa Fe, Argentina.

Cuarenta y cuatro personas que colmábamos la sala aplaudimos a Laura, quien tomando las riendas de su conmoción habló, agradeció y celebró que la sala, uno de los emblemas del teatro independiente de Rosario, cumplía treinta años de vida.

A las muchas cosas que me revoloteaban por la cabeza, en su mayoría relacionadas con el origen y el sentido de las lágrimas de Laura Copello, se sumó un recuerdo, pues caí en la cuenta de que conocí a Laura hace treinta años, en 1992, cuando yo empezaba a trabajar en la sección Espectáculos del diario La Capital y ella trajinaba los espacios comunicacionales difundiendo la novedad de su emprendimiento, buscando amplificar la convocatoria al indispensable público.

En aquel entonces empecé a escribir crónicas y críticas sobre el teatro rosarino, que por entonces no incluía “las artes escénicas expandidas”, “el teatrocirco tercermundista” o las “performances escénicas multimediales”, aunque sí el incipiente “teatro danza”, y que rara vez se adjetivaba “independiente” (palabra que se comenzó a utilizar en la Argentina a fines de los sesenta). En junio de 1998 me “pasé” al naciente (salió a la calle el 7 de octubre) diario El Ciudadano, donde fui jefe de Espectáculos hasta el 29 de abril del 2000, cuando el Multimedios La Capital lo compró y lo cerró tras enviar 137 telegramas de despido a la totalidad de su personal. Desde aquel día no escribí nada sobre la escena rosarina hasta hace menos de un año, cuando mi escritura sobre el tema encontró cobijo en la Revista Belbo. De eso, de lo que sucedió en este tiempo y pude ser testigo, de lo que me fue develado y me percato ahora, hablo, o trato de hablar, en la presente nota.

En el material de difusión de Todavía no (lo importante de acordarse) aparece una síntesis:

Una mujer insomne juega con sus recuerdos. Reconstruye su infancia, sus mares y sus amores. Ahuyenta a la muerte creando paisajes con juguetes en miniatura que recrean escenas de su vida, como en las películas. Todavía no (lo importante de acordarse) es una obra de teatro y objetos que habla sobre la memoria y la soledad, apelando al humor y a la ternura.”

Y ahora que lo releo, bajo la premisa de hacer una especie de repaso de lo que vi sobre tablados durante este 2022 que se va, me suena a que todos somos hombres y mujeres insomnes que, ante la inminencia de la muerte, jugamos con los recuerdos, recreando escenas de nuestras vidas como en las películas.

Reuniendo mis apuntes, entonces, vuelco lo que escribí en papel de papel sobre papel digital, mientras coloco aquí y allí, a medida que aparece, lo que escribí sobre papel mental (los tres soportes de papel que existen).

Tengo, también, una breve lista de lo que quedó en el tintero (obras que vi o no pude ver, cosas que escuché, diálogos que mantuve); un tintero que puede considerarse lleno de lo no realizado, lleno de un vacío de contenidos en espera de manifestarse. Pero un tintero al fin, con un lista concreta dentro: la obra Monsieur Proust, escrita y protagonizada por Patricia Suárez, que se presentó en el teatro La Comedia en el marco de la Feria del Libro de Rosario; la pieza multimedial Proyecto (REC), de Jesica Biancotto, en la sala Príncipe de Asturias del Centro Cultural Parque de España, como uno de los tres resultados del ciclo de laboratorio y residencias del CCPE titulado Descarriadas; la entrevista que les hice a Vanina Pons y Paula Aguirre respecto de su experiencia en desarrollo sobre la práctica de “lo humano acuático”; la performance llamada Salón Kiki Mostricia en el galpón de EMAU como parte del Festival de Artes Escénicas de Rosario; la proyección en el MACRO del crudo de un documental sobre el fotógrafo Alberto Goldenstein; la obra de Roland Schimmelpfenig Die Vier Himmelsrichtungen, creada e interpretada por Dana Maiorano, Felipe Haidar y Emiliano Dasso; la puesta en escena, en el espacio Micelio, de Bardo carnal, con dirección y dramaturgia de Francisco Fissolo; la entrega de los premios La Gordillo en el teatro La Comedia, y una cuantas cosas más de mayor y menor entidad e identidad, de mayor y menor sensibilidad e insensibilidad.

Estas asistencias de las que no publiqué nada se dieron entre muchas otras sobre las que sí, en notas que el lector podrá encontrar escribiendo la palabra “Teatro” en el buscador de Revista Belbo. Pero volviendo a las lágrimas de Laura Copello, puedo decir que fueron el aleph a partir del cual pude desmadejar unos cuantos intríngulis que no mostraban punta o se me aparecían como cuestiones bífidas de lo opuesto y lo complementario, entendiendo que todo (como en el caso del tintero vacío y lleno, o lleno de vacío) se componía de lo bueno y lo malo, o lo mejor y lo peor, lo berreta y lo de calidad, si les gusta más, o más y menos, que es como en realidad e irrealidad puede ser, ya que todo argumento tiene su refutación, en la que lo encontrado y lo perdido significan distintas maneras de partir y regresar por un camino que une y desune destinos, donde generosos y avaros, simpáticos y antipáticos, sociables y huraños, en un continuo discontinuo, a la vez parejo y desparejo, simétrico y asimétrico, recrean orden y caos en equilibrio y desequilibrio, sabiéndose creyentes y ateos, fieles e infieles a un tiempo, siempre con el amor que pueden conseguir y el odio que tratan de combatir, día y noche, en blanco y en negro, en días de sol y nublados, sintiéndose livianos y pesados, felices e infelices.

Ese puñado de espectadores del teatro rosarino, un chorrito mínimo e indispensable que lo mantiene con vida, también se reflejaba en las lágrimas de Laura Copello, que no eran simuladas ni disimuladas, que decían “a pesar de todo”, que valió la pena la valentía de representar el conflicto (en el sentido de que teatro es conflicto) para el otro sin mirar a quién.

También me siento obligado a señalar que, dos semanas antes de la función de Todavía no… en el Teatro de la Manzana, Laura había hecho dos presentaciones, un viernes y un sábado, en la sala principal del Parque de España, sobre un escenario cinco veces mayor que el de su pequeño teatro, y en aquella ocasión (yo fui el viernes), aunque emocionada, no lloró. Esa noche, antes de entrar a la sala me encontré y charlé un par de minutos, en el hall, con el director Ricardo Arias, y me contó que estaba contento porque se había jubilado de la docencia oficial tras una pila de años. Lo felicité y le pregunté si iba a trabajar en algo en el verano, y me contestó que de ninguna manera, que se iba a tomar las vacaciones más largas posibles, que pensaba descansar, en algún lugar paradisíaco, luego de un intenso año de labores concluidas. Le dije algo así como “¡qué bueno!” y no seguimos hablando porque habían dado ingreso al santuario.

Me quedé reflexionando sobre mis propios planes e ideas respecto del descanso anual llamado vacaciones, y sobre “el merecimiento” por tareas realizadas, obligaciones cumplidas, entregas de lo pactado en contratos. Es decir, como una especie de premio al haber dado más de lo recibido, al haber puesto onda allí donde no era pedida o necesaria. Y me quedé pensando en lo que había hecho, entregado, concluido con mayor o menor éxito, y entonces saltó lo que había empezado y no había terminado, en un proceso que me trajo a estas líneas.

La obra que Copello coescribió con Felipe Haidar se adentra en la intimidad de una mujer mayor de edad que, en la soledad de su casa llena de cajas con vestigios de su pasado –pruebas afectivas de su existencia– y ante la inminencia de su inevitable cita con la muerte escribe una carta y graba un video para que lo encuentre, tras su partida del mundo terrenal, su amigo del alma.

Felipe Haidar y Laura Copello, amigos, compañeros y coautores de “Todavía no…”

Las dotes actorales de Copello, pulidas y trabajadas a lo largo de años y años, le permiten la exposición de su personaje en toda la ridiculez de su desnudez sentimental, una exposición descarnada de artificios manieristas, y lo que quiere expresar se aprecia a los pocos minutos de comenzada la obra: la vastedad de una existencia se puede condensar en unas pocas palabras, en un breve baile, algunos juguetes, contadas imágenes. Como un corto bien editado, completo en su finitud y abierto a la inmensidad de la potencia expansiva de la imaginación, pues se anima a imaginar la vida de un alma que transmigra sin despojarse de sus recuerdos.

Puedo estar exagerando en la arqueología del sentido, pero este año, en mi rentrée a la crítica teatral, comencé a poner en práctica la recomendación de Antonio Gramsci de observar al público y sus reacciones, orientando mi disposición al concurrir a presenciar puestas escénicas como la de un “tercer observador” que observa la interacción de dos observadores que se observan entre sí: el público que observa la obra y la obra que observa al público. Y el público de Todavía no… se metió de lleno en el juego propuesto y se compenetró con su papel de actor principal e indispensable para la fluidez del feedback.

Y para terminar con el atado de cabos sueltos, habiendo cumplido apenas con esta devolución debida a la gente de La Manzana, encuentro energías preñadas de desánimo para concluir que valieron la pena los esfuerzos de Patricia Suárez con su Monsieur Proust, pese a los muchos actos fallidos de la puesta (Patricia recitó mal puntuado su propio texto; las actuaciones fueron desparejas; la escenografía no estaba adaptada al escenario); que Jesica Biancotto logró expresar cuestiones importantes en su Proyecto (REC) más allá de que la obra tenía descosidos sus fragmentos y se perdía el sentido de algunos mensajes; que Vanina Pons y Paula Aguirre descubrieron algo más que interesante en la exploración del humano acuático, que podemos serlo todos quienes no aventuremos a ciertas prácticas sumergiéndonos en las aguas, cualquier agua; que el universo escénico trans, LGTBIQ, avizorado en Kiki Mostricia está explotando con fuerza y sin pedir permiso, atropellando y siendo atropellado, reclamando atención al desbordarse a sí mismo; que un proyecto en desarrollo, como el film sobre Alberto Goldenstein, puede ser una obra concluida en su inexpresable inabarcabilidad, y dar acceso al conocimiento de una obra fotográfica genial de un maestro en lo suyo; que Die Vier Himmelsrichtungen y Bardo carnal tiene muchos puntos de contacto, pues son obras de ritmo vertiginoso, de riesgo físico para los actores, bien sobre el público, y ambas trabajan “lo teatral” traspasando la cuarta pared, exponiendo textos de reciprocidad cíclica de cuidada elaboración; y que en todos los casos mencionados se encaró el asunto, se encararon todos los aspectos de la propuesta, con la máxima seriedad, con absoluta responsabilidad y conmovedor compromiso, e incluyo en esto que digo la pomposa y casi kitsch entrega de los premios La Gordillo, que por primera vez se hicieron con ternas de nominados,de 54 obras, en un montón de categorías. No puedo decir mucho de las piezas premiadas, pues de las 54 nominadas solo había visto una (La moribunda), pero sí puedo decir que la entrega me hizo pensar que hay un “otro teatro independiente rosarino” que espera ser descubierto, o que yo espero tener la oportunidad de descubrir.

Por ello, para finalizar con un final abierto, nada mejor que una promesa: el año que viene en estas páginas volátiles entre nubes digitales, virtuales en su obstinación, seguiré intentando escribir sobre la representación ofrecida desde el escenario, los escenarios, en esta Rosario hermosa y terrible, por artistas de la representación escénica, y conoceré (y trataré de escribir crónicas sobre ello) las muchas salas llamadas “de teatro independiente” que aún no conozco.

Eso es todo, queridos lectores de la Revista Belbo, queridos espectadores del teatro rosarino (el teatro que puede convertir algunas de nuestras dificultades para deleitarnos con un arte social y político, que sale al ring para interpelarse, en facilidades para acceder al sentimiento de plenitud en el camino del autoconocimiento), y soy consciente de que no dije ni un ápice de lo que quería decir, pero creo que la intención quedó casi manifestada. Porque dentro y fuera de la esfera, más o menos metidos con la materia, o con la antimateria, desde este lado nos empeñaremos por borrar los límites entre literatura y política, entre el lenguaje escrito y el lenguaje del cuerpo, entre el teatro de la palabra y el teatro sin palabras, entre la palabra y el concepto, entre escribir y no escribir. Entre trabajar en aquello cuyas ganancias no se pueden traducir en dinero y trabajar por la necesidad de dinero generada por un sistema perverso. Entre el cosmos de las lágrimas de Laura Copello y el agujero negro de la incapacidad de comprenderlo.

Entre la palabra “comienzo” y la palabra “fin”.

FICHA TÉCNICA

Título: “Todavía no. Lo importante de acordarse”. Texto: Felipe Haidar y Laura Copello. Intérprete: Laura Copello. Dirección: Felipe Haidar. Asistente de dirección, mapping e iluminación: Flavia Cisera. Acompañamiento plástico y construcción de objetos: Pali Díaz. Diseño de vestuario: Nicolás D’Aquila. Música original: Agustín Alzari. Diseño gráfico: Celeste Ciafarone. Sala: Teatro de la Manzana, San Juan 1950. Función del viernes 18 de noviembre del 2022.

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