Voluptuosa agonía de ser Edipo

Fotos: Zunilda Vassalli

Con el unipersonal “W! – Noche Edipo -” Miguel Bosco ejercita su nervio actoral y transforma obsesiones en una obra de teatro

Por Andrés Maguna

Debo reconocer que envejecer, o mejor dicho madurar, tiene su parte copada (una parte que recibió una copa, o experimentó un copamiento sensible). Porque en esa parte está incluida una propensión reflexiva que llega con el apaciguamiento de la belicosidad, con la necesidad de no desperdiciar la energía del pensamiento en batallas imposibles de ganar, ahorrándola para trabajar por aquello que pueda consolidar la posición de la luz y el entendimiento, la paz con uno mismo y la sincera y fraterna relación con el otro, los otros.

Desde que empecé a pacificarme (hará unos cuatro meses) pude profundizar el alcance de mis prácticas de oposición crítica, sosteniendo la introspección inquisitiva en su avance a más niveles, a nuevas insatisfacciones de la curiosidad, que viene a ser como la madre del conocimiento.

Pacificado y más curioso, entonces, como crítico teatral, empecé a enfrentarme a las obras de teatro a las que asisto con otra disposición, menos intensa, más sosegada y a la vez con una inconformista determinación: no cesaría de hacerme preguntas hasta encontrar algún tipo de esencia primera u original.

Tuve suerte de que mis esfuerzos estuvieran bien encaminados, pudiendo llegar a la comprensión, la decodificación de temas y mensajes, y, a la vez, hallando placentera la complejidad del lenguaje teatral. Y así llegué, por ejemplo, a experimentar hace poco un par (en sendos unipersonales) de lo que llamo, megalomaníacamente, “epifanías” sobre la “razón de ser”: la primera la tuve el sábado 16 de septiembre viendo la obra Podestá (ver acá), de Gisela Podestá, en el Galpón 15, y la segunda ocurrió en la siguiente que fui a ver, W! – Noche Edipo –, el domingo 24 en La Orilla Infinita, que es el caso del que me quiero ocupar en este texto.

Hace 15 años que Miguel Bosco y Esteban Goicoechea escribieron la dramaturgia de W! – Noche Edipo –, la obra con la que ganaron (Bosco en la interpretación, ya que se trata de un unipersonal, y Goicoechea en la dirección) el Concurso de Coproducciones 2008 Área Artes Escénicas, y que poco después resultó seleccionada para la Fiesta Provincial de Teatro 2010 del INT y para el IX Festival de Teatro de Otoño de Paraná del mismo año, entre otras presentaciones en festivales, encuentros y muestras a lo largo de sus tres lustros de existencia.

Ya en octubre de 2009 el crítico Julio Cejas la puntuaba con un 9 en su nota-crítica del suplemento Rosario/12 titulada “Edipo perdido en una calesita”, aunque en general pasó bastante desapercibida para el “gran público”, y lo digo, sabiendo que el público de teatro en Rosario no es grande en términos de masividad, para diferenciarlo del público que en realidad nutre las butacas de las salas independientes de la ciudad: personas vinculadas de alguna manera al quehacer teatral, aquellas pertenecientes a la “comunidad teatral”, que no son pocas ni tantas.

Así las cosas, desnuda el alma, la función que pude ver me hizo sentir que Bosco, durante los cuarenta minutos de la representación, estando “posesionado”, se ejercita actoralmente con público real, aunque no ese “gran público” del que hablábamos. De hecho, cuando los que estábamos íbamos ingresando a la sala podíamos ver al anónimo personaje de Miguel contorsionándose como un loco en el suelo, sobre una alfombra delimitada por las luces aéreas, al ritmo de una música frenética sincopada.

Luego, estando todos (unos sesenta espectadores) en nuestros lugares, las contorsiones cesan y el anónimo personaje de Miguel empieza a contar, con la mirada perdida, como alienado, la historia de un pibito abandonado en una calesita que termina siendo adoptado por un matrimonio equivalente al de Pólibo y Mérope… Y a partir de allí todo es una vorágine de palabras atropelladas, escupidas, vomitadas y expurgadas por el poseso, el tipo este que se nota que está del tomate, que ofrecen una versión propia de la tragedia Edipo rey, de Sófocles, que tuvo su estreno en Grecia en el año 429 antes de Cristo.

O sea que ese loco, borracho o drogado, o las tres cosas juntas, nos abre su corazón e intenta explicarnos los motivos de su trastorno, según lo imagina Bosco, utilizando su cuerpo para hacerlo.

Recapitulando: un actor se pone en la piel de Edipo unas cuantas veces, en una irregular aliteración temporaria, durante más de 15 años para dar su propia mirada respecto de una tragedia, una obra de ficción, que tuvo su estreno hace más de 2.442 años.

De eso trata W!Noche Edipo –, de la llaga latente, de la reversibilidad de los sentimientos más acendrados, de lo que puede significar el procesamiento de lo que el destino (el inconsciente, diría Freud) depara a un pobre príncipe, hijo del rey Layo y la reina Yocasta, a quien sus padres mandan asesinar por el temor al cumplimiento de una profecía (que al crecer ese niño mataría a su padre), pero que el sicario, un pastor, no puede matar y lo entrega a otro pastor, el que lo da en adopción a otro matrimonio real: Pólibo y Mérope, de Corinto, quienes lo crían como propio.

La tragedia de enredos de Sófocles, que no tiene ni un atisbo de comedia y que alcanzó una versión cinematográfica insuperable con Pasolini, comienza por la mitad de la historia, cuando el rey de Tebas, Edipo, que está casado con la reina Yocasta, su madre, sin saberlo (tienen dos hijas-nietas-sobrinas-hermanas, Antígona e Ismene), manda a su cuñado Creonte a preguntarle al oráculo de Delfos las razones de una peste que asola la ciudad. Y Creonte trae la respuesta: la peste se irá cuando sea atrapado el asesino de Layo, el rey anterior, que fuera cónyuge de Yocasta. Luego entra en escena el adivino ciego Tiresias, quien le dice al rey Edipo: “Tú eres el asesino del hombre acerca del cual están investigando”, e incluso le anuncia (en lenguaje voluntariamente críptico) que vive en incesto con su madre y ha tenido hijos con ella; que aunque se crea extranjero es tebano de nacimiento y que dentro de poco se quedará, como él, ciego, agregando, por si hubieran quedado dudas, que cuando se descubra al asesino será “un ciudadano nativo de Tebas, hermano y padre de sus propios hijos, e hijo y esposo de su propia madre”.

Franco Citti, el Edipo del film de Pasolini

Bueno, el cuento es conocido, y el trauma edípico sigue chocando contra nuestra incapacidad de procesar las verdades evidentes de las castraciones, los tabúes, las heridas narcisistas, perdidos sin remedio entre el principio del placer y el principio de la realidad, entre la pulsión de vida y la pulsión de muerte. Olvidando lo que deberíamos recordar y recordando lo que deberíamos olvidar, boqueando como peces en una pecera en la suposición de que esa agonía se llama subsistencia.

En la representación, Bosco, convertido en el personaje de un actor tomado por todos los personajes de Edipo rey, incluidos el coro y el corifeo, desanda tres milenios de la historia de la actuación teatral occidental en cuarenta minutos reveladores: el fuego de la expresión artística a través de los gestos y la vocalización está encendido desde que el hombre encontró la manera de cultivar la espiritualidad.

¿No será mucho?, podrá preguntarse el lector, abismado en sus propios meandros perceptivos, en sus propias megalomanías que lo alejan de las de otros, incluso este crítico que habla de “epifanías” para referirse al atrapamiento de un concepto imposible de redondear, cual es el del sentido con que se realizó una simple obra de teatro dirigida, en la elipsis infinita de la ficción teatral, en los loops espacio-temporales de la actuación (en la diferencia insondable entre lo que es teatro y lo que no lo es), a espectadores en tanto tales, personas que asisten a participar activamente (la pasividad no lleva a nadie a ningún lado) de un fenómeno recurrente que invita a pensar, aunque a veces ello suceda en menor medida, que no es le caso de W! – Noche Edipo-, pues como acabo de explicar ofrece un montón de puntas de donde agarrar el ovillo de la reflexión fecunda.

Y cierro para abrir; así cómo Podestá habla del gen-madre del teatro rioplatense, la obra de Bosco habla de los orígenes de la actuación, de uno de los modos “amables” que el hombre encontró para comunicar su alma con la del prójimo, a través de la expresión artística y la representación simbólica de lo que ocurre en las psiques individual y colectiva, a nivel del delirio social que llamamos relaciones humanas, o actuaciones existenciales.

FICHA

Dramaturgia: Miguel Bosco y Esteban Goicoechea. Intérprete: Miguel Bosco. Escenografía: Manolo Ferraro. Diseño gráfico: Esteban Goicoechea. Asistencia técnica: Paola Chávez. Asistencia de dirección: Paola Chávez. Dirección de arte: Mauro Guzmán. Dirección: Esteban Goicoechea.

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