Roberto Bolaño, Aldo Pellegrini y el misterio de Gui Rosey

Bolaño en la época infrarrealista

Presentamos «Roberto Bolaño y la antología de la poesía surrealista de Aldo Pellegrini. Derivas en “Últimos atardeceres en la tierra”»: ponencia leída en las Jornadas Homenaje Roberto Bolaño (a 20 años de su muerte) en el Museo de Arte Latinoamericano de Buenos Aires el 18 y el 19 de octubre de 2023.

Por Julián Axat

Bolaño y el surrealismo

La relación entre el escritor Roberto Bolaño y el movimiento surrealista, en términos de influencia, parte del Infrarrealismo mexicano del que formó parte.  Se suelen citar los propios dichos de Bolaño: “El infrarrealismo es un movimiento que Roberto Matta crea cuando Breton lo expulsa del surrealismo y que dura tres años. En ese movimiento había solo una persona, que era Matta. Años después, el infrarrealismo resurgiría en México con un grupo de poetas mexicanos y dos chilenos”. La mención del pintor chileno Roberto Matta no es casual: el poeta Gui Rosey, que Bolaño mencionará en el cuento “Últimos atardeceres en la tierra” (Putas asesinas, 2001) establecerá un vínculo intelectual y creativo con el mismo.

También debe tenerse en cuenta la obra del francés Jean Schuster (1929-1995), de gran influencia (al igual que Matta) en el movimiento poético surrealista mexicano; la escritora mexicana Lourdes Andrade (1952-2002) fue su última compañera. En pleno trance de disolución del surrealismo, Schuster publicó, en 1970, Développements sur l’infra-réalisme de Matta, bajo el sello de Éric Losfeld, opúsculo que echa una luz hasta ahora inatendida sobre el origen del movimiento infrarrealista en México.[1]

El programa poético y revolucionario de Matta y Schuster parece irradiar sobre el movimiento que Bolaño, Mario Santiago y Bruno Montané crearon en 1974, y que dos años más tarde se convertiría en un “movimiento de vanguardia” con la aparición del Primer manifiesto firmado por Bolaño. En la estela del surrealismo, los infras concurrían a la proclama de Breton de que la revolución necesitaba del motor liberador de la poesía. El horizonte de la literatura y del pensamiento surrealista es ostensible en la concepción de aquel manifiesto infra, cuyo título-lema remite desde luego a Arthur Rimbaud (palabras que Breton glosó tantas veces): “Déjenlo todo, nuevamente”. Primer manifiesto del movimiento infra, y cuyo contenido fue orientado también por el espíritu de las revueltas de mayo del 68. Ese horizonte aparece, asimismo, en el Manifiesto infrarrealista de Mario Santiago, en donde bajo la fórmula “Mundos ondas gente que me interesa” se enlista una particular referencia a la Internacional Situacionista. Atentos a las discusiones y acciones situacionistas de los sesentas habían estado, también, Roberto Matta y Jean Schuster.

Parte del movimiento infrarrealista

El situacionismo, encabezado por Guy Debord entre 1957 y 1972, esclarece importantes aspectos de la actividad infrarrealista en México. Está presente en la divisa de Roberto Bolaño: “Nuestra ética es la Revolución, nuestra estética la Vida: una-sola-cosa”, así como en la provocación de Mario Santiago: “convertir las salas de conferencia en stands de tiro”, que no deja de evocar a Dadá (el Manifiesto de 1918. Bum-bum-bum de Tzara) y al propio Breton: “El acto surrealista más simple consiste en empuñar un revólver, bajar a la calle y disparar”.

Había que actuar directamente sobre la vida cotidiana, el espacio donde ese orden es inaparente pero sólido y actuante. Tal cual lo enunció Bolaño en su Manifiesto: “subvertir la realidad cotidiana de la poesía actual”.

Asimismo, debe tenerse en cuenta la figura que concita Octavio Paz, también un heredero del surrealismo latinoamericano. Paz es para los infras (esto está en los Detectives salvajes) un obstáculo como poeta mayor: de ahí la necesidad de interrumpir sus recitales y boicotear sus apariciones en público a través de manifestaciones poéticas disruptivas. De allí también la fascinación de Bolaño con los “poetas menores” como Mario Santiago o como Gui Rosey, poeta menor frente a Breton, el Papa del surrealismo.

León y Roberto Bolaño

2. Aldo Pellegrini y la antología de la poesía surrealista

En segundo lugar, me parece importante poner en relevancia el impacto que tuvo en el mundo de habla hispana la Antología de la poesía surrealista elaborada y publicada por Aldo Pellegrini (1903-1973), obra que varias generaciones de intelectuales utilizaron para introducirse al surrealismo. Roberto Bolaño, evidentemente entró al mundo del surrealismo gracias a Pellegrini y a su antología.

Aldo Pellegrini se tomó el trabajo de compilar y traducir el nudo de la poesía surrealista. La antología se publicó originalmente en 1961 por la mítica Fabril Editora, y hasta el día de hoy se reedita bajo el sello Argonauta, que continuó su hijo, Mario Pellegrini.

Aldo Pellegrini, desde las aulas de la Facultad de Medicina (fue médico de profesión durante muchísimos años), logró trascender como el fundador del “primer grupo surrealista en un idioma distinto al francés”, según sus propias palabras. Todo empezó en el año 1926 (el Surrealismo había sido fundado por André Breton en París, en 1924), cuando organiza un pequeño grupo integrado, en su mayoría, por estudiantes de medicina que, un par de años más tarde, editarían en Buenos Aires la revista Qué y que incluía a Carlos Latorre, Juan Antonio Vasco, Celia Gourinski, Enrique Molina, Oliverio Girondo, Francisco Madariaga, Juan José Ceselli, Julio Llinás, Olga Orozco y Alejandra Pizarnik.

De izquierda a derecha:  Oliveiro Girondo, Aldo Pellegrini, Norah Lange. A la derecha en primer plano, Francisco Madariaga

La Antología publicada en 1961 fue alabada por André Breton, pope de carácter nada dócil, como “la antología más completa hasta la fecha en cualquier idioma”. Y los motivos que merecieron el halago son muchos: La Antología de la poesía surrealista recoge lo mejor de casi setenta poetas de todas las épocas del movimiento en Europa, desde 1922 hasta 1961, distribuidos en dos secciones: “Poetas militantes del grupo surrealista” y “Poetas de lenguaje surrealista”, donde podemos encontrar a aquellos autores que prefirieron mantener una independencia con respecto al movimiento. La antología cierra con “Textos en colaboración”, que a su vez culmina con el juego por excelencia del movimiento: el cadáver exquisito. La nueva edición de este verdadero diccionario subjetivo (el autor se permite pertinentes y autorizados juicios estéticos al condenar, por ejemplo, a Salvador Dalí por sus humoradas intrascendentes y exaltar a Antonin Artaud por llevar el Surrealismo a su máxima expresión) respeta la brillante edición original aunque mejorándola con un valioso aporte fotográfico.

Una singular naturaleza enciclopédica-subjetiva le da férrea identidad a este celebrado trabajo que no ve contradicciones entre pasión y conocimiento; como lo advertimos, por ejemplo, al leer con total naturalidad, y asintiendo silenciosamente con nuestra cabeza, un juicio totalmente personal de Pellegrini en el que afirma que el Surrealismo está asentado en tres pilares: el amor, la poesía y la libertad.

La primer edición de la antología, 1961

3. “Últimos atardeceres en la Tierra” y el misterio Gui Rosey

El cuento “Últimos atardeceres en la Tierra” (Putas asesinas, Anagrama, 2001) relata el viaje de vacaciones emprendido por B y su padre desde Ciudad de México al balneario de Acapulco en la costa oeste. Más allá de narrarse algunos incidentes que resaltan la distancia emocional existente entre padre e hijo ―como se evidencia en la historia sobre el caballo Zafarrancho o en la escena de la pérdida de la billetera en una salida en bote― el cuento destaca por el dominio absoluto que la atmósfera de tedio ejerce sobre la experiencia de viaje de B y que anticipa también el desastre, es decir: la pelea con la cual se da fin al relato.

“Últimos atardeceres en la Tierra” narra dos historias: una principal y otra secundaria. Por un lado, una aventura literaria, marcada por la vida libresca y el vínculo entre el lector, la lectura y los autores; por otro lado, una aventura “vital”, “realista”, que da cuenta de un aprendizaje. En “Últimos atardeceres…” la historia principal es la de las vacaciones en Acapulco, cuyo relato aparece intercalado solo esporádicamente por el relato de la desaparición de Rosey y del exilio de los surrealistas franceses.

Debe de ser uno de los pocos textos en los que Bolaño hace una referencia bastante explícita a su padre. Me da la sensación de que él también se percibía a sí mismo como un huérfano latinoamericano errante. Retomando la tesis de Chéjov que popularizó Piglia, el cuento narra dos historias. Ambas se complementan, pero sobre todo se interpelan. La primera de esas historias es un relato de viaje, de iniciación y de despedida a la vez. Es el relato de un muchacho, B, que sabe por mil indicios —ninguno de ellos perceptibles a simple vista— que ese será el último viaje que habrá de emprender junto a su progenitor, y que no ignora que, luego de esos días de descanso, ambos tomarán caminos distintos para siempre. La segunda historia introduce un tópico importante en la obra de Bolaño: la figura del escritor (que muchas veces es un poeta, aunque no siempre) presentado como un enigma. Mientras el padre, en el cuento, personifica la adrenalina vitalista, B —siempre un poco alejado de la acción— encarna la aventura literaria porque su único interés verdadero es la lectura obsesiva de la Antología de la poesía surrealista de Aldo Pellegrini. Un juego de correspondencias se produce entre los días de Acapulco y lo que el muchacho imagina, a partir de la lectura del libro de Pellegrini, que fueron los últimos días de los poetas surrealistas en Marsella, antes de obtener el visado para viajar a Estados Unidos y escapar de la Francia de Vichy. Así como B, en Acapulco, experimenta la agonía de una vida y se prepara, inconscientemente, para la vida de poeta que habrá de depararle un mundo desconocido (Europa), así los surrealistas viven en la imaginación del lector en el límite entre un mundo que se hunde (Europa bajo el nazismo) y otro, enigmático, que aguarda al otro lado del océano Atlántico[2].

La historia de ese poeta menor llamado Gui Rosey y surgido de la lectura de la Antología de la poesía surrealista del argentino Aldo Pellegrini, que el personaje lleva consigo, es lo que me interesa aquí poner en evidencia[3], para entender un procedimiento literario que conecta a Bolaño directamente con algunos tópicos del surrealismo, que hacen a su escritura en otras obras (La literatura nazi en América, Los detectives salvajes, 2666, por ejemplo), en las cuales la figura del poeta enigmático/desaparecido es un destino que emprende la búsqueda, o el recorrido de una identidad literaria “menor”.

Bolaño usó muchos alter ego en sus novelas y relatos, por ejemplo: B, Belano, Arturo B; es por eso que la figura del otro, del doble y la máscara, cobran mayor relevancia en este cuento. Los vanguardistas hacían uso y abuso de los heterónimos y las desfiguraciones del yo. Gui Rosey parece un juego producto de esas operaciones[4].

No es casual que, en paralelo al viaje emprendido por los protagonistas, haya momentos que nos sacan del trayecto principal, para conducirnos a la lectura afiebrada que B hace de la antología de surrealistas curada por Pellegrini. Dentro de esta lectura que se verifica al interior del texto, Rosey fulgura por encima de los insignes miembros de aquella cofradía de artistas exaltados.

En el cuento, la antología de Pellegrini funciona como un amuleto del protagonista, que le permite matar el tiempo y perderse en el sueño surrealista. A medida que la historia avanza, Gui Rosey surge como el misterio de un poeta que ha dejado pocas pistas, apenas tres o cuatro libros y una escritura bastante oscura o con sabor maldito. El enigma planteado parece fascinante, un problema para detectives salvajes.

Todo lo que se sabe de Gui Rosey lo apuntará Pellegrini en una breve nota biográfica que Bolaño transcribe en el cuento:

“Nació en París el 27 de agosto de 1896. Colaboró con los surrealistas desde 1932. Fue visto por última vez en Marsella en 1941, entre los surrealistas refugiados que esperaban partir de Francia. Desde entonces no se tuvo más noticias de él…”.

También se mencionan los libros publicados por Rosey: La Guerre de 34 ans (La guerra de 34 años); Les moyens d´existence (Medios de existencia), André Bretón. Poéme Épique.

La desaparición de Gui Rosey en Marsella, antes de subir al barco, es el momento a partir del cual nace el misterio como desaparición. Escribe Bolaño:

“Un día un grupo de surrealistas llegan al sur de Francia. Intentan obtener el visado para viajar a los Estados Unidos. El norte y el oeste están ocupados por los alemanes. El sur está bajo la égida de Pétain. El consulado norteamericano dilata la decisión día tras día. En el grupo de surrealistas está Bretón, está Tristán Tzara, está Péret, pero también hay otros que son menos importantes. A este grupo pertenece Gui Rosey. Su foto es la foto de un poeta menor, piensa B. Es feo, es atildado, parece un oscuro funcionario de ministerio o un empleado de banca. Hasta aquí, pese a las disonancias, todo normal, piensa B. El grupo de surrealistas se reúne cada tarde en un café cerca del puerto. Hacen planes, conversan, Rosey no falta a ninguna cita. Un día, sin embargo (un atardecer, intuye B), Rosey desaparece. Al principio, nadie lo echa en falta. Es un poeta menor y los poetas menores pasan desapercibidos. Al cabo de los días, no obstante, comienzan a buscarlo. En la pensión en donde vive no saben nada de él, sus maletas, sus libros, están allí, nadie los ha tocado, por lo que resulta impensable que Rosey se haya marchado sin pagar, una práctica común, por otra parte, en ciertas pensiones de la Costa Azul. Sus amigos lo buscan. Recorren hospitales y retenes de la gendarmería. Nadie sabe nada de él. Una mañana llegan los visados y la mayoría de ellos coge un barco y sale para los Estados Unidos. Los que se quedan, aquellos que nunca van a tener visado, pronto olvidan a Rosey, olvidan su desaparición, ocupados en ponerse a salvo a sí mismos en unos años en los que las desapariciones masivas y los crímenes masivos son una constante”.

Bolaño volverá a introducir esta mención a Gui Rosey en un poema publicado en La universidad desconocida (Alfaguara, 2007, pág. 373), titulado “La Gran Fosa”, donde recordará el mismo episodio de Marsella, pero en un contexto propiciatorio de lo que será el concepto de fosa metafísica o mal absoluto, tal como lo desarrollará más tarde en la novela 2666.

Hasta aquí la desaparición del poeta imaginada por Roberto Bolaño, a partir de la constancia dejada por Aldo Pellegrini, en la página 228 de la mentada Antología publicada en Buenos Aires en 1961 (y en México en 1981, por la editorial Coma). La cuestión —hasta ahora—  es qué ocurrió verdaderamente con el poeta Gui Rosey.

Ese final tiene sabor a conocido y nos recuerda demasiado al intento de huida de Walter Benjamin por la frontera entre Francia y España, que culminó con su suicidio en Port Bou. Aunque nadie parece haber puesto en duda la versión de Pellegrini reproducida — más tarde— por Bolaño. Al menos no sabemos si ambos supieron o tuvieron noticia de que, poco después, Gui Rosey terminó dando señales de vida.

Efectivamente, al parecer, volvió a París luego de la guerra y reconstruyó su vida apartado de los círculos surrealistas que frecuentaba. Si uno busca en Internet aparecen de inmediato Bolaño y Pellegrini, por lo que es difícil encontrar más datos precisos sobre su vida luego de la guerra.

Sin embargo, en Internet figuran dos publicaciones posteriores a 1941: el libro 12 poemas, publicado en 1967 con ilustración del pintor chileno Roberto Matta (1911-2002)[5] y Faits divers faits éternels (que puede traducirse como “varios hechos, hechos eternos”), con ilustraciones del pintor y cineasta alemán Hans Richter (1888-1976) y publicado en 1972. Es decir, estos libros darían cuenta de que Gui Rosey continuó escribiendo y publicando luego de ser considerado desaparecido en 1941.

El libro de Gui Rosey 12 poemas de 1967, con ilustraciones de Matta

4. El poeta con ojos de funcionario o ¿dónde está el poeta?

Bolaño, en el cuento, refiere a una foto de Gui Rosey que figuraría en la antología de Pellegrini. Dice que la imagen se parece a la de un poeta con ojos de funcionario. El poeta con ojos de funcionario sirve más como metáfora del relato principal de “Últimos atardeceres”, que por su poesía o acciones de artes, es decir, debido a su trágica e intempestiva desaparición (esta es la tesis de mi amigo Enrique Schmukler).[6]

La edición de 1961 de Febril trae una pequeña foto en la que figura un hombre engominado como Gui Rosey [7], cuyo rostro es parecido al de Carlos Gardel.

Gui Rosey. Foto posterior a la primera edición de la antología de Pellegrini

Por lo demás, en mi tarea detectivesca hallé una ilustración que hizo Man Ray en 1965 de Gui, en la que un montón de manos envuelven un rostro-máscara con los ojos ahuecados y cuyo título es “Gui Rosey- Électro-magie”[8].

En algunos sitios encontré que Gui Rosey murió en 1981 (así en la página de autores de la Enciclopedia de la literatura en México y en las secciones de ventas por catálogo de sus manuscritos surrealistas de 1920). Sin embargo, di con un dato que me estremeció, publicado en la Revista Primera Plana (Bs. As. Año VII. N° 313, 24/10 de diciembre 1968, pág. 96), en donde se menciona que Gui Rosey no existió, sino que se trataría de un seudónimo utilizado por el rumano-francés Samy Rosentock, el que alternaría con el de Tristán Tzara, nacido (¡oh casualidad!) el mismo año que Gui Rosey: 1896.

Es decir, en función de este descubrimiento, en 1941 Gui Rosey nunca desapareció; sino que subió al barco que lo llevó a Estados Unidos junto a André Bretón y compañía; y quien se perdió en la noche de Marsella fue su personaje ficticio Gui Rosey, que en un típico juego surrealista, nunca fue hallado porque se trataba del disfraz de mismísimo padre del Dadaísmo, o bien de Samy Rosentock (o Rosestein), su nombre verdadero.

La Historia del Surrealismo de Maurice Nadeu y la extensa biografía de Breton, de Mark Polizzoti (Revolución de la mente, Fondo de Cultura Económica, 2009), refieren a los viajeros que se alistaron para el 20 de abril de 1941, de Marsella a Martinica, en el transatlántico “Capitaine Paul Lemerl” que los llevaría más tarde a América. Allí estaban André Breton, Víctor Serge, Claude Lévy-Strauss, Anna Seghers, Wilfredo Lam, Alfred Kantorowicz, Braque, Nusch, Paul Éluard y Tristán Tzara. Ninguna mención sobre el personaje Gui Rosey.

Toda esta pesquisa me lleva a pensar en la máscara de Gui Rosey que dibujó Man Ray era el personaje de “otro” que la utilizaba.

Gui Rosey, Man Ray, 1965

El enigma del poeta desparecido que señalan Pellegrini y Bolaño se resuelve en el seudónimo utilizado por alguno de los surrealistas. La hipótesis que supone que la máscara Gui Rosey la utilizaba Tristán Tzara es plausible; pero el padre del Dadaísmo murió en 1963 y, como vimos, existen publicaciones posteriores a esa fecha firmada por Gui Rosey.

De modo que Gui Rosey sigue siendo un misterio. Un misterio de la poesía surrealista. Un acertijo para detectives salvajes.[9]

Conclusión: el efecto desaparición

Termino aquí diciendo que:

La escritura de Bolaño está directamente relacionada con el movimiento surrealista, con la influencia de este con el infrarrealismo, con muchas de sus actitudes y manifiestos disruptivos.

El elogio del carácter minoritario de los poetas, o su malditismo, está directamente  relacionado con los personajes que lo fascinan: Rimbaud, podría ser Gui Rosey, o Mario Santiago Papasquiaro, o –acaso- Cesárea Tinajero o Auxilio Lacutoure. Bretón se parece más a Octavio Paz: poetas mayores, menos decadentes, menos malditos.

El mito de Gui Rosey es un engendro o proyección del propio Bolaño a partir de la brevísma nota de la antología de la poesía surrealista, que le sirve para justificar un procedimiento poético que lo ubique en el margen, como detective salvaje ante un poeta que desaparece (como Rimbaud que desaparece en Java o en África, Gui Rosey funciona como Cesarea Tinajero, es un misterio “desaparecido” a develar que le da sentido a la poesía)[10], pero que permite, como figura espectral, un disparador narrativo en la prosa desde la poesía.


[1]  Tomo aquí el artículo de Jaime Moreno Villarreal, titulado “Del surrealismo al infrarrealismo, un atajo”,  publicado por LETRAS LIBRES, que puede consultarse completo acá: https://letraslibres.com/revista-mexico/del-surrealismo-al-infrarrealismo-un-atajo/

[2] Tomo prestado el análisis que hace Enrique Schmuckler, en su reciente artículo: “De cómo conocí a Bolaño o la ética de sus fantasmas”, publicado en “¿Qué hay detrás de la ventana?” FCE, 2023.

[3] Algunos aspectos de esta ponencia ya fueron publicados en El país digital, “Buscando a Gui Rosey”: https://elpaisdigital.com.ar/contenido/buscando-a-gui-rosey/27988

[4] Tomo algunas ideas de Daniel Rojas Pachas, quien publicara “El enigma Rosey”, en respuesta a mi nota publicada en El país digital: https://blancomovil.com.mx/el-enigma-rosey-por-daniel-rojas-pachas/

[5] Ya dijimos en un principio que es el propio Bolaño el que dice que “El infrarrealismo es un movimiento que Roberto Matta crea cuando Breton lo expulsa del surrealismo”, la relación que ese entabla entre Matta y Gui Rosey, con posterioridad a la muerte que le dan a este último Bolaño y Pellegrini, es bastante sugestiva.

[6] Véase: “El enigma de Rimbaud y el poeta como imagen ausente en dos cuentos de Putas asesinas, de Roberto Bolaño”, Enrique Schmukler, en BOLETÍN DE LITERATURA COMPARADA http://revistas.uncu.edu.ar/ojs/index.php/boletinliteratura CC BY-NC-SA 4.0 | 47-2 | NOVIEMBRE 2022 – ABRIL 2023

[7] Sobre la cuestión consulté al propio Mario Pellegrini en un mail, me contesta lo siguiente: te saludo, Julián. Un gusto tomar contacto contigo. Con el tema de Gui Rosey, en efecto, se trata de un poeta enigmático, sobre todo por las circunstancias de su desaparición. Pero era el clima de la Francia ocupada y de la huida desordenada. Los surrealistas que no huían pasaban a la clandestinidad y a la resistencia. Todos estaban fichados como elementos subversivos, como era obvio. La foto de Gui Rosey aparece en la edición original de Fabril. Yo encontré en el archivo de Aldo la copia original que aparece en tamaño más grande en las ediciones posteriores de Argonauta. No creo que se trate de un personaje inexistente; ya a esta altura los estudiosos del surrealismo hubieran descifrado el misterio, sobre todo los franceses que son bastante obsesivos en sus investigaciones.  Para más datos, habría que intentar rastrear en las pocas ediciones del autor publicadas en la posguerra. Las fotos se las enviaban a mi padre algunos miembros del grupo con los que mantenía contacto. Por ahora no se me ocurre nada más. El cuento de Bolaño, en efecto, reavivó el interés por el poeta, aunque de ningún modo se trata de un poeta menor. Abrazo”

[8] La tarea detectivesca tras Gui Rosey fue publicada aquí:  https://elpaisdigital.com.ar/contenido/buscando-a-gui-rosey/27988

[9] Con posterioridad a la nota que publiqué en un medio sobre el tema, mi querido amigo, el académico Enrique Schmuckler: “el verdadero destino de Gui Rosey no fue la desaparición a lo Rimbaud. Así lo demuestra en un artículo el traductor francés de Bolaño, Robert Amutio, quien escribe: “Otro ejemplo que me viene a la mente es el caso de Gui Rosey, poeta surrealista, al que se refiere el narrador de uno de los cuentos de Putas asesinas (en ‘Últimos atardeceres en la Tierra’, precisamente, que es, para mi gusto, uno de los cuentos más bellos que escribió). Mientras traducía, busqué información sobre este poeta, que figuraba como muerto en 1940 en el libro de Aldo Pellegrini. Pero Gui Rosey no estaba muerto, encontré su rastro gracias a Richard Walter, de la revista Infosurr, que me puso en contacto con Jean-Pierre Lassalle. Este último había conocido a Gui Rosey y me envió un ejemplar de sus últimas obras de poesía, género a la que el antiguo surrealista había vuelto tras años de silencio. Las dos vidas de Rosey atrajeron a Bolaño, que inmediatamente adoptó y adaptó la segunda, como creo que demuestra la última entrevista que concedió a Philippe Lançon de Libération. Hemos visto esta apropiación y expansión en acción: de La literatura nazi a Estrella distante, de Los detectives salvajes a Amuleto o el cuento ‘Fotos’ de la colección Putas asesinas”. Para el artículo completo de Amutio, véase “La traducción del fragmento de Amutio es mía” (Benmiloud y Estève, 2007: 126 y ss).”

[10] Dejo aquí una entrada sobre la posible biografía apócrifa de Cesarea Tinajero:  https://elniniorizoma.wordpress.com/2023/10/17/noticia-biografica-de-cesarea-tinajero-segun-nuevo-diccionario-de-autores-latinoamericanos-por-julian-axat/

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