

Por Andrés Maguna
Las noches de Luna llena Lando salía a caminar hacia el este, en dirección al río, atraído por las sirenas de niebla de los barcos, imaginando lo que vería, sintiendo los aromas de la vegetación fluvial, de las aguas, y proyectándose bajo los sauces que crecían en las arenosas tierras de la orilla, de frente al horizonte nocturno de las islas. Le gustaba especialmente La Rambla Cataluña, donde podía sentarse en los largos bancos de cemento, o en los individuales en torno de la mesas que como enormes hongos estaban diseminadas aquí y allí, sobre el reptante césped de arena, y fumar.
Era entonces una noche de Luna llena de mediados de mayo cuando Lando recibió en el rostro, al encarar el descenso de la empinada bajada de Gallo, un fuerte ramalazo de viento muy frío proveniente del río. Por instinto, se subió la capucha de su campera de poliéster, y mientra buscaba a tientas los cordones para ajustarla sintió un pinchazo pequeño, breve y agudo en el cuello, tres centímetros por debajo de la oreja derecha. Como tenía la mano diestra cerca (buscanco la punta del cordón de la campera) mató al insecto al instante, y mientras un ardor intenso se concentraba en el pequeño cuadrado de piel afectada se miró los dedos para discernir qué tipo de insecto lo había picado. Pero no pudo distinguir nada de los ínfimos restos parduzcos, húmedos e informes, que se dejaban observar. “Debe haber sido una araña muy pequeña”, se dijo para tranquilizar su ignorancia, y siguió caminando sin abrocharse la capucha, porque necesitaba rascarse allí donde una incipiente urticaria parecía expandirse.
Para cuando llegó a la rambla, cinco minutos después, la picazón se había extendido hacia el cuero cabelludo, a la base del cuello, y avanzaba sobre el pecho. Lando se resistía a rascarse, pero el esfuerzo se le hacía intolerable, y terminaba pasando sus zarpas, sus uñas, por debajo de las ropas, aunque seguía buscando argumentos que lo tranquilizaran. Había leído que todas las arañas, agrupadas en miles y miles de especies, portan veneno, pero muy pocas en la cantidad suficiente para comprometer de gravedad la salud del ser humano.
Ya sentado en uno de los banquitos de cemento, en un sector donde no había personas cerca, Lando dio rienda suelta al frenesí de sus uñas sobre el cuero cabelludo, que le picaba como si tuviera allí un hormiguero delirado. De pronto, el picor cesó, y le hizo pensar que se trataba de algo así como una “autosugestión”, porque no podía ser una reacción alérgica, puesto que en sus 55 años de vida jamás había experimentado alguna. Pero entonces empezó a sentir que los brazos le picaban, desde los hombros a las muñecas, y levantando las mangas pudo observar unas pequeñas erupciones, y en algunas partes la piel cuarteada, sin que pudiera resistir volver a rascarse, con toda la mesura de la que era capaz, hasta que sintió que la picazón viajaba hacia la panza, la parte inferior de las espaldas y las piernas. Entonces se dijo “esto es pura locura”, y dejó de rascarse mientras se concentraba en calcular cuánta sustancia venenosa pudo haberle inoculado un organismo tan minúsculo.
Miró hacia la superficie del río, iluminada de manera fantasmagórica por una Luna que había perdido la inocencia –si alguna vez la tuvo– y, parándose con intención de caminar, se dio cuenta de que las picazones habían cesado por completo.
Ya más tranquilo, mientras sus pasos lo llevaban por las anchas veredas de la avenida, se tocó el cuello y sintió una protuberancia con cráter allí donde había sido picado; se miró los brazos y comprobó que las ronchitas permanecían visibles. Sacó un cigarrillo del paquete y cuando lo llevó a sus labios percibió que los tenía dormidos, al igual que la lengua. Se palpó las mejillas, la nariz, la boca, y las notó extrañas, hinchadas, como si su piel hubiera perdido la sensibilidad del tacto. Se miró las manos y las vio iguales que siempre. No prendió el cigarrillo y entró en un bar, pidió permiso para ir al baño y se enfrentó, con cierta ansiedad, al espejo. Pero nada, estaba como siempre, a no ser por un fulgor distinto en la mirada, como si esos ojos que le devolvían el escrutinio fueran los de otro.
Ya de regreso en el exterior recordó algo más que había leído sobre las arañas, y que tenía que ver con recientes descubrimientos científicos sobre el complejo sistema de siete glándulas con las que elaboran sus venenos, muchos de los cuales tienen compuestos neuractivos de potencial aplicación para diversas afecciones neurológicas. Volvió a tranquilizarse, prendió el cigarrillo y se dispuso a cruzar la avenida Eudoro Carrasco con la intención de recorrer los puestos de los pescadores que están al pie de las barrancas.
Al cruzar tuvo la sensación de que el pavimento estaba hecho de un niebla espesa, y que unas voces cantaban en derredor, en afinado coro, una canción sin palabras. Eran, sin dudas, las hojas de los árboles mecidas por el viento, que le hablaban o, mejor dicho, le cantaban a él, que mirando hacia lo alto pudo distinguir entre el follaje otoñal, relumbrante, una miríada de lucecitas allí en el cielo donde debían verse algunas pocas estrellas.
Las lucecitas se movían como si bailaran al son de la música del universo, y Lando, absorto en la contemplación, se detuvo con la boca entreabierta en medio de la calle, pero un bocinazo lo sobresaltó, escuchó un insulto como proveniente de otra dimensión, y siguió caminando.
Ya en la vereda de los pescadores, sonó una llamada en su teléfono; viendo que se trataba de su amigo Gregorio, quien vivía hacía muchos años en las sierras de Córdoba, contestó:
—Hola hola, querido Papa.
Mientras charlaba con su amigo, apodado el Papa, y le contaba de la picazón y de las alteraciones perceptivas, Lando comenzó a notar que algunos de los pescadores que estaban en los puestos, o en espacios de tierra entre sus casas, sus pasillitos entre chapas y portales a cielo abierto, brillaban con mayor o menor intensidad. Pero no le dijo nada sobre esto al Papa, y una vez concluida la conversación (Gregorio le había recordado la vez que, en su juventud, habían consumido hongos psilocibensis) se concentró en mirar, con el mayor disimulo posible, a los vecinos de la barriada pescadora que brillaban.

Entre los diez o quince que tenía a la vista solo brillaban tres o cuatro, y los otros, los no refulgentes, le parecían todos iguales excepto por el tamaño: figuras espectrales, hechas de penumbras, como si absorbieran la luz en vez de refractarla, por lo que no podía distinguir sus rasgos. En cambio, los otros, los refulgentes, emanaban una claridad que se acentuaba en los rostros, hermosos sin par, y coronaba las cabezas con un esplendor de luz radiante. Uno de ellos, un niño de 6 ó 7 años, le llamó la atención especialmente, pues era el que más se correspondía con las descripciones de lo ángeles que hace Swedenborg en La arquitectura del cielo, el libro que estaba leyendo aquellos días.
El gurrumín-ángel estaba concentrado en una actividad: tomaba terrones de tierra y escombros de un montículo que tenía cerca, los arrojaba contra los automóviles que pasaban por la calle, y cuando acertaba corría a esconderse detrás de un pilote de medidores de electricidad. Algunos autos aminoraban la marcha, pero luego seguían camino, y el gurisito costero que destellaba a los ojos de Lando volvía a tomar terrones para arrojar.
Fascinado con la escena, tras varios ataques del angelito a los autos, Lando se acercó a él cuando estaba detrás del pilote y lo saludó:
—Hola, ¿cómo te va? ¿Cómo te llamás? Yo me llamo Lando.
—Emanuel.
—¿Por qué les tirás piedras a los autos?
—Para que miren para este lado. Para que vean que acá vendemos pescado.
—Me parece genial –atinó a decir Lando, y luego siguió su camino, meditando acerca del nombre del niño, y sobre la manera tan potente de llamar la atención de los mortales sobre la existencia de los humildes pescadores a la vera de la avenida, al pie de las barrancas que labró el río a lo largo de miles y miles de años. Mientras, sus pies siguieron surcando las nubes, los árboles con su canción y las lucecitas del cielo bailando como locas de felicidad.

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