Un escritor italiano en los ferrocarriles de México

Gian Marco Griffi (Asti, 1976)

[Artículo bilingüe] Sobre Gian Marco Griffi y su Ferrovie del Messico, novela todavía inédita en castellano publicada por la pequeña editorial Laurana que, gracias al boca en boca de los lectores, logró este año sacudir el mercado editorial italiano: habla el autor sobre las influencias de “lo latinoamericano”, desde el lunfardo en Arlt hasta los descensos alcohólicos de “Bajo el volcán” de Lowry pasando, claro, por Borges, Bioy y Bolaño.

Por Lorenzo Germano,
desde Santo Stefano Belbo

De la marea de títulos que cada año inunda las librerías italianas, la mayor parte refiere a historias familiares o a traumas personales: se trata de la así llamada “literatura de premio”, que tanto insiste en contar historias autobiográficas. Sin embargo, existen excepciones, un tanto raras, que se arriesgan aún a calentar el corazón de los lectores sin recurrir a acontecimientos banales y estereotipados. Así lo confirma la historia de Gian Marco Griffi, escritor de Asti nacido en 1976, que se ha dejado ver entre los candidatos al premio Strega con una novela larga (800 páginas), llena de invenciones literarias y experimentaciones lingüísticas, publicada en una pequeña casa editorial (Laurana), luego de sacar dos libros de cuentos que han pasado desapercibidos; características que habrían debido negarle cualquier posibilidad de darse a conocer por el gran público. Sin embargo, su reciente novela, de una edición inicial de apenas 168 copias en mayo del 2022, Griffi ha llegado a vender más de 25.000 ejemplares, transformado en un suceso editorial gracias al boca en boca de los lectores.

¿De qué habla Ferrocarriles de México y por qué ha llegado a apasionar a tantos lectores? El hilo conductor es la épica búsqueda de Cesco Magetti, un joven soldado de la Guardia Ferroviaria Republicana de Asti (un cuerpo marginal del Ejército de la Republica de Salò, creada por Mussolini luego del armisticio de septiembre de 1943, en una pequeña ciudad del Norte de Italia) a quien sus superiores le piden que diseñe un mapa de las líneas ferroviarias mexicanas: un pedido tan absurdo como inútil para el soldado, que no tiene idea de dónde partir (como nos sucedería a cualquiera de nosotros, sobre todo sin Internet y Wikipedia). Detrás de esta tarea, como lo descubriremos más adelante, está metido el propio Hitler, pero el pobre Cesco, atacado por un terrible dolor de muelas, todavía no lo sabe, como no sabe que en la misteriosa Santa Brígida de la Ciénaga hay un arma que puede terminar la guerra.

Cesco —que no es un fascista convencido, sino un muchacho como tantos de su generación que, con poca convicción, se incorporó a la vida militar—, durante la investigación se enamora de la bella bibliotecaria Tilde Giordano, correlativo objetivo de la poesía y del amor romántico. La chica es sólo el primer personaje de una serie casi infinita que encuentra el protagonista, que inicia su aventura en el único lugar que puede ayudarlo, la biblioteca de Asti, donde hay un ejemplar de la Historia poética y pintoresca de los ferrocarriles de México de Gustavo Baz, pero, lamentablemente, el volumen está prestado. Así el joven soldado, cada vez más perdido, se encontrará en el ruinoso departamento de un pintor, en un club ferroviario, en el baño público de la ciudad y en un campo de golf, sin poder encontrar el libro.

Vivirá una odisea picaresca, cruzándose con los sepultureros Angelo Zanon, conocido como Lito, y Mec El Mudo, cuyo trabajo consiste en hervir los cadáveres en el cementerio de San Rocco; con el cartógrafo samoano Epa, llegado al Monferrato muchos años antes gracias a la maestra Giovanna, de la cual se enamoró; con el poeta vanguardista ferroviario Edmondo Bo (quien ha concebido la teoría que señala que los verdaderos poetas son solamente aquellos que se suicidan y donde su valor se relaciona con el tipo de muerte que eligen); con el horrible Obersturmbannführer Hugo Kraas, amante del arte italiano, mediocre golfista y despiadado SS en Italia; y con Ettore y Nicolao, misteriosos clientes fijos del night club secreto El Águila Agonizante, simpatizantes de los partisanos, con los cuales el joven soldado se permite ver un partido de fútbol en el estadio Censin Bosia.

La Argentina

La Sudamérica que emerge en los relatos de los sepultureros Lito y Mec es un recurso literario, hecho de lecturas e inspiración inconsciente del autor, quien nunca puso un pie en los lugares descriptos, según él mismo ha confesado. El primer lugar latinoamericano evocado no es México, sino Argentina: cuando Zanon le cuenta a Cesco y a Tilde sus viajes por el mundo —la pareja fue al cementerio creyendo que el volumen de los ferrocarriles está en manos del sepulturero, como indica la lista de préstamos— dice que el apodo “Lito” se lo puso Amaranta, una mujer que “bailaba como la encarnación de Tersicore si Tersicore tuviera un cuarto de su escote y hubiese bailado el tango”, a quien conoció en 1913 ó 1914, cuando trabajaba en una planta eléctrica de Buenos Aires.

Incluso en el primer encuentro entre el militar y la muchacha, momento clave, se cita a un argentino: el poeta Vicente Orozco, autor del poemario Cuaderno helénico (quizá otro de los tantos juegos literarios de Griffi, que aquí no sólo inventa a un escritor que nunca existió, sino a una generación entera de artistas argentinos de la generación del 37, que la bibliotecaria le menciona y Cesco finge conocer, atrapado por su belleza).

“Tilde abrió uno de los libros que estaba acomodando. Recitó una poesía de Orozco. No la entendí. Me preguntó si me había gustado. Dije que me había gustado muchísimo. En cambio, debería haberle dicho que sus ojos me recordaban ciertos bosques de la Turingia, que nunca había visto pero que en aquel momento los imaginaba precisamente como sus ojos, con la luz del sol que caía oblicua en una tarde de junio y que mostraba el polvo generado por la naturaleza, las minúsculas semillas de las flores, la penumbra. Me sorprendí de aquellos pensamientos. Desconocía cómo me había llegado a la mente la Turingia. No sabía, incluso, dónde estaba la Turingia y si tenía bosques…”

La ciencia ficción

La ambientación temporal de la novela es casi de ciencia ficción, porque el febrero de 1944 de Griffi no es el histórico, aunque se le parece bastante: un indicio está en el encuentro con Tilde en el que Cesco cita al cuento “Bivi en el tiempo”, de Murray Leinster. Nos encontramos, en efecto, en una versión paralela y ucrónica de aquel año, en la cual los nazis hicieron descubrimientos extraordinarios desde el punto de vista tecnológico y científico: entre ellos el aparato industrial para hervir cadáveres y el distribuidor automático de bebidas, ambos presentes en el cementerio de Lito y Mec. En el relato se encontrarán también una fábrica que produce colores capaces de influenciar en el estado de ánimo de las personas y una inquietante máquina de exprimir palabras (una suerte de traductor inventado por las nazis).

La idea de añadir elementos extravagantes y anacrónicos, confiesa el escritor, pudo haber surgido de una novela argentina, La invención de Morel, de Adolfo Bioy Casares. En dicho texto se encuentran pasajes que sorprenden al lector, pero, al mismo tiempo, lo inducen a reflexionar sobre las peligrosas derivas de la ciencia, que arriesgan desposeer al hombre de sus rasgos distintivos. Griffi, interrogado, admite:

—Ese libro me ha ofrecido la inspiración para las maquinarias presentes en Ferrocarriles… Se trata de un texto perturbador, que te descoloca; procede de un ambiente en el cual vivían Bioy y su amigo Borges, donde la literatura era, también, un juego de interrogantes y de fantasía. Cuando voy a escribir en la pagina en blanco, llevo estos textos dentro de mí.

“Este café es siempre la misma mierda, cada tanto espero que, como por arte de magia, durante la noche, un hipotético genio del café penetre en el aparato distribuidor aumentando la gustosidad, pero asimismo cada tanto no hago otra cosa que constatar que es irremediablemente idéntico al del día anterior: una verdadera mierda. Un café debe poseer algunas características indispensables de cremosidad y viscosidad. No creo que sea muy complicado intuir que un buen café aumenta las capacidades de concentración de quien lo bebe, pero a los responsables de los cafés les importa un carajo. Existen estudios científicos que prueban sin sombra de dudas que un café gustoso aumenta la facultad de los dependientes en un treinta y uno por ciento. El mismo discurso vale para las tetas de las secretarias: tetas de verdad, producen armonía; tetas de goma, producen mas tensiones. Pero a mí corresponde beber esta agua fangosa e insulsa y trabajar con ustedes dos, estúpidos.”

La lengua

Después de haber trabajado en Nicaragua, Lito y Mec se establecen en México, convocados por Gustavo Baz, futuro autor de la Historia poética y pintoresca de los ferrocarriles de México, quien, con el fondo de la Guerra Cristera, decide emprender un largo viaje en los ferrocarriles mexicanos para contar el mundo a sus alumnos de la escuela primaria. Tal vez su verdadera intención fuera la de llegar al sitio donde vivía su padre, quien lo había abandonado cuando era niño: Santa Brígida de la Ciénaga. El trío se mueve entre aventuras tragicómicas a su regreso a la ciudad mexicana, luego de recibir un telegrama que anuncia la muerte del hombre: descubren un enclave donde se habla el esperanto y donde el slogan del gobierno es “Más secretos que los ángeles son los suicidas” (una cita del poeta italiano Milo De Angelis y también al primer libro de cuentos que Griffi ha publicado).

Este dato es útil para mostrar el experimentalismo lingüístico de la novela, ya que en las páginas aparecen algunas frases en la lengua inventada por el ocultista polaco Ludwik Lejzer Zamenhof, además de que en todo el libro hay un amasijo hecho de diversos idiomas: español, francés, alemán, griego antiguo (presente en una extraordinaria escena de catábasis alucinatoria del protagonista en los baños públicos de Asti). El italiano se resiente, en cambio, por una patina de dialecto piamontés, dentro de la óptica de restituir lo más fielmente posible conversaciones realistas para la época en la que se ambienta la novela. La lengua es maleable y se adapta para imitar todos los registros e inflexiones posibles.

Si la voluntad, tal como habíamos aludido, es la de crear una obra-mundo que compita con la realidad en su multiplicidad de formas, la utilización del slang, del lunfardo, proviene de otro sudamericano amado por Griffi, Roberto Arlt:

—El lunfardo es una especie de argot que se hablaba en Buenos Aires, del cual el escritor argentino hace uso excelente en El juguete rabioso. Es una cosa celiniana y gaddiana, un modo de escribir y de entender la lengua como un código que ha resultado bellísimo y de denso significado. Lo he traspuesto con la utilización del único argot italiano: la zerga.

Se trata de la antigua jerga astuta, usada en Italia y Francia entre los siglos XVI y XX por el bajo fondo para no dejarse comprender. También el piamontés, para Griffi, reviste una función análoga: los personajes de Asti lo utilizan contra la injerencia alemana como forma de crear una suerte de resistencia lingüística.

México

¿Y Roberto Bolaño? La atracción de los personajes de Ferrocarriles de México por la ciudad de Santa Brígida nos lleva a recordar la misma atracción por Santa Teresa en la novela 2666, así como la violencia que se respira en el viaje a Tehuantepec en el cual Lito y Mec, acompañados por Gustavo, encuentran a la fotógrafa Tina Modotti y a las tehuanas Porfiria y Socorro, revolucionarias y comunistas que regalan a los dos italianos una nota de amor y de fuego. El día después, la amante de Mec, Porfiria, es encontrada degollada en un tanque de agua. Y el trío sólo puede salvarse gracias a la ayuda de la fotógrafa que responde por ellos ante las preguntas de la policía. El motivo del crimen es probablemente político y desligado de los dos futuros sepultureros, pero puede traer a colación los homicidios seriales de las mujeres en Ciudad Juárez narrados en “La parte de los crímenes” de la novela de Bolaño.

Las correspondencias, a nivel de trama, se cierran aquí, pero tal vez la verdadera característica que Griffi ha extraído de la poética del chileno sea más estructural: es la capacidad de llevar adelante una narración fluvial, en la que los puntos de vista se alternan y las historias proliferan de tal manera que el libro podría no finalizar nunca (en este sentido, es significativo que hacia el final se anuncie una segunda parte). De cada personaje se explayan tramas que podrían llegar a ser material para otras novelas, un poco como alude Griffi diciendo que de Lito y Mec podría crearse una novela para profundiza r en sus aventuras.

—No sé si Bolaño me ha inspirado, tal vez un poco por mi lectura de Los detectives salvajes, pero más específicamente es su modalidad de escritura y el deseo de contar historias tras historias lo que me ha seducido. Dado que hablábamos de spin-off, él, con Los detectives salvajes, ha hecho algunos: tal vez en esto me siento cercano a él, porque me complace reutilizar algunos personajes para otras novelas.

Son, en realidad, Borges y Lowry los dos padres en los cuales se ha inspirado plenamente para representar su México. El primero impregna toda la novela y es citado de manera obsesiva, cuando no reescrito de manera vistosa: inicialmente, cuando Tilde y Cesco llegan al cementerio, citan “El jardín de senderos que se bifurcan” con una connotación negativa: los dos sepultureros, hartos de una existencia inmóvil en la cual las aventuras en Sudamérica son sólo un pálido recuerdo, reflexionan sobre las posibilidades de la vida y de la muerte, de una manera tan intensa que llegan a designar el lugar en donde viven como “un jardín de senderos que se bifurcan”. En su caso, su desviación consiste en la posibilidad de anular, de llevar la existencia a cero, tal como sucede con los que llegan allí, para quienes la vida ha terminado. Más adelante, después de conversar con los jóvenes, Mec toma la palabra luego de años de mutismo, contando explícitamente la trama del texto borgeano al compañero de desventuras, quien lo toma como un loco. En realidad es una invitación para irse de aquel sitio de muerte y arrojarse nuevamente al flujo de posibilidades que la vida concede, luego de años de soledad en ese triste contexto. Pero no sin antes escribir con velas el título “El jardín de los senderos que se bifurcan”, de modo que pueda bombardear el cementerio algún aviador norteamericano que lo descubra, ya que era un sitio muy comprometido con los nazis y sus invenciones deshumanizadas.

“En nuestro mundo, en cambio, nosotros  podremos continuar vagando por los senderos en los cuales decidimos no matarnos, continuando por tomar las bifurcaciones que se nos consiente continuar, hasta que todo acabe. O, tal vez, pudiéramos escoger una bifurcación que se abra a otras bifurcaciones, una sola de las cuales nos permitirá concluir nuestra vida prematuramente y sin tomar una decisión, una bifurcación originada por nuestra elección pero que luego de haber generado decenas de bifurcaciones nos permita seguir inermes, espectadores de la elección de algún otro. Simplemente desaparecer.

¿Te has desvelado a las tres de la madrugada y has decidido hablar luego de tres años para contarme esta mierda?, dijo Lito.”

Sin embargo, es Bajo el volcán, de Malcolm Lowry —un escritor inglés—, la obra que cimenta con mas fuerza la base para la representación del México griffiano, como cuenta él mismo:

—Lo he rescatado de la memoria cuando debí titular el libro. Es una Divina Comedia ebria, un texto sensacional por el uso de la lengua, por la construcción metafórica de la narración y por la figura que el autor arriesga a poner en escena. Desarrolla un mito de la embriaguez y el amor, dos asuntos que en general me causan fastidio, pero Lowry concluye por hacer alta literatura con dicho binomio.

En concreto: la historia maldita del ex cónsul británico en una estancia en una ciudad imaginaria de México, durante sus últimas horas de vida, influencia no sólo la ambientación sino, especialmente, el tipo de narración que es Ferrocarriles de México. Se trata de la capacidad de narrar en tercera persona cambiando de continuo la perspectiva y la focalización de Lowry (lo que está bien presente) y donde cada capítulo pone en escena los pensamientos de personajes diferentes (que, a menudo, releen el mismo episodio narrado en un juego prismático) creando, así, una novela coral.

Traducción al castellano: Julio Cano

UN SUD AMERICA LETTERARIO NELLE FERROVIE DEL MESSICO

Di Lorenzo Germano

Nel mare di libri che ogni anno affollano le librerie italiane, la maggior parte riguarda storie famigliari o traumi personali: è la cosiddetta «letteratura da premio», che tanto insiste su storie autobiografiche. Esistono però eccezioni, seppur rare, che riescono ancora a scaldare il cuore dei lettori senza ricorrere a vicende banali e stereotipate. Lo conferma la storia di Gian Marco Griffi, scrittore di Asti, classe 1976, che si è affacciato tra i candidati al premio Strega con un romanzo lungo 800 pagine, pieno di invenzioni letterarie e sperimentazioni linguistiche, pubblicato da una piccola casa editrice (Laurana), dopo due libri di racconti rimasti sconosciuti. Tutte caratteristiche che avrebbero dovuto negargli ogni possibilità di arrivare al grande pubblico e invece da una distribuzione iniziale di 168 copie nel maggio 2022, Griffi è arrivato a venderne più di venticinquemila, diventando un caso editoriale grazie al passaparola dei lettori.

Ma di cosa parla Ferrovie del Messico e perché è riuscito ad appassionare così tanti lettori? Il centro propulsore è l’epica ricerca di Cesco Magetti, un giovane soldato della Guardia ferroviaria repubblicana di Asti (un corpo marginale dell’esercito della Repubblica di Salò, creata da Mussolini dopo l’armistizio dell’8 settembre 1943, in una piccola città del Nord Italia), a cui viene chiesto dai suoi superiori di disegnare una mappa delle ferrovie messicane: un compito assurdo quanto inutile agli occhi del milite, che non sa nemmeno da dove partire, proprio come succederebbe oggi a ciascuno di noi (e in più senza internet o Wikipedia). Dietro all’incarico, si scoprirà più avanti, c’è Hitler stesso, ma il povero Cesco attanagliato da un terribile mal di denti non lo sa, perché nella misteriosa Santa Brígida de la Ciénaga c’è un’arma che può risolvere la guerra.

Cesco – che non è un fascista convinto, semmai un ragazzo come tanti della sua generazione che, con poca convinzione, ha aderito alla vita militare – , durante la ricerca si innamora della bella bibliotecaria Tilde Giordano, correlativo oggettivo della poesia e dell’amore romantico. La ragazza è solo il primo di una serie quasi infinita di personaggi incontrati dal protagonista, che inizia la sua avventura nell’unico posto che può aiutarlo, la biblioteca di Asti, dove dovrebbe esser custodito la Historia poética y pintoresca de los ferrocarriles en México di Gustavo Baz , ma purtroppo il volume è in prestito. Così il giovane soldato, sempre più sperso, si ritroverà nell’appartamento fatiscente di un pittore, nel dopolavoro ferroviario, nei bagni pubblici della città e in un campo da golf, senza mai riuscire a trovarlo.

Vivrà un’odissea picaresca, incrociando i becchini Angelo Zanon detto Lito e Mec il muto, il cui compito è bollire i cadaveri nel cimitero di San Rocco, il cartografo samoano Epa – arrivato in Monferrato molti anni prima grazie all’insegnante Giovanna di cui si è innamorato – , il poeta avanguardista frenatore Edmondo Bo (che ha coniato la teoria per cui veri poeti sono solo coloro che si suicidano e il loro valore è dato dal tipo di morte), l’orribile Obersturmbannführer Hugo Kraas, amante dell’arte italiana, discutibile golfista e spietato SS in Italia ed Ettore e Nicolao, misteriosi clienti fissi del night club segreto l’Aquila agonizzante prossimi ai partigiani, con cui il giovane soldato si reca anche a vedere una partita di calcio allo stadio Censin Bosia.

L’ARGENTINA

Il Sud America che emerge nei racconti dei due becchini Lito e Mec è un artificio letterario, fatto di letture e ispirazioni inconsce dell’autore che non hai mai messo piede nei luoghi raccontati, come ha più volte confessato. La prima terra dell’America latina che viene evocata non è il Messico, bensì l’Argentina: quando Zanon inizia a raccontare a Cesco e Tilde i suoi viaggi per il mondo – i due sono giunti nel cimitero credendo che il volume sulle ferrovie sia nelle mani dei becchini, come indica la lista dei prestiti –  dice che il soprannome Lito gli è stato affibbiato da Amaranta, una donna che «danzava come l’incarnazione di Tersicore se Tersicore avesse avuto una quarta di décolleté e avesse ballato il tango», conosciuta nel ’13 o nel ‘14 quando lavorava a Buenos Aires in una ditta di distribuzione della corrente.  

Anche nel primo incontro tra il milite e la fanciulla, un momento topico, si accenna a un argentino: è il poeta Vicente Orozco, autore della raccolta di poesie Quaderno ellenico (forse un altro dei tanti giochi letterari di Griffi, che qui inventa uno scrittore mai esistito, anzi un’intera generazione di artisti argentini legati al 1937 di cui la bibliotecaria fa menzione e Cesco fa finta di conoscere, rapito dalla sua bellezza).

“Tilde aprì uno dei libri che stava ordinando. Recitò una poesia di Orozco. Non la capii. Mi domandò se mi era piaciuta. Dissi che mi era piaciuta moltissimo. Invece avrei voluto dirle che i suoi occhi mi ricordavano certi boschi della Turingia, che io non avevo mai visto ma in quel momento li immaginavo precisamente come i suoi occhi, con la luce del sole che cade obliqua in un pomeriggio inoltrato di giugno e mostra il pulviscolo generato dalla natura, i minuscoli semi dei fiori, la penombra. Mi stupii di quei pensieri. Non sapevo come mi fosse venuta in mente la Turingia. Non sapevo neppure dove fosse, la Turingia, e se ci fossero boschi.”

IL FANTASCIENTIFICO

L’ambientazione temporale del romanzo è particolare, quasi fantascientifica, perché il febbraio 1944 di Griffi non è quello storico, anche se ci assomiglia molto: una spia è data proprio dall’incontro con Tilde in cui Cesco cita il racconto Bivi nel tempo di Murray Leinster. Ci troviamo infatti in una versione parallela e ucronica di quell’anno in cui i nazisti hanno però fatto scoperte straordinarie dal punto di vista tecnologico e scientifico: tra queste il bollitore industriale per cadaveri e il distributore automatico di bevande, entrambi presenti nel cimitero di Lito e Mec. Più avanti ci sarà anche una fabbrica di colori capaci di influenzare lo stato d’animo delle persone e un’inquietante macchina esprimi-parole (una sorta di traduttore inventato dai nazisti).

L’idea di aggiungere elementi stravaganti e anacronistici, confessa lo scrittore, potrebbe derivare proprio da un romanzo argentino, L’invenzione di Morel di Adolfo Bioy Casares. In quel testo ci sono trovate che sorprendono il lettore, ma allo stesso tempo lo inducono a riflettere sulle rischiose derive della scienza, che rischiano di spossessare l’uomo dei suoi tratti distintivi. Griffi, interrogato, ammette: «Quel libro mi ha dato lo spunto per i macchinari presenti nelle Ferrovie. È un libro perturbante, che ti scombina, e viene da un ambiente, quello in cui viveva Bioy e il suo amico Borges, dove la letteratura era anche un gioco di rimandi e di fantasia. Quando vado a scrivere sulla pagina bianca mi porto dentro questi testi».

 “Questo caffè è sempre la solita merda; ogni volta spero che come per magia durante la notte un ipotetico genio del caffè sia penetrato nel distributore aumentandone la gustosità, ma ogni volta non faccio altro che constatare che è irrimediabilmente identico al giorno precedente: una vera merda. Un caffè deve possedere alcune caratteristiche indispensabili di cremosità e viscosità. Non credo sia tanto complicato intuire che un buon caffè aumenta le capacità di concentrazione di chi lo beve; ma i vertici dell’azienda se ne fregano. Sono stati svolti studi scientifici che provano senza ombra di dubbio che un caffè gustoso aumenta le facoltà dei dipendenti del trentuno percento. Stesso discorso vale per le tette delle segretarie: tette vere più armonia, tette di gomma più tensione. Ma tanto a me tocca bere questa brodaglia insulsa e lavorare con voi due teste di cazzo”.

LA LINGUA

Dopo aver lavorato in Nicaragua, Lito e Mec si spostano in Messico chiamati da Gustavo Baz, futuro autore della Historia poética y pintoresca de los ferrocarriles en México, che sullo sfondo della guerra cristera decide di compiere un lungo viaggio sulle ferrovie del Paese e di raccontare il mondo agli alunni delle scuole elementari. Forse il suo vero intento è quello di arrivare nel luogo dove vive il padre, che lo aveva abbandonato da bambino: Santa Brigida de la Cienaga. Il terzetto si muove tra avventure tragicomiche alla volta della città messicana dopo un telegramma che ne annuncia la morte dell’uomo: qui scoprono un’enclave dove si parla l’esperanto e in cui lo slogan governativo è «Più segreti degli angeli sono i suicidi» (una citazione al poeta italiano Milo De Angelis e alla raccolta di racconti con cui Griffi ha esordito).

Questo dato è utile per mostrare lo sperimentalismo linguistico del romanzo, perché se in queste pagine si accennano alcune frasi nella lingua inventata dall’oculista polacco Ludwik Lejzer Zamenhof, in tutto il libro esiste un impasto fatto di diversi idiomi: spagnolo, francese, tedesco, tedesco, greco antico (presente in una straordinaria scena di catabasi allucinata del protagonista nei bagni pubblici di Asti). L’italiano risente invece di una patina di dialetto piemontese, nell’ottica di restituire il più possibile conversazioni realistiche per l’epoca in cui è ambientato il romanzo. La lingua è duttile perché viene piegata per imitare tutti i registri e le inflessioni possibili.

Se la volontà, come abbiamo accennato, è quella di creare un’opera-mondo che gareggia con la realtà nella molteplicità di forme, l’utilizzo di slang viene da un altro sudamericano amato da Griffi, Roberto Arlt: «Il lunfardo è una specie di argot che si parlava a Buenos Aires, di cui lo scrittore argentino fa uso molto bene nel suo giocattolo rabbioso. È una cosa celiniana e gaddiana, un modo di scrivere e di intendere la lingua come un codice che ha risultati bellissimi e densi di significati. Io l’ho trasposto con l’utilizzo dell’unico argot italiano, lo zerga». Si tratta dell’antico gergo furbesco, usato in Italia e Francia tra il XVI e il XX secolo dalla malavita per non farsi comprendere. Anche il piemontese per Griffi riveste una funzione analoga: i personaggi astigiani lo usano contro le ingerenze tedesche per creare una sorta di resistenza linguistica.

IL MESSICO

E Roberto Bolaño? L’attrazione dei personaggi delle Ferrovie del Messico per la città di Santa Brigida non può che far venire in mente quella per Santa Teresa in 2666, così come la violenza che si respira nel viaggio a Tehuantepec dove Lito e Mec, accompagnati da Gustavo, incontrano la fotografa Tina Modotti e le tehuanas Porfidia e Socorro, rivoluzionarie e comuniste che regalano ai due italiani una notte d’amore e di fuoco. Il giorno dopo l’amante di Mec, Porfidia, viene trovata con la gola sgozzata in un vascone e il terzetto riesce a ripartire solo grazie all’aiuto della fotografa che risponde per loro alle domande della polizia. Il motivo dell’uccisione è probabilmente politico e slegato dai due futuri becchini, ma può portare alla mente gli omicidi seriali alle donne di Ciudad Juarez nella Parte dei delitti di Bolaño.

Le corrispondenze, a livello di trama, si fermano qui, ma forse la vera caratteristica che Griffi ha tratto dal cileno è più strutturale, è la capacità di portare avanti una narrazione fluviale, in cui i punti di vista si alternano e le storie prolificano tanto che il libro potrebbe non arrestarsi mai (ed è significativo che alla fine venga annunciata una seconda parte). Di ogni personaggio si diramano trame che potrebbero diventare materia di altri romanzi, un po’ come accenna Griffi dicendo che di Lito e Mec vorrebbe creare un romanzo  per approfondire le loro avventure dopo le Ferrovie: «Non so se Bolaño mi abbia ispirato, forse un po’ la lettura dei Detective selvaggi, ma più propriamente sono stati la sua modalità di scrittura e la voglia di raccontare storie su storie. Visto che parlavamo di spin-off, lui con i Detective ne ha fatti alcuni: forse in questo mi sento vicino a lui, perché mi piacerebbe riutilizzare alcuni personaggi per altri romanzi».

Sono in realtà Borges e Lowry i due padri nobili a cui Griffi ha attinto a piene mani per rappresentare il suo Messico. Il primo permea il romanzo e viene citato in modo ossessivo, se non addirittura riscritto in modo vistoso: inizialmente, quando Tilde e Cesco arrivano nel cimitero viene citato Il giardino dei sentieri che si biforcano con accezione negativa: i due becchini, stufi di una vita immobile in cui le avventure in Sud America sono solo un pallido ricordo, riflettono sulle possibilità della vita e della morte tanto da soprannominare con il titolo del racconto borgesiano il luogo in cui vivono. Qui le loro deviazioni e possibilità si azzerate, proprio come quelle di chi arriva lì perché, solitamente, ha ormai concluso la sua vita. Più avanti, finito il colloquio con i ragazzi, Mec prende la parola dopo anni di mutismo raccontando esplicitamente la trama del testo borgesiano al compagno di sventure che lo prende per pazzo. È in realtà un invito ad andarsene da quel luogo di morte e a buttarsi nuovamente nel flusso delle possibilità che la vita concede, dopo anni di solitudine in quel posto triste. Ma non prima di aver composto la scritta El jardín de senderos que se bifurcan con dei ceri in modo che se qualche aviatore americano li vedi possa bombardare il cimitero, ormai troppo compromesso dai nazisti e dalle loro invenzioni disumane.

 “Nel nostro mondo, invece, te e io possiamo continuare a vagare sul sentiero in cui decidiamo di non ammazzarci, di continuare a prendere la biforcazione che ci consente di continuare e poi un’altra che ci permetterà di continuare ancora, finché sarà tutto finito. Oppure possiamo scegliere una biforcazione che aprirà ad altre biforcazioni, una sola delle quali ci permetterà di concludere le nostre vite anzitempo senza prendere una decisione, una biforcazione originata sì da una nostra scelta, ma che dopo aver generato altre decine di biforcazioni ci permetterà di restare inermi, spettatori della scelta di qualcun altro. Semplici comparse.

Ti sei svegliato alle tre di notte e hai deciso di parlare dopo tre anni per raccontarmi questa stronzata?, ha detto Lito”.

È però Sotto il vulcano di Malcolm Lowry, uno scrittore inglese, a gettare però le basi più forti per la rappresentazione del Messico griffiano, come racconta lui stesso: « L’ho ripescato con la memoria quando dovevo intitolare il libro. È una Divina Commedia ubriaca, un’opera sensazionale per la lingua, la costruzione metaforica della narrazione e per le figure che l’autore riesce a mettere sul piatto. Ne viene fuori un mito dell’ubriachezza e d’amore, due cose che di solito mi procurano fastidio ma Lowry riesce a renderle alta letteratura». In concreto, la storia maledetta dell’ ex Console britannico di stanza in una città immaginaria del Messico e delle sue ultime ore di vita influenza non solo l’ambientazione, ma soprattutto il tipo di narrazione delle Ferrovie: è la capacità di narrare in terza persona cambiando in continuo la prospettiva e la focalizzazione di Lowry a essere ben presente, dove ogni capitolo mette in scena i pensieri di personaggi differenti (che spesso rileggono lo stesso episodio narrato in un gioco tutto prismatico) creando un romanzo corale.

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