
Por Ezequiel Martínez Estrada*
I
Mi yo dimerosómato es plural e indiviso;
noto en él las dos fuerzas –una negra, otra blanca–
de que a Fedro habló Sócrates al margen del Iliso:
la fuerza hostil y ególatra y la altruista y franca.
Ya inteligentemente romántico me veo,
ya con fisonomía pretérita que arredra;
mitad de mí prostérnase ante el mito de Orfeo,
la otra mitad, peluda, blande el hacha de piedra.
O, para reducirlo a término cabal
fuera de aquellos símbolos paleolítico y mélico,
todos tenemos un principio angélico
y un final animal.
Ser doble es ser completo; no os asombre,
pues semidiós y bestia son h y e del hombre.
A veces, cuando sopla el viento del oeste
y puedo distinguir de un huevo una castaña,
me invade un dulce arrobo, musical y celeste,
como si en mí se abriese un cielo de montaña.
Sencillo y generoso veo que soy hermano
del agua, del naranjo, de la hiena feroz;
y aun al pájaro errante le doy trigo en mi mano
porque él y yo, en fin, somos criaturas de Dios.
Mas cuando el viento norte se desata
y es calco fidedigno de la castaña el huevo,
se alza también con furias de pirata
el otro yo que llevo,
y al diablo la bondad mística y franca
que era en su desnudez la fuerza blanca;
todo se me oscurece y se me desbarranca.
¡Tranca!
Contradictorio como
la cal que en agua quema,
el hombre es mixto e híbrido –el centauro es su emblema
su alegoría el eccehomo–;
y su sino complejo,
mitad realidad, mitad poesía,
es idéntico al del espejo
que es siempre lo contrario, pero con simetría.
Para poner de acuerdo
a dichos dos antípodas hay tan sólo un sistema:
un aparato con que, si aquí mal no recuerdo,
se desfilman las ópticas mujeres del cinema.
Son rayos de pechblenda; tienen la propiedad
de separar por electrólisis muy rara,
como un cuerpo ectoplásmico, el escudo y la cara
de la doble personalidad.
Tal vez usando ese procedimiento
(que es infalible en absoluto
si se juzga por un experimento
que hizo Carlos Richet – Miembro del Instituto)
logre en definitiva
separar cuerpo y alma, intactos, por supuesto,
de esa personalidad subversiva
que me tiene tan molesto.
(Aparte eso, la vida en sociedad me es grata
y sanamente la disfruto
cuando el bicarbonato y el bismuto
me aduermen en el hígado al citado pirata.)
Ensayemos. Aquí el doctor Nerio Rojas
aplica dichos rayos con éxito, si bien
cree que esa estrambótica cirugía recién
está en la etapa de las paradojas.
De todos modos él dirá
si conviene extraerme el yo que se me acopla.
Y voy a apresurarme, porque hoy sopla
viento norte. ¡Piapiá!
II
Previo anuncio de mi visita
ingreso al amplio consultorio
en donde está dispuesto cuanto se necesita
para la operación. Hay un extraordinario
silencio, todo en claro, en asepsia, en tranquilo.
Sillones, cuadros, libros. Pero lo que atormenta
es la vitrina donde, limpias, cada herramienta
ilumina con nítido escalofrío el filo.
Y está allí, más brillante todavía,
una lanceta fría como hoja de navaja,
junto a los bisturíes, las pinzas y la caja
de gasas en cuyo ángulo superior se diría
que el sol prende una pluma de alcohol.
La ventana por finos visillos filtra el día
y la salud pasea por la ciudad, al sol.
Dirijo la mirada hacia los libros. ¿Cómo?
¿Es que Rojas, el médico alienista, idolatra
a Shakespeare? Recubierto con cuero color plomo,
ese libro que veo, ¿no es “Antonio y Cleopatra”?
Me voy aproximando y descifro en el lomo
el nombre sin vocales de un célebre psiquiatra.
La mesa operatoria con algo de cadáver
extiéndese, aplanada por un dolor sangriento.
Yo, a caza de impresiones, saco mi lápiz –Fáber–
y tomo apuntes para un cuento.
También veo una silla sin respaldo, redonda,
y en ella un delantal de brin blanco o nansú;
en la pared un trozo de dermis de anaconda
y un paisaje del trópico que galopa un mensú.
Y de nuevo la vista se atormenta,
en su minucioso sigilo,
como cortada en dos por la herramienta
que destaca con nítido escalofrío el filo.
El doctor Nerio Rojas penetra por la puerta
por donde entré antes yo. Me da la mano
y en su fisonomía algo me desconcierta
pues tengo la impresión de que él era su hermano.
—Pasemos a esta sala –me dice amable, a poco–.
“Allí tengo instalada la máquina. Funciona
maravillosamente. Ayer a una persona
a quien usted conoce también, le saqué un loco.”
La máquina es pequeña, de níquel o metal
bruñido. Tiene a un lado un disco de cristal
en contacto con una dínamo y se conecta
a una caja de vidrio con un tubo en el centro
(láminas de selenio había adentro
según supe tras una pregunta incircunspecta).
En un ángulo oscuro está, oblicuo, un espejo,
y además de esto hay lo inasequible al ojo.
Siento cual si tuviera alumbre en el pellejo
y me da ira aparecer tan flojo.
—Cuando usted quiera –digo disfrazando mi enojo–.
“Cualquier suerte es mejor que seguir como estoy.”
Y poco a poco voy
quitándome las ropas hasta quedar desnudo.
Por vez primera mírome con pudor y adivino
que al doctor, que me alumbra todo el cuerpo velludo,
le extraña mi magrez de ícono bizantino.
Me hace parar encima de una plancha de goma
y al apagar las lámparas, en profundo mutismo
pienso si este artefacto no será solo broma,
pues me parece absurdo que me dé a luz yo mismo.
Comienza a funcionar la máquina con suave
ruido eléctrico, sordo. Rojas, en taumaturgo,
maneja unas palancas y comienza el expurgo
por fisiparidad. Mas he aquí lo grave:
a medida que baja una palanca,
el tenue y metapsíquico mecanismo se tranca.
Da vueltas a una llave
y una cuadriculada luz de flúor, negra y blanca,
me recubre la piel, negra y blanca a la vez
como tablero de ajedrez.
¡Capablanca!
Poco a poco y muy suave, muy suavemente, siento
un hormigueo orgánico desgastar mis sentidos,
y se me va ablandando por dentro el pensamiento
como ocurre un poco antes de quedarnos dormidos.
De reojo percibo en el espejo
(que es con su luna llena
como aquel de la bruja en que vio a Helena
el doctor Fausto cuando aún era viejo)
una gran mancha láctea que se ensancha
y al cabo se condensa,
hasta que cual sarcoda que se cuaja, la mancha
se hace humana y adquiere su perspectiva inmensa.
Durante este proceso,
quizá debido al ámbito tan tibio,
experimento en todo mi cuerpo un gran alivio,
un éxtasis centrífugo, un místico embeleso,
cual si yo fuera el agua que canta en el declivio
o cual si me sonara un violín en el hueso.
—Por fin hemos logrado desdoblar en dos seres
la unidad fisiológica. Y aun nos queda un residuo
de donde se podría sacar otro individuo
bien que con la más frágil pasta de las mujeres.
—¡Magnífico! –respondo celebrando la prueba–.
Enciéndense las luces y entonces, con asombro,
veo que otra imagen, o mi persona nueva,
apóyame mi mano duplicada en el hombro.
Y por arte de prestidigitador
sin trampa ni secreto
noto la sensación de andar y de estar quieto,
de ser palpado y de palpar,
aunque a pesar de unánimes, neto e individuado
el ego que me queda del ya desintegrado.
Y soy yo, el nuevo yo, quien le pide al doctor
que si le era posible nos haga algo mejor,
puesto que aún en el fondo del ego masculino
nos subyace un remoto substrato femenino.
—Es muy sencillo –dice–. Y me place poder
hacer sobre caliente esa triple extracción.
Este hombre recién nato tiene mucha razón:
el varón por la madre trae algo de mujer,
igual que por el padre la mujer de varón.
Nos ponemos los dos gemelos frente a frente,
exactamente iguales de forma y de estatura.
Pienso del otro que es mi espejo trascendente
pues me duplica el cuerpo en vez de la figura.
Comienza a funcionar la máquina y a poco
reaparece en su plano tetradimensional
la mancha láctea de antes, y plasma en el cristal
un cuerpo azul, del mismo color azul del foco.
Y oímos suspirar en el próximo espejo
con el suspiro equívoco de quien nace recién,
a una mujer hermosa, que es nuestro yo en reflejo.
Y los dos, aliviados, suspiramos también.
—Ahora –nos dice Rojas–, váyanse, que esto es todo
lo que yo pude hacer. Sed amigos leales
ya que sois uno y trino de igual modo
que un triángulo isósceles, con dos lados iguales.
Y en sus labios retoza una sonrisa franca.
Y salimos los tres dándonos empujones,
nuestra hermana en el medio –toda ella fuerza blanca–,
igual que Jesucristo entre los dos ladrones.
¡Carlán – carlanca!
III
Después de esta incruenta operación, más calmo
quedé. Sueño la absurda verdad me parecía;
arte de magia blanca, de prodigio, de ensalmo.
Vivimos año y medio los tres en compañía,
aunque desde el momento
del doble alumbramiento
fuimos pólvora expuesta a cualquier leve chispa.
A mi hermano agradábale la novela y el cuento
donde la vida brava y ávida como avispa
conmueve un subcutáneo y hondo estremecimiento
de angustia que se inflama y de horror que se crispa.
Cuadros de realidad prefería mi hermano;
que fueran expresivos con suma sobriedad,
y aunque el tropo que empleo resulte chabacano,
“que chorrearan sangre de verdad”
(que es esto: al drama cotidiano
que vive cada cual, tan siempre igual que ahoga,
unir la descripción, tan clara que alucine);
y porque deleitábase con lo que estaba en boga
alternaba los cuentos con el cine.
Yo le puse en contacto con Horacio Quiroga.
Después sumó a su elenco
Maupassant, Korolenko y Conrad. ¡Korolenko!
A mi hermana, de un fondo tierno y bueno,
sin desaliño ni cursilería,
le gustaba hasta el colmo la poesía
de Fernández Moreno.
Y a mí, de los gemelos, el más inteligente
y el de más sano juicio, sin vicios ni congojas,
placíame por épocas y alternativamente
don Leopoldo Lugones y don Ricardo Rojas.
Con gustos tan distintos, es claro y natural
que las cosas marcharan mal, y después muy mal.
Mi hermano, abriendo válvulas a sus sueños violentos,
quiso intentar un día la industria del tabaco,
y sin decir palabra se embarcó para el Chaco
con un baúl, mil pesos y un volumen de cuentos.
Durante quince meses nos mantuvo en alarma
constante, pues su díscolo carácter montaraz
lo hacía peligroso: que era, de tan capaz,
fácil de descargarse sin querer, como un arma.
Supimos que en el pueblo Presidencia Sáenz Peña
asentó sus reales y, olvidando el tabaco,
se embrolló con una mujerzuela chaqueña
que a los seis meses justos le regaló un mataco.
Tuvo obrajes valiosos, y una fotografía
lo exhibe como indígena del lugar, con bombacha
y medio cuerpo al aire, en la actitud bravía
del leñador que acaba donde termina el hacha.
Y una tarde de enero murió trágicamente
mientras armaba una canoa,
picado en el tobillo por alguna serpiente
–mi hermana, exagerando dijo que era una boa–
del cascabel o yarará.
Cayó loco de fiebre en una zanja
y, a juzgar por los gestos delirantes, quizá
creyó chupar el jugo fresco de una naranja
y oír al hijo, lejos, llamándolo: “¡Piapiá!”
Mi hermana, estilizada de ensueño y de poesía
se fue de casa un día
al cine y no volvió. Puse aviso al instante
y hasta pagué, en privado, a un pesquisante
para dar con su paradero.
Pero todo fue inútil. –¡sólo pensarlo aterra!–;
se diría que hubiera dado en el agujero
por donde se ventilan los hornos de la tierra.
Después pude explicarme el hecho, muy sencillo.
Hace más de ocho años, antes de nacer ella,
en un cinema céntrico vi “El Delirio Amarillo”
cuya protagonista astral –era una estrella–
me enamoró a tal punto que dos años seguidos
la tuve en mis ensueños arrancada a la cinta
(Lo que es fácil usando medios bien conocidos:
la imagen “se desfilma”, “se absorbe”, “se despinta”).
De modo que si vuelvo en el tiempo hacia atrás,
mi hermana era la estrella que yo absorbí, no más.
Se reintegró a su medio, igual que un lobanillo;
y aun diría, buscando explicación al drama
que ella fue al cine porque vio “El Delirio Amarillo”
¡sin ella! en el programa.
Siendo así, nuestra hipótesis no es rara ni ridícula;
salió de una película y se fue a otra película.
En cuanto a mí, disfruto de salud absoluta,
en estado perfecto de lucidez, y tal
que puedo compararme, con un símil trivial,
a un árbol firme cuya sazón pinta en la fruta.
Ahora estoy estudiando el desarrollo
de un principio de Arquímedes. Ya encontré la palanca
y el sólido astronómico, que es el punto de apoyo
para parar la tierra con la palancalanca.
*Poema inédito en Internet, tomado de la antología editada por el padre Leonardo Castellani, titulada Las 100 mejores poesías líricas argentinas. Ed. Cintra, Buenos Aires, 1953, y hallada en un contenedor de la ciudad de Rosario en mayo de 2026.

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