Caminos a Los adioses

Onetti leyendo bajo el sol de Madrid.

Una relectura de la nouvelle publicada por Juan Carlos Onetti en 1954 a partir de los senderos trazados por Ricardo Piglia en Teoría de la prosa.

Por Julio Cano

Nota previa: el presente texto intenta ser una búsqueda de relaciones entre una obra literaria y la reflexión filosófica. La obra en cuestión es Los adioses, novela breve de Juan Carlos Onetti publicada en 1954.

En momentos de encontrar aproximaciones entre la literatura y la filosofía digamos que el núcleo que nos atrajo está constituido por los textos eludidos de esta novela breve, por todo lo no dicho y eclipsado sobre el personaje central y sus circunstancias. Podríamos decir que sus circunstancias, precisamente, circulan por fuera de las peripecias que se narran y que hay un punto ciego no revelado, que torna enigmática tanto la sucesión de comportamientos de ese ex basquetbolista como la paralela sucesión de actitudes de los otros protagonistas. La trama  no revelada resulta ser, quizás, más importante que la que se va contando.

Existe, para nosotros, una paralela forma de manifestarse el comportamiento de cualquier sujeto. En nuestra cotidiana relación con los otros descubrimos en ellos datos no revelados, silencios que ocultan aspectos clave, ambigüedades que desconciertan nuestras certidumbres (y aun las certidumbres personales de esos otros) y que forman parte a cabalidad de lo que llamamos “personalidad” o “subjetividad”. Es más: lo mismo descubrimos en nosotros.

La equivalencia entre una y otra modalidad de los claroscuros es lo que intentaremos expresar. De lo cual, por supuesto, eximimos al autor y sus intenciones.

Portada de la primera edición de Los adioses.

Quisiera no haber visto del hombre, la primera vez que entró en el almacén, nada más que las manos; lentas, intimidadas y torpes, sin fe, largas y todavía sin tostar, disculpándose por su actuación desinteresada. Hizo algunas preguntas y tomó una botella de cerveza, de pie en el extremo más sombrío del mostrador, vuelta la cara –sobre un fondo de alpargatas, el almanaque, embutidos blanqueados por los años– hacia afuera, hacia el sol del atardecer y la altura violeta de la sierra, mientras esperaba el ómnibus que lo llevaría a los portones del hotel viejo.

Quisiera no haberle visto más que las manos, me hubiera bastado verlas cuando le di el cambio de los cien pesos y los dedos apretaron los billetes, trataron de acomodarlos y, en seguida, revolviéndose, hicieron una pelota achatada y la escondieron con pudor en un bolsillo del saco; me hubieran bastado aquellos movimientos sobre la madera llena de tajos rellenados con grasa y mugre para saber que no iba a curarse, que no conocía nada de donde sacar voluntad para curarse.

En general, me basta verlos y no recuerdo haberme equivocado; siempre hice mis profecías antes de enterarme de la opinión de Castro y Gunz, los médicos que viven en el pueblo, sin otro dato, sin necesitar nada más que verlos llegar al almacén con sus valijas, con sus porciones diversas de vergüenza y de esperanza, de disimulo y de reto.

Estas son las palabras iniciales de Los adioses, una novela breve que Onetti publicara en 1954.

En dicha obra, Onetti relata fragmentos de la historia de una persona vistos a través de los ojos de un testigo no demasiado confiable, prejuiciado y limitado, con lo que se nos va revelando una historia marcada por los enigmas, lo no dicho, las vacilaciones y, especialmente, las falsas apreciaciones.

Entre otros desafíos, el texto nos propone una narración que emerge desde la perspectiva de un personaje mediocre, con lo que nuestra propia narración interpretativa debe ir de continuo más allá del texto, más allá de las enunciaciones del almacenero. Paradójicamente, este cuadro que enmarca la lectura no deriva en un empobrecimiento de la misma sino en la necesidad (literaria) de rellenar y enriquecer dicha lectura con las interpretaciones que vaya procesando cada lector. Leer una obra como esta implica, entonces, un esfuerzo permanente volcado hacia una recreación personal del texto. Esto implica la muy importante tarea de un lector activo, de la continuación de la narración del autor en lo que podemos llamar “paseos inferenciales” (siguiendo una propuesta de Umberto Eco y que hacemos nuestra). Tales paseos están presentes potencialmente en un relato plagado de ramificaciones no transitadas y que el escritor no desbroza intencionalmente, a fin de dejarnos tareas literarias a cumplir. La lectura de este libro supone estar frente a un texto con implicaciones múltiples de lectura no lineal.

En esas palabras iniciales se leen las únicas referencias específicas que el autor hace del protagonista, el único relato referido a su corporeidad, a su gestualidad, a sus manos, lo que marca el inicio de la comparecencia ante nosotros de alguien que va a estar marcado más por los misterios que por comportamientos significativos visibles.

El narrador es el almacenero del lugar, alguien que, por profesión y por tendencia, es una suerte de observador panóptico que el escritor coloca para ir contando las peripecias de un ex basquetbolista que, de a poco, pasa de ser un transeúnte un tanto misterioso a una verdadera obsesión para los intereses de este  narrador. Tal como los personajes de Faulkner, quien narra es una figura excéntrica que va relatando sucesos referidos a otro del que no logra discernir casi nada. Ese dueño de un pequeño y reducido establecimiento está situado en la periferia de la vida del protagonista, con el cual se relaciona nada más que para recibir y despachar las cartas que  envía y recibe y para tomar alguna que otra cerveza mientras intercambian asuntos triviales.

Esa visión externa, digamos, permite al lector una gran libertad para interpretar la lectura, permite una reinterpretación, acción que lleva a Ricardo Piglia a afirmar que quien lee se transforma en autor. Para lograr esta manera de encarar los sucesos descriptos se necesita una ampliación de los comportamientos de los personajes, signados por lo no dicho, por lo no revelado, por el misterio. Onetti es un maestro en esta técnica, que hereda de Faulkner y de Henry James. En este texto son muchos los enigmas que rodean al personaje y su universo. Y también es palmaria la conformación de su existencia como una red de relaciones dadas en una semipenumbra, en medio de unas difusas idas y venidas de cartas y viajes a la vecina ciudad.

Podemos considerar esta perspectiva como el muestrario de una red compleja de conexiones ocultas. Explicitarlo así nos lleva a admitir que tal análisis desborda lo estrictamente literario pero, justamente, nuestra intención es interrelacionar literatura con la reflexión y a ambas con la profundización en asuntos de la vida cotidiana.

Alguien dijo que la educación es la capacidad de percibir las conexiones ocultas entre los fenómenos. Podemos trasladar esta sentencia a nuestros intereses y afirmar que textos como este permiten percibir las conexiones ocultas entre las existencias de los personajes, en la trama de sus vidas, que de continuo se nos escabullen.

Podemos enumerar los misterios que rodean al personaje, sin pretender agotar su peripecia vital. Aventuramos una enumeración aleatoria para manejar mejor la libertad interpretativa: los sucesos previos al comienzo del relato en la casita de las portuguesas implican un misterio que no se resuelve pero que parecen tener una fuerte incidencia en el presente del protagonista.

Aunque el texto no deja revelar ningún dato al respecto, nosotros como lectores podemos aventurar que el protagonista mantuvo alguna relación con una de las hermanas portuguesas y que, tal vez, la mujer joven sea hija de la misma. Las tres hermanas portuguesas fallecieron a los 25 años, lo mismo que una amiga suya, que pareciera haber convivido con ellas en ese chalet de la sierra.

Las relaciones del protagonista con las dos mujeres que lo visitan también están envueltas en el misterio, aunque se puede conjeturar que una es la esposa y (lo que se revela en algún momento y a través de una carta) que la más joven es su hija.

¿Fueron los primeros síntomas de la tuberculosis los que lo apartaron del deporte? Es posible. Pero también lo es que quisiera volver a este rincón de las sierras de Córdoba a efectos de rememorar su relación amorosa y darle un sentido final a su vida, ya que su marcado desinterés en la posible cura de la enfermedad inclina la peripecia a una propensión suicida que parece estar presente desde el comienzo mismo del relato.

Como se ve, este texto, en todos los registros en que se desee leerlo, tiene un punto ciego.

El sitio en que se hace más notorio el secreto es la casa de las portuguesas. Lo que no se narra es una incógnita para todos, para los lectores, para el almacenero y, podemos sospechar, hasta para el propio Onetti. Es un misterio espacializado, que rodea la vida del personaje y las de las dos mujeres, el espacio de la casa de cuatro habitaciones que lleva al almacenero a pensar en la inutilidad de tantas habitaciones para la taciturna y solitaria existencia del ex basquetbolista.

Ampliando la perspectiva, podemos señalar que toda existencia contiene puntos ciegos y lo que ahora avisoramos en este texto puede ser equiparado a los acontecimientos en la vida real y, sobremanera, a lo que se narra de ellos. Los puntos suspensivos de los relatos, las vacilaciones, las preguntas sin respuestas, las idas y venidas en discursos que no son de discurrir lineal, todo ello se observa en textos enriquecidos como éste, amplificando la reflexión que puede plantearse al respecto: en momentos privilegiados de la lectura hasta semeja la literatura ser más compleja y abarcadora que la vida misma.

Repasemos una reflexión sobre la subjetividad que hemos expuesto anteriormente y que se hace presente como marco en la profundización filosófica que intentamos.

Las narraciones sobre la subjetividad implican lecturas sobre el mundo que la rodea, es decir, sobre su contexto, lo que va procesando una historia dentro de historias. Cuando esto se desarrolla, texto y contexto se solapan. La subjetividad, en esta perspectiva, está constituida por un conjunto de narraciones que se van encarnando en una historia dentro de historias.

Los efectos de los hechos

En este relato el personaje puede haber llegado a este sitio por dos razones bien diferentes entre sí. Puede haberlo hecho para el tratamiento de su enfermedad o puede desear recrear la relación amorosa con una de las hermanas portuguesas de la cual queda la hija como testimonio.

Lo que se nos ocurre pensar como lectores es que se da una vinculación entre ambas alternativas. Cuando comienza el relato y se menciona el rol de las manos, se describe la vacilación que las conforma; son manos inseguras. Y sucede que en esa descripción se juega todo lo que se pueda decir del personaje porque ellas son el vínculo fundamental entre la corporeidad y el mundo, las manos son las que comprometen cómo se está en el mundo ya que cada uno de nosotros es un ser-en-el–mundo (la grafía con los guiones significa que es un solo término que anuda la existencia y el mundo circundante). Pero  este personaje primordialmente apuesta a separarse del mundo y de los otros, lo cual puede ser leído como una inversión radical de su estar en el mundo. Se lo descubre, por ejemplo, cuando toma su cerveza de espaldas a los parroquianos, mirando la lejanía de las sierras, en silencio. Para nuestros intereses específicos como lectores interpretadores, pareciera que quiere liquidar las relaciones interhumanas, lo que implica una soledad definitiva, el equilibrio pleno, es decir, la muerte.

Las relaciones complejas, que estamos mencionando como interrelaciones, son constitutivas de nuestra existencia; mediadas por el lenguaje, ellas nos conforman como humanos auténticos, ya que no es posible concebir nuestra presencia en el mundo sin las vinculaciones que involucran simultáneamente nuestro cuerpo, nuestras miradas y nuestra expresión a través del lenguaje (lo que se ha expresado hermosamente como “lenguajear”, neologismo creado por Humberto Maturana). Esto lleva a un rol central la experiencia del conversar. La conversación, especialmente la cotidiana, es una especie de giro con los otros en torno a un tema con el apoyo decisivo del lenguaje. Y eso es lo que intenta evitar el personaje.

Es más, en la vida cotidiana se especifica lo mismo que en las conversaciones filosóficas; en ambas se trata de encontrar el sentido de la existencia encuadrada en la vinculación con los demás, vinculación que tiene un marcado tinte emocional.

En este relato estamos frente a una vinculación fragmentada, con amplios ejemplos de conversaciones girando en el vacío de la mediocridad y manifestando, de esta manera, lo absurdo de la existencia. Este es un tema favorito de Onetti, quien parece apelar al absurdo para revelar la importancia de la auténtica comunicación, la que no está presente, la que se oculta, para comprometer la lectura en una búsqueda no revelada, no dicha.

Dice Piglia:

“(…) la literatura es, justamente, el campo de un lenguaje que funciona produciendo efectos de ambigüedad –por lo tanto, produciendo redes y relaciones– y no es necesario descifrar ese secreto para que el relato funcione, es decir, no es necesario conocer ese núcleo no narrado. La intriga es ambigua, por momentos, y es hermética. El relato se carga de argumentos potenciales que están disponibles. Pareciera que siempre estamos esperando que toda esa proliferación se cierre. Y en principio, si nosotros nos preguntamos de qué trata ese secreto, tenemos que decir que avanza sobre las motivaciones, sobre la casualidad, sobre por qué pasan las cosas. Me parece que podríamos inferir una primera hipótesis más general, según la cual lo que importa en un relato no son tanto los hechos que se relatan sino las razones, las motivaciones, las correspondencias, los parentescos, y, sobre todo, el efecto de los hechos. Uno podría decir que en un relato importan más los efectos de los hechos que los hechos mismos. Y ese, me parece que es un tema importantísimo , la discusión sobre qué es una narración” ( Teoría de la prosa, pp. 80-81).

El efecto de los hechos sobre los comportamientos, tanto del protagonista como de los otros personajes, es un fenómeno constante en el relato, lo que se hace gestualmente, con las miradas, con las caminatas, con las esperas, hasta con el mutismo en medio de la algarabía (como acontece en la fiesta de Navidad), etcétera. Deriva de hechos que preceden tales comportamientos. El texto parece estar diciéndonos constantemente que lo que importa es la causalidad, los hechos pretéritos que dan sentido al presente (o que le quitan el sentido, tanto da).

Las motivaciones precedentes son las que van a determinar el quehacer del protagonista, aunque este, en múltiples ocasiones, no sea consciente de que estas estén jugando un papel decisivo en su existencia. Pero como las interrelaciones no son tampoco una suerte de caminos predeterminados, pueden variar –es decir, está también en juego la libertad del personaje y ello hace que el cuadro de posibilidades en la acción sea un claroscuro, una continua serie de alternativas no predispuestas. Este personaje tiene, sin dudas, connotaciones trágicas tal como los personajes del teatro clásico, pero puede apostar a acontecimientos no previstos, a lo inesperado; y esto guarda relación con lo que nos sucede a todos en la vida cotidiana, en nuestra existencia más allá de la experiencia como lectores.

Por eso podemos calificar este texto como una obra abierta, ya que, así como el personaje puede optar de continuo, aun saliéndose de los cánones (a los que sí sigue la perspectiva del almacenero y el enfermero) también nos compete a nosotros existir escogiendo.

De cualquier manera, sin embargo, lo que más nos importa es revelar la contraparte de las actitudes del protagonista. Y, más en general, revelar una postura que no siga las intenciones de fondo del escritor. Nos importa una reflexión no sobre el sinsentido de la existencia, sino sobre su sentido, aunque su búsqueda se asiente sobre las arenas movedizas, en medio de los claroscuros, las ambigüedades y la falta de claridad (la intransparencia).

Hacia eso vamos.

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