Tono vital para seguir bailando

Fotos: Ariel Smania.

Sobre Cien veces, obra de danza contemporánea interpretada por Abigail Nant, Vanesa Moreira, Florencia Rocco y Belén Wegelin

Por Lucía Fantauzzi

 Son las 21 horas del viernes 25 de agosto. Es la última función de Cien veces, obra de danza contemporánea que se presentó durante cuatro viernes consecutivos en Espacio Bravo. Somos muchas personas esperando en el patio para entrar a la sala. Cuando pasamos la obra ya había comenzado. Mientras el público se acomodaba en sus asientos cuatro mujeres vestidas de rojo practicaban la quietud en escena. Antes de que el último espectador se sentara, ellas comenzaron a moverse al ritmo de una percusión. Había humo en el ambiente, no demasiado pero el suficiente para que el aire se volviera espeso. Se había creado un clima y, por un momento, creí que adoraban el piso que las sostenía. Entre los movimientos ligados y circulares, el humo y las luces, entré en una especie de ensoñación. Entonces la iluminación cambió.

Caída y recuperación. Se escuchan las respiraciones muy fuertes, mientras un conteo hasta cien persiste, desordenadamente. Los cuerpos parecen cansados, como si algo los pulsara y respondieran por reflejo. Dicen que cuando una se cansa aparece el release. Esto tiene sentido, si traducimos release como “liberar” o “soltar”. ¿Qué formas adopta el cuerpo, qué musculatura activa para responder en una situación incómoda? ¿Qué reserva? ¿Qué estrategias usa para liberar la menor energía posible? ¿Cómo se mueve cuando no lo interviene el pensamiento consciente?

Un papel muy grande, compuesto por partituras y hojas de guía de teléfono, se desplegó en el espacio. ¿Cuántas horas invertidas había en ese manto gigante, cuánto trabajo para hacerlo, para explorarlo y ensayarlo? Las cuatro bailarinas quedaron cubiertas por ese manto de papel que se movía: parecía una masa que se desplazaba por el suelo. Tres de ellas se perdieron entre otros papeles que había en el fondo de la sala, mientras ese objeto animado tomaba distintas formas en el espacio. Desprendía una potencia visual y sonora que a veces me recordaba a un cabezudo del carnaval uruguayo, otras veces al dragón que usan en el Año Nuevo chino. No fuimos muy conscientes de cuándo estaban fuera o dentro las bailarinas, ni tampoco vimos el cambio de vestuario. Jugaban con nuestra percepción del tiempo y de las cosas. Una voz relataba algo, a veces la palabra era clara y de vez en cuando se fusionaba con el sonido del papel en movimiento y se tornaba ininteligible.

El peso de una se volcaba en otra y en eso se armaban estructuras que avanzaban y retrocedían. No tenía sentido disociar lo liviano de lo pesado. Se generaba una red de sostén que mostraba lo íntimo de lo colectivo. Disfruté la obra porque vi a cuatro mujeres en escena permitiéndose jugar, reconvertir y reconvertirse. Esos cuerpos eran, por momentos, otras cosas. Se necesita cierto grado de libertad y confianza para entrar en el juego. No había nada impostado, el gesto era genuino. No intentaron sorprender al espectador con algún artilugio del tipo impacto eficaz que, en estos tiempos en los que el consumo indiscriminado, incluso en el campo artístico, se ha vuelto tan común como silencioso y en donde cada espectador parece ser un blanco de posibles ventas, donde se recurre a la saturación de estímulos en base a distintos soportes y el trabajo profundo se hace difícil de apreciar porque lo superficial vende más y más rápido, acortando los procesos de creación por el timing que marca el mercado…

Estas mujeres, en la labor de poner el cuerpo en escena, nos traen una propuesta luminosa que nos devuelve las ganas de seguir bailando, de ocupar los espacios, confiando en que hay un tono vital* que nos guía, que en la danza se puede trabajar con seriedad y disfrute, colectivamente, sin bombardear sensibilidades.

En el material de difusión de la obra se lee, entre otras cosas: “¿Qué estados atraviesa un cuerpo a lo largo del tiempo? En el registro de su historia, ¿qué se transforma?, ¿qué desaparece?, ¿qué permanece?”, preguntas que se reflejan en Cien veces, sin que la búsqueda sea responder y sin que una intención de exhibir el virtuosismo de la técnica, evidentemente pulida en exhaustivos ensayos, empañara o dispersara las interpretaciones que cada quien pudiera darse. Tras el cierre y los aplausos, la ternura y la modestia de las palabras de Vanesa Moreira (intérprete y coordinadora general de la obra), junto con el abrazo grupal final, terminaron de conmoverme. Había un motivo más para festejar: una de ellas cumplía años. Se retiraron de la sala tomadas de las manos, dando pequeños saltos y cantando. Y al salir, en el patio, el público parecía relajado y alegre. Eso me hizo creer que somos varias las personas que esperamos que esta obra continúe.

*Kesselman, Susana: “El pensamiento corporal. Biopolítica de las sensaciones”; Revista Topía, número 49, 2007

FICHA:

Título: “Cien veces”. En escena: Abigail Nant, Vanesa Moreira, Florencia Rocco, Belén Wegelin. Asistencia técnica: Maricel Zitto. Diseño y asistencia de luces: Andrés Martorell. Creación musical: Iván Topolevsky. Fotografía: Ariel Smania. Prensa y difusión: AndaProducciones. Vestuario: Luisha. Idea y coordinación general: Vanesa Moreira.

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